La mujer de mi padre 
 

IV

De los 15, pronto pasé a los 16. Seguía con mis estudios, con el conservatorio, había aumentado notablemente mi pronunciación en ingles. Las tardes en casa de papá y los fines de semana se iban entre piano y té.

Yo seguía creciendo mis pechos habían aumentado su volumen. No eran excesivamente grandes pero tampoco eran como los de mis amigas. Mis piernas se habían torneado y recibía piropos por ellas en la calle. Nunca usaba pantalones, únicamente cuando tenia clases de deporte. Pronto me había convertido un objeto sexual que muchos de mis compañeros, sin temor a demostrarlo, deseaban.

En una calle muy céntrica había adquirido en un sex-shop un vibrador. Casi todas las noches, después de cerrar mis libros me recostaba en mi cama con el televisor prendido en los canales codificados pornográficos, distorsionados en los que apenas se distinguía alguna imagen, pero no era aquello lo que calentaba, sino el oír los gemidos y los jadeos. Me masturbaba hasta correrme y luego recurría a mi instrumento. Lo mantenía oculto, envuelto en una bolsa plástica dentro de mi armario, en una mediana caja de madera con llave en la que tenia también muchos recuerdos de la infancia.

Al llegar a los 16, toda la visión que pudiera tener sobre la vida y las relaciones entre los hombres; cambió radicalmente. Ya no pasaba horas frente al televisor, ni saciaba mi necesidad de literatura con autores de poca monta. Mis clases de piano tuvieron mucho que ver con aquello. Ahora dedicaba horas al piano, al teatro, a la literatura reconocida. Pronto me vi rodeaba de partituras clásicas para las que aun no estaba preparada y libros de autores como García Márquez, Borges, Cortazar, Walsh y Arreola.

Ahora, al hacer observaciones sobre algo indeterminado era más concisa, yo misma me percataba de ello; al igual del cambió en mi manera de vestir. Lejos habían quedado las remeras, los jeans, los tennis; la ropa tipo sport quedó amontonada en un rincón del ático y olvidada por un tiempo. Ahora usaba faldas de confección y las blusas ajustadas que tanto me gustaban. Acudía con regularidad al salón de belleza.

Con el tiempo todo a mí entrono también pareció moverse. Mi habitación había perdido los posters de astros del cine y de la música, en su lugar colgaban hermosas copias de pintores mexicanos; ni rastro de los muñecos de felpa, mi colcha floreada pasó a ser lisa, al igual que mis cortinas.

La relación de mi madre con Mario al parecer no iba muy bien, de vez en cuando, durante la noche podía oír como discutían. Mi padre y su “amiga” al parecer si andaban bien, a él se lo veía de muy buen animo. Aunque nunca había tenido el placer, hasta entonces de conocerla personalmente; solo por teléfono.
Pronto llegó el verano y mi madre tuvo la brillante idea de redecorar toda la casa; así que por dos meses la casa estuvo llena de pintores, albañiles, decoradores; de telas de iban y venían, de botes de pintura regados por doquier; olor a cal, a cemento, a cuero, a químicos. Así que me la pasaba en casa de mis amigas disfrutando de las piscinas y del verano.

Por aquellos días yo tenia una relación de unos meses, con un muchacho de 22 años. Aunque eran seis años de diferencia, yo no aparentaba mi edad, sino que parecía mayor.
Aunque esta mal que lo diga, pero como de eso se trata, podía manejarlo como se me antojase. Lo traía loco por donde a todos los hombres les gusta: el sexo. Lo sobornaba con una mirada, el roce de mi cuerpo, con tocarlo; solo con lo físico. Si lo intentaba con las palabras nunca funcionaba.
Dormíamos juntos en un pequeño apartamento que tenia junto con el hermano en el centro.

Una de sus debilidades eran los celos. Nadie podía mirarme, acercarse, hablarme, ni tocarme; sin que él reaccionase violentamente.

En una ocasión en que fuimos a un boliche un sábado por la noche, habíamos tomado mucho, estábamos con unos amigos. Él se sintió tan mal por la borrachera, que sus amigos tuvieron que acompañarlo a los sanitarios para que mejorase un poco. Como tardaba en regresar, ya me estaba aburriendo, así que en la primera oportunidad que me pidieron bailar yo accedí. Aunque estaba algo tomada no estaba ebria. El muchacho con el que bailaba era alto y muy guapo. Cada vez que los compases de la música eran propicios acercaba su cuerpo al mío y me presionaba. Las primeras veces me contraje un poco, pero luego yo también lo hacia. Debí haberme movido muy provocativamente contra él, por que en un momento dado me abrazo fuertemente mientras se movía al compás de la música y yo me dejaba llevar.

