|
|
Le cogí de la mano y me lo llevé al almacén. Tenía tantas ganas de tocar toda su piel que me daba la sensación de que me faltaban manos. Afuera el viento removía las hojas. La clientela del bar dejaba que las horas resbalaran entre el hielo de los vasos y sus ojos brillaban más verdes que nunca.Le quité el jersey y me deleité con su cuerpo. Recordé lo erótico que me había parecido que me contara como se extendía el perfume. Le olí. Le besé encima del esternón. Me abrazó y me besó en el pelo. Mis manos se deslizaron a su cintura y después a su espalda donde dibujé círculos con mis dedos.
Le agarré del cabello, cortito como a mi me gusta, le acerqué a mi boca y nos besamos durante unos minutos en los cuales tuve la sensación de haber dejado de pisar tierra. Su piel estaba tan caliente que me quemaba. Deseaba estar piel contra piel pero esto era un almacén y la gente esperaba.
Me di la vuelta y salí. Decidí unilateralmente esperarle en casa pero él se presentó a los pocos minutos como si me hubiera leído el pensamiento.
Yo estaba sentada en el sillón con la postura del arrobamiento; una pierna donde cayera, un brazo colgando...Hincó su rodilla derecha al lado de mi cintura y se sentó en mis piernas. Me acarició los labios con el pulgar y me miro hasta que sus pupilas se adentraron en los recovecos más profundos de mi mente. Nos besamos y volví a tener esa sensación de eteriedad. Me sentía flotar, como si el agua acariciara mi cuerpo. Mis poros se abrieron como botellas de cava batidas.
Me entretuve deleitándome con su lengua y empecé a desear dolorosamente una caricia.Conseguí tumbarle y me puse encima, hundiendo mi cabeza entre su hombro y su cuello. Sentí los latidos de su corazón y su respiración. Nuevamente su calor me abrasaba. Tenía una necesidad dolorosa de ser sacrificada a ese cuerpo.
Estaba a punto de rogar una caricia, por pequeña que fuera.
Me empezó a desnudar. Las velas temblaban.
Sus manos eran como seda ardiente en mi cuerpo gélido.
Gemí.Su aliento se difuminaba entre mi cuello y mi pecho. Me besó, esta vez él. Me besó con fuerza, como un torbellino. Nos apretamos. Me moría por ser de ese cuerpo.
Estábamos interminablemente desnudos. Las velas difuminando el contorno de nuestros cuerpos, que se recortaban contra las flamígeras llamas.
Bebí agua y le besé con la boca fresca, el me acariciaba con pausa, con tranquilidad, saboreándome como un helado. Mi cuerpo era su arena y el me dibujaba en la playa.
Su sexo estaba caliente, duro, enhiesto, exultante. Se alzaba sin pudor, sin miedo a ser despreciado. Su sola visión me obligó con un odioso deseo a mimarle. Me apoderé de él y me abandoné a su disfrute; a sentirlo dentro de mi boca, rozando mi estómago, entre mis muslos.
Le sentía respirar profundamente, tragar saliva, excitarse. Le sentí dominado por un inminente placer hedonista. Por un placer disfrutado sin contemplaciones, al cien por cien, sin reservas. Sentí por una vez que se había abandonado y era mío. Que su cuerpo era mi juguete y mi dueño. Que con chasquear los dedos conseguiría un infinito.
Cogí la punta con las yemas de los dedos, con mucha suavidad y la acerqué a mi sexo henchido, anhelante. Jugueteé, disfrutando de la presentación de nuestros sexos. Jugué pero sentí que la necesidad de la penetración me lastimaba.
Y entonces fue como sentir un chaparrón sobre el cuerpo ardiente. Entonces mi cuerpo se ajustó al suyo, y noté en mi epicentro como se formaba un terremoto. Me deslicé por todo su sexo, notando cada uno de sus pliegues.
No se si sus gemidos se confundían con los míos, si mis oídos anhelaban escucharle pero me sentí tan deseada y colmando mis propios deseos que un orgasmo me sorprendió como una corriente eléctrica. Tensó mi espalda y mi columna vertebral se arqueó.
Y yo grité, no pude evitarlo. Grité sintiendo que se liberaba toda la tensión acumulada, todos los deseos encubiertos, toda la sal del mar.
Me agarró fuerte por los hombros y me miró a los ojos. Abrió levemente la boca y su gesto empezó a transformarse, y para mi, ver como el estaba sintiendo que el sexo le iba a partir en dos el cuerpo me quemó como una llamarada. Y nos movimos a la vez, nos abandonamos juntos cada vez más deprisa, más fuerte, más adentro hasta que después de sentir un temblor caímos rendidos intentando recuperar aire.Lince
![]()
Volver al indice de Lince