Sabes a sombra
Llovía tanto como no cabe en la imaginación. El cielo era un inmenso océano que goteaba sin parar. La negrura y la humedad no dejaban un mínimo hueco a un débil rayo de luz.

Entre en el bar a tropezones, resbalando, goteando y tiritando. Me sentía rematadamente estúpida por dejarme coger por semejante chaparrón sin paraguas. Estaba empapada hasta los huesos.

Miré hacia la barra y sus ojos me acribillaron. Eran ojos de lince, ojos jóvenes, ojos felinos pero tristes.Su mirada me turbó y titubeé unos segundos hasta que me di cuenta de que estaba empapando el suelo.Pedí un café con leche y fui al servicio a intentar secar mi empapada melena y mi ropa.

En el pequeño cubículo pude comprobar lo que me temía. Mi ropa interior estaba empapada y empecé a temblar como una hoja, muerta de frío.

No sé cuanto tiempo estuve con los ojos cerrados maldiciendo una y mil veces mi mala suerte cuando un ruido me sorprendió. Un trueno cayó justo encima del bar y los plomos saltaron. De repente el silencio, seguido de un murmullo y alguna risa.

No lo pude evitar y comencé a llorar por mi mala suerte, por estar en un mugriento servicio, con mi ropa y mi pelo empapados y tiritando  como si estuviera en el polo.

No me di cuenta de que los ruidos habían cesado y un pensamiento cruzó rápido mi cabeza.

-¿Me habrían dejado encerrada sola en el bar?

Ese pensamiento me hizo temblar aún con más fuerza. Me volví a poner mis ropas empapadas y traté de salir del servicio palpando las paredes.

La situación era horrible. Tenía un miedo negro, profundo, dilatado. Estaba tan aterrorizada que tardé en recordar que traía un mechero en el bolso. Lo encendí y pude guiarme un poco mejor.

Pero ups! un escalón que no vi y me fui al suelo, pero en mi caída topé con algo o alguien y caí sobre él.

Grité, grité con todas mis fuerzas, aterrorizada, ciega, empapada, confusa y tiritando

- Tranquila- me susurró una voz rota – Tranquila, que no pasa nada.

Encendió un mechero y alumbró nuestros rostros.

Era el chico de la barra. Moreno, con esos ojos verdes, tan verdes y tan profundos como la selva. Me sonreía con una boca perfecta y me acariciaba la espalda para que me tranquilizara.

Yo, rendida, no pude más y me eché a llorar en su hombro buscando su calor. Tenía tanto frío...

Él me abrazó fuerte y se apartó de mí, diciendo:

- Estás empapada, no puedes quedarte así o te cogerás una pulmonía –

Yo sonreí resignada y le contesté entre hipos:

- Ya, pero desnuda no me voy a quedar...

Él rió conmigo y me ofreció su jersey. Para mí, recibir esa prenda seca y caliente era como un oasis en el desierto. Me desnudé deprisa y me puse el jersey que me tendía.

-Gracias – le dije abrazándome. Esto es mucho mejor.

Él me acarició el pelo y me sonrió. Sentí un hormigueo por todo el cuerpo, pero me sentía bien, relajada y animada.

En el bar hacía calorcito, la plancha estaba encendida y nos llegaba el calor. Él colocó mi ropa cerca, colgada de no sé dónde para que se secara y me convenció para quitarme los pantalones y zapatos empapados.

Hasta ese momento habíamos estado en el suelo, yo sentada encima de él, respetando la posición en que quedamos al caer uno encima del otro.

Ahora yo estaba bastante avergonzada, de pie, dentro de la barra y con un jersey de hombre muy grande para mí.

Él me volvió a sonreír y yo pensé durante un segundito y para mí que esa sonrisa era lo que más me gustaría ver cada noche antes de dormir. Alejé la idea de mi mente y yo también sonreí.

-¿Cómo te llamas? – le pregunté.

Él en lugar de contestarme se sentó a mi lado en la barra y antes de que me pudiera dar cuenta me había cogido en brazos y me había sentado en sus rodillas.

-Jordi – contestó él. – Encantado – dijo dándome dos besos en la mejilla.

Se quedó durante más tiempo del necesario pegado a mi mejilla y me miró profundamente a los ojos.

-Sabes a lluvia – dijo casi susurrando

Yo le besé en los labios.

-Tú sabes a sombra

Me agarró del cuello y me besó en la boca profundamente, haciendo que se desperezaran en mi cuerpo cada una de mis venas, arterias, músculos y venas. Como si un jardín hubiera empezado a florecer en mi cuerpo húmedo. Era como una primavera después de un crudo invierno.

Y de ahí, de una verde primavera pasamos a un cálido verano, más que cálido ardiente porque el bar subió tan deprisa de temperatura que en un segundo las ropas sobraron, y nuestros cuerpos ardientes quedaban hilvanados con un borde de luz azul del gas de la plancha. Y sentí sus besos como una excursión de hormigas desde mi cuello hasta mis caderas, mientras mis manos resbalaban por las laderas de su pecho y se adentraban en la selva del vello de su sexo. Entonces su boca se hizo un todo y me engulló su corriente de pasión, y su saliva se volvió lava ardiente, y sus manos teas que me abrasaban el vientre el cuello, los pezones. Las pieles ardían una junto a la otras y el doloroso placer de una penetración lenta, suave pero muy profunda no hizo más que calmar las aguas para dar un remate final.

Afuera la tormenta arreciaba y los relámpago, y los truenos y las gotas caían sin cesar así como él mimaba cada milímetro de mi cuerpo, así como yo le regalaba cada uno de mis poros.

Su sexo en mi sexo, su boca en la mía, sus dedos, sus piernas... Mi lengua, mis uñas, mis labios, mis dientes, mi pelo...Su pasión, mi deseo, su corazón, mis latidos. Mi orgasmo, su fuerza, mi deseo, su desesperación, caer rotos, el anhelo...

Creí que se me escapaba un poquito de vida cuando su orgasmo hizo que me apretara hasta casi romperme contra él, me sentí como una diosa creando vida, regalando placer, creando rosas...

Más tarde, desnudos, jugueteando encima de la barra él me confesó que había sentido lo mismo, que nunca había disfrutado tanto dando placer... que se había sentido feliz, y pleno... y algo más dijo pero no puedo recordarlo porque caí dormida entre sus brazos.
 

Lince

 

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