Debimos estar así unas cinco piezas cuando alguien me arrebato de sus brazos. Era él; sus ojos brillaban exorbitantes, me tomó de un brazo y me sacó de la pista. El muchacho con el que estaba bailando no reaccionó, de lo contrario aquello habría terminado a puñetazos.
Me llevó a su apartamento, sin decirme palabra alguna durante el trayecto. Cuando llegamos, me abrió la puerta para que pudiera pasar. Entramos y él cerró con llave. Se quito la chaqueta, la coloco sobre una silla, y se sentó sobre unos almohadones en el piso, tomándose la cabeza entre las manos.

-¿Se puede saber que te pasa?- Le pregunte aun de pie, junto a la puerta. Levantó la mirada y me dijo:

-¿Te das cuenta de que sos una cualquiera? ¿Qué no te importan los sentimientos de los demás?-

-Ja!! Mira quien habla, como si a ti si te importaran. No me vengas con idioteces de ese tipo, que las conozco todas.-

-Decime... ¿te importo algo? ¿Significo algo en tu vida?- Me preguntó. No le respondí; verlo así, destruido por mi posible desinterés, mirando como cordero degollado, exigiéndome una respuesta; me excito muchísimo.

Ese era el control que ejercía, podía darle o sacarle lo que yo quisiese y él encantado.

Seguía preguntándome, exigiéndome respuestas; pero yo no le respondía. Estaba muy nervioso, por un momento pasó por mi cabeza la posibilidad de que enfureciera y arremetiera contra mí.

Como mi boca no pronunciaba ningún sonido, se paró de un salto y se acerco a mí. Instintivamente retrocedí. Me tomó de un brazo y me gritó:

-¡Contesta!-

-¡Suéltame!- Le exigí, e inmediatamente obedeció. Me fui hacia el otro extremo de la habitación.

-Perdóname...- Murmuraba. –Yo te amo... te quiero... no quiero perderte... perdóname- Me suplicaba.

De pronto comenzó a sollozar. Me le acerque, no podía creer cuanto me había excitado aquello.

-Cálmate...- le dije al oído. Se aferró a mí y su contacto me calentó aun más.

Mi boca busco la suya y se hundieron en un profundo beso.
Su boca se desprendió de la mía y comenzó a husmear en mi cuello y bajo hasta mis pechos. De repente me tumbo al piso y mi cabeza golpeo contra la puerta; estaba fuera de sí. Me arranco la camisa de una manotazo, haciendo saltar todos los botones, se abalanzo sobre mis pechos y comenzó a masajearlos, apretarlos; me quito el sostén y me pellizcaba los pezones, me los mamaba como niño chiquito. Yo había entrado en un éxtasis total. Con furia separo mis piernas y de un solo movimiento me quito las bragas.
Se reincorporo en rodillas, se desabrocho los pantalones y dejo al descubierto su pene completamente erecto. Me tomó de la cintura y me atrajo hacia él, separo aun más mis piernas y me dijo:

-Ahora sos mía...-

A continuación me penetro de un solo golpe. Aunque estaba excitada no lo estaba tanto como para aquello; en cuanto lo sentí por completo en mi interior lancé un gritó de dolor.
Pero eso no lo detuvo, al contrario. Me dijo:

-¡Grita! Yo te voy a enseñar a gritar...-

Con una de sus manos tomó mi hombro para empujarme hacia él cada vez que me embestía. Sus penetraciones eran violentas, bruscas, llenas de ira; asumo que creyó que cada vez que me embestía así, representaba alguna forma de castigo por mi comportamiento. Pronto fui relajándome, y mi interior comenzó a lubricarse en respuesta a su pene. Sus jadeos y gemidos eran muy intensos, yo me retorcía bajo suyo, mi cuerpo se movía como una serpiente, mi espalda se arqueaba, mi cabeza daba contra la puerta. Entonces lancé un largo y sostenido gritó que se consumió en mi garganta, mientras me corría; pero él seguía haciéndomelo con violencia, como dándome una lección, no se detenía. Y volví a entrar en éxtasis, y mis piernas se tensaron a su alrededor, mientras él me sostenía de las muñecas. Nuevamente la misma sensación me invadió, y alcance otro orgasmo más espectacular que el anterior. Cuando yo acababa de gemir, él retiro su pene de mi vagina y se cernió sobre mi vientre, donde descargo todo lo que tenia en su interior.

Esa noche había quedado completamente exhausto, a tal grado que quedo tendido a un lado del sofá, boca abajo y dormido.

Me desperté a su lado, serian las siete de la mañana. Tome el teléfono y llame a una de mis amigas. Le pregunte si mi madre había llamado preguntando por mí, y me dijo que no.

