Las tribulaciones de María ( y III)
La noche
 
A.
 

Casi ya la madrugada

tipiu piu...    tipiu piu...   tipiu piu...

Un leve zumbido, pone a María en vigilia. El teléfono esta sonando bajo la almohada. Apenas sin abrir los ojos sus manos aciertan a encontrar el aparato.  Al ir a responder a la llamada apaga el teléfono sin querer. Se incorpora y apoyándose en el respaldo de la cama espera a que suene de nuevo.  Enciende la pequeña lampara que hay al lado de la cama. Mira el reloj y ve que los dígitos luminosos marcan las 3:15.  Mira la pantalla de teléfono  y en ese preciso momento vuelve a sonar el zumbido.

tipiu piu...

- ¿ Sí?

-" estoy en el jardín, baja, trae la caja que te di. Desnúdate y cubrete  solo una bata.....clic "

La conexión se corta. Se levanta de la cama y quitándose su pijama, (siempre dormía en pijama fuera invierno o verano), busca la bata de seda de estilo oriental que su padre le trajo de Canarias, se la pone, ajusta el cinturon a su cintura y mordiendose un labio, se acaricia los pechos mirandose al espejo, pensando en ese encuentro empieza a excitarse.
Se acerca al armario y busca sobre el techo de éste la caja que allí había guardado. Todavía esta sorprendida de como había podido vencer a su curiosidad y no abrirla.  Pero le incita llevar el juego hasta sus ultimas consecuencias.

Baja despacio, sin hacer ruido para no despertar a sus padres. En una mano lleva la caja.

María vivía en una casa de tres plantas en una urbanización. La casa dispone de un amplio jardín. Y en la parte trasera, protegida por un seto bastante alto hay una gran piscina. Llega hasta la cocina y abre la puerta que dá acceso al jardín. El aire exterior es sofocante. Apenas puede distinguir las formas. Es aún noche cerrada.

Solo puede avanzar unos pasos antes de que unos brazos la tomen por la cintura y un cuerpo se apriete  a su espalda,
Susurrando roncamente dice,

- Chica obediente...

Ella no responde y deja caer su cabeza hacia atrás al sentir los labios de él como recorren la parte lateral de su cuello. Hace el gesto de enseñarle la caja, pero él bajándole la mano le dice:

- No la dejes muy lejos. Ya te la pediré cuando la necesite.

Él sigue recorriéndole el cuello mientras con las manos apoyadas en el estomago la abraza con fuerza.

Él busca su mano y aferrándose a ella la conduce hasta la piscina.  Le retira la bata que cae a  los pies de María. Se sientan en el lateral de una gran hamaca blanca. Sus bocas se buscan y se empiezan a besar despacio. María deja la caja al lado de la hamaca al alcance de la mano. Él la hace recostar y se estira a su lado. Los besos siguen en aquella noche oscura. María siente como le acaricia la cabeza, como los dedos abiertos peinan su cabello. Sus bocas siguen buscándose en la oscuridad. Los labios de María tiemblan al contacto de los labios de él.

El murmullo del agua que sale por el aliviadero de la piscina se ha convertido en la música de fondo del encuentro.  Él se incorpora de la hamaca y  tumba a María boca abajo sobre la hamaca.

Empieza desde lo mas alto. Primero es el cabello de María el que recibe las primeras caricias. Mientras le acaricia el cabello su boca deposita besos en su nuca. Sigue por los hombros. Arrastrando la lengua, cambiando de sentido e intensidad. Alternando besos, chupetones y mordiscos suaves. Con los dientes captura un espacio de piel para luego humedecerlo con su lengua. Él besa el inicio de la columna vertebral para ir bajando muy despacio. La hendidura de la espalda de María es el camino que siguen los besos furtivos, para ir a desviarse buscando las axilas, los costados. María siente como aquella boca húmeda desanda el camino y vuelve a su nuca. Cuando parece que él llega a la parte baja de la espalda, de nuevo sus labios vuelven  buscando algun rincón por donde no había dejado estampado un beso. María nota el aliento en su espalda. Huele el olor familiar de aquel cuerpo que vuelve a intentar arrancarle sensaciones placenteras. María se deja llevar por el sopor y la excitación que le provoca aquella situación. Los besos dejan paso a las manos.