-¿Dónde estas?- Me preguntó.

-Después te cuento... haceme un favor...-

-Ok-

-Si alguno de mis padres llegan a llamar deciles que me estoy dando un baño, y que después me voy para casa, ¿ok?-

-Si, ok; quédate tranquila. Pero después por tu bien, espero que me cuentes.-

Recogí mi ropa que había quedado regada por el piso. Yo olía terriblemente mal, el cigarrillo, el alcohol, él que había acabado sobre mi. Decidí darme un baño, aprovechando, que aun seguía tumbado en el piso.

Mi camisa y mis bragas, estaban completamente destrozadas; por suerte había llevado conmigo un tapado, al cuerpo, lo suficientemente largo y cerrado para que nada se me notase.
Acabe de vestirme, y tome una hoja de papel y una lapicera. Le escribí una nota y la pegué en la puerta del lado de adentro. La nota rezaba:

“Se termino. Lo de anoche no te lo pernodo nunca. Mejor déjame en paz.”

Obviamente mi nota fue hipócrita, porque había disfrutado la noche anterior como una loca. Pero ya era tiempo de sacármelo de encima.

Llegue a mi casa como a las ocho y media de la mañana, mi madre y Mario seguían durmiendo, así que me dirigí a mi cuarto me desvestí, puse toda la ropa en una bolsa y la tire a la basura.

Aunque los días habían pasado, Ernesto, así se llamaba él; seguía buscándome. Lo encontraba a la salida del colegio, en los boliches que frecuentaba, era imposible que supiera donde estaba a menos, claro, que alguna de mis amigas le estuviera dando información.

Un domingo estaba en casa de mi padre, disfrutando del piano mientras papi se bañaba. En eso oigo el timbre y el grito de mi padre:

-¡Ornella... fíjate quien es!-

Fastidiada por dejar una melodía a medio acabar, baje las escaleras y pregunte quien era.

-Ernesto- Me respondió.

¡Que hacia ahí! ¿Cómo sabia donde estaba? Abrí la puerta desesperada.

-¡Que carajos haces acá!-

-No pude soportar que me dejases. Te vine a buscar. Quiero que hablemos, que me perdones.-

-Este no es el mejor lugar ni momento. Mi padre esta adentro bañándose-

-Mejor, así puedo hablar con él también-

-¿De que?-

-De lo nuestro-

-Lo nuestro se termino, Ernesto. Por favor andate y déjame tranquila-

-¡No!- Gritó

-¡Cállate imbecil, te va a oír mi padre!

-¡Mejor! ¡Que me oiga, así se entera de una buena vez!- Intente cerrarle la puerta, pero el me lo impidió. Dio una patada y me tiro hacia atrás. Se tiro sobre mi y empezó a acariciarme el cuerpo, mientras me decía:

-Sos mía... sos mía- Forcejee con él, pero mis fuerzas no eran suficientes.
En eso mi padre, que había salido del baño, solo con una toalla en su cintura, lo tomó de la campera y lo saco de encima de mí. De un golpe callo de espaldas fuera del departamento.

-¡¿Que pensas que estas haciendo?!- Mi padre se acercaba hacia a él. Si no lo detenía iba a caerle encima a golpes. Le aferré un brazo:

-¡No papi, déjalo!-

-¿Quién este desgraciado?-

-Soy el novio de su hija- Le respondió mientras se ponía de pie.

-¡Eso es mentira!-

-¡Es verdad! ¡Me quiere dejar y no lo voy a permitir!- Mi padre me miró extrañado.

-¡Andate de acá!¡Déjame tranquila!- En lo que decía esto, él me cogió de un brazo y me dio un beso, en lo que yo me resistía. Mi padre lo tomó del hombro y le dio un puñetazo habiéndolo caer otra vez.

-¡Te voy a matar!- Le dijo mi padre, mientras lo levantaba de las solapas. -¡Desgraciado!- Y le aplico otro puñetazo en la cara.

-¡No papá, lo vas a matar!- Le grite, tratando de sujetarlo. Pero no podía detenerlo. Por suerte el vecino del piso oyó los gritos y se asomo a ver lo que pasaba. Como no podía detener a mi padre, que le propiciaba una buenas patadas y palabrotas a Ernesto, lo contuvo. En lo que el vecino hacia esto, Ernesto se arrastro hasta el primer peldaño de la escalera, le reincorporo como pudo, y se fue. Nunca volví a saber de él.

Aquel día pasó muy lento. Entre explicaciones y discusiones pude convencer a mi padre de que nunca había tenido nada que ver con él, que solo me conocía de vista y que lo había rechazado en varias oportunidades, por eso estaba así.
Logre convencerlo, pero mi buen trabajo me costó.

Ana

 

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