Ahora María tiene la sensación que quien tiene en su espalda es un masajista. Él pasa sus manos abiertas por su espalda presionado con las palmas  y marcando con las yemas de los dedos dibujos indescifrables.  Los brazos y piernas de María se van relajando.  Con la parte baja de la palma de la mano él le acaricia el inicio de los glúteos presionado suavemente. Separándolos, para después seguir por el muslo derecho. De nuevo los labios de él entran en acción y besan la cara interna del muslo. María nota la presión de sus pechos que empieza a endurecerse contra el tejido de la hamaca. Los pezones aprisionados entre su cuerpo y la hamaca le empiezan a doler. Los pequeños mordiscos en la cara interna de la rodilla le hacen olvidarse de sus senos y intenta capturar la sensación placentera que la boca de él le esta arrancando de sus piernas. Ahora le toca el turno al muslo izquierdo. Ella se recoloca sobre la hamaca y abre mas las piernas invitando la exploración a partes mas angostas. María no tarda en sentir como la lengua húmeda recorre la hendidura de sus dos cachetes. Ella espera el momento en que él abra la caja y saque aquel instrumento para experimentar nuevas fantasías. Él parece no acordarse de la caja cuando la voltea por la cintura y la coloca boca arriba.

Los senos liberados de la presión del cuerpo, se levantan erguidos. Ahora las palmas de las manos abiertas en abanico rodean sus pechos, se entretiene en su estomago, amasan los costados, acarician el vientre. Él se incorpora lo suficiente para alcanzar la oreja de ella y empezar a mordisquearle el lóbulo, primero con toques suaves y después con pequeños pellizcos. Con los dedos a modo de peine desenreda el vello venusiano. Arrastrando la boca desde su oído, recorre el cuello, el hombro, para ir bajando por su pecho hasta alcanzar el pezón derecho. Lo sorbe, lo chupa y lo muerde con fuerza. Ella se estremece. Una caricia en el muslo le hace bajar el dolor en su pecho. De nuevo él muerde el pezón mientras con la otra mano abierta sube por su pecho izquierdo, despacio, hasta llegar a la aureola. Abre la palma de la mano y abarcando el pecho desde el centro lo hace girar al movimiento de la mano.

Ahora es la mejilla la que recorre la piel sedosa de ella. Él hunde su barbilla en el ombligo para de nuevo arrastrando la mejilla alcanzar con la cara el vello rizado. Le separa las piernas y le besa las ingles alternativamente.

María no puede olvidar  la caja, ya duda de su contendido. ¿Cintas, cuerdas, un vibrador...aceites? No sabe. Él no la deja pensar. La agarra de los tobillos y levantándole los pies le obliga a flexionar sus rodillas sobre sus pechos dejando todo su sexo y culo expuestos a las desconocidas intenciones de su compañero. Sus nalgas comprimen su sexo y una mata de vello negro sale a los lados de la hendidura. Él aguantándole los pies en alto pasa su boca por las partes más sensibles entreteniéndose en besar el espacio que separa el ano de su sexo. El sexo de María lleva rato palpitando . Él no desaprovecha la ocasión y poniéndose de rodillas sobre la hamaca y aguantándole los tobillos frota el glande de su pene entre los labios húmedos de María. Ella no para de morderse los labios evitando así gemir en la oscuridad. En un absoluto silencio él sigue con los movimientos presionando con su verga  la vagina que se abre relajada y húmeda. Sin apenas resistencia llega al fondo. Soltándole los tobillos permite que ella le rodee con las piernas a la altura de la cintura. Se acoplan, se unen e inician un leve baile. La vagina de María comprime la verga. No tarda en arrancarle el primer orgasmo mudo. Él sin retirar su pene sigue moviéndose buscando con su boca morderle los pezones. Ella recupera el aliento e intenta alcanzar otro orgasmo antes de que él se vacíe dentro. Él se mueve lento intentando controlar la situación. Ella le acompaña compasada.

De nuevo una descarga eléctrica recorre el cuerpo de María que por extensión alcanza a su amante. Los dos aceleran el ritmo hasta explotar al unísono. Los dos descansan sobre la hamaca. Los dos permanecen tumbados de lado sobre la hamaca. La espalda de María arropada por el pecho de su compañero nocturno, siente los besos y caricias. De nuevo la verga busca espacio entre las nalgas de María para penetrarla de nuevo. Ella permanece quieta a merced de los embates. Su vagina se llena y vacía. Ella no duda en masturbarse mientras él la penetra. No tardan de nuevo a sentir a la vez otra descarga de placer. María queda tumbada sobre la hamaca, le pesan los ojos. Él se levanta y la cubre con la bata de seda.

-  ¿Has dormido toda la noche en la piscina?. Le pregunta su madre.

-¿Eh? Que? Dice confusa mientras descubre que ya es de día.

-No me extraña que siempre andes resfriada. Le insiste tu madre. El desayuno lo tienes en la cocina.

-Ya voy. Le responde confundida.

Ella se acaba de poner la bata. Al lado de la hamaca todavía permanece la caja sin abrir. Se agacha y abriéndola descubre que es lo que hay en su interior. Una rosa de seda roja con una nota.

"Las más hermosas fantasías también se pueden guardar en una caja."

Al atravesar el jardín un leve escozor en la entrepierna le hace sonreír y le recuerda que todo aquello no ha sido un sueño.
 

Alatriste

 

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