Video-Conferencia Confidencial
 

A las nueve y media pasadas, estábamos los tres, mis dos compañeras de departamento y yo, sentados en la sala de videoconferencia, esperando la comunicación con Bélgica. El cliente quería hacernos algunas preguntas desde allí y estábamos un poco inquietos. La reunión tenía que haber empezado a las nueve y media en punto, pero parecía que había algún problema con el enlace entre Madrid y Bruselas. El encargado de establecer la conexión estuvo tocando los botones de la pantalla de televisión hasta que empezó a dar señal y salió de la habitación cuando la imagen de los tres clientes belgas se estabilizó en el televisor.

En cuanto cerró la puerta, la imagen cambió. Ya no eran dos hombres serios con traje y una madura ejecutiva, sino que en su lugar aparecieron otros dos más jóvenes, completamente desnudos, uno debajo y otro encima de una rubia con tetas y culo impresionantes, follándola por delante y por detrás. Todos movían la boca como si estuvieran gimiendo o gritando, pero no se oía nada.

Miré a mis compañeras, que contemplaban la escena que sucedía en la pantalla con cara de asombro. Al principio ninguno dijimos nada, pero cuando uno de los tíos de la televisión sacó su enorme polla del culo de la rubia y se la puso en la boca, mi compañera Eva gritó espantada:

“Dios mío, ¿qué es eso?”.

“Parece una peli de porno duro” contestó Cristina con una sonrisa pícara.

“Debe de ser algún canal de TV que se ha colado en la transmisión” dije yo, “Voy a avisar al encargado”.

Cuando estaba a punto de levantarme, Cristina habló:

“¡No, espera! Quiero ver esto: ese tío está a punto de correrse”. 

Giré la cabeza hacia la tele y vi, efectivamente, cómo al que se la estaban chupando le explotaba toda su corrida en la cara a la rubia. Cristina parecía disfrutar con lo que veía. La rubia relamía las gotas de semen que chorreaban por sus mejillas y por el glande enrojecido del que acababa de correrse, mientras que el tío que tenía debajo ahora empezaba a comerle el coño. Observé que Eva se estaba poniendo colorada, aunque no sé si por vergüenza o más bien porque aquello la estaba poniendo cachonda.

A mí Eva siempre me había atraído. Tenía mi misma edad, 33 años, y unos ojos verdes que me derretían. Pero, lo que más me excitaba eran sus nalgas prietas y esas piernas tan largas que lucían tanto con falda como con pantalón. Justamente aquel día la falda de su traje de chaqueta era muy corta; ya me había fijado en sus morenos muslos antes de entrar a la videoconferencia.

Eva estaba sofocada y comenzó a quitarse la chaqueta del traje. Entonces aproveché para levantarme y acercarme a ella con la excusa de ayudarle a quitársela. Mientras ponía la chaqueta en el respaldo de la silla,  observé cómo unas gotas de sudor se deslizaban por el canalillo descubierto por los dos botones desabrochados de su blusa. En ese momento no pude controlar mi instinto de meterle la mano en el sujetador y agarrarle una teta. Eva dio un respingo y me sujetó la mano. Yo me quedé quieto, mirándola a ella y a la pantalla del televisor. Ahora la imagen era la de una pareja de un negro y una rubia, y la rubia se la estaba comenzando a mamar. Empecé a imaginarme cómo sería si Eva me la chupara…

De pronto, noté que alguien manoseaba mi paquete endurecido con tal maestría que al instante mi pene parecía querer atravesar mis pantalones. Bajé la mirada a mi entrepierna y encontré en ella la mano de una mujer, pero no era Eva, sino Cristina, quien se había levantado excitada por las escenas (la de la pornografía de la tele y la mía con Eva). Estaba detrás de mí. Notaba su ardiente aliento en mi nuca. Giré la cabeza y la miré, mostrándole mi cara de estar gratamente sorprendido. Ella me sujetó por la mandíbula y me metió su larga lengua hasta el fondo, recorriendo con ella todos los rincones de mi boca.  Sin dejar de masajear el mullido pecho de Eva, agarré con la otra mano a Cristina por el cuello y la apreté más contra mí. Cristina se dispuso rápidamente a quitarme la camisa. La ayudé, me di la vuelta un minuto y le levanté aquel vestido de gasa que solía llevar los días de mucho calor. Por un momento me quedé embobado admirando las vertiginosas curvas de mi compañera Cristina, resaltadas por el body blanco de encaje que vestía.

Salí de aquel estado de contemplación cuando Eva me cogió de las muñecas y volvió a guiar mis manos hasta sus pechos turgentes, que ya respiraban por fuera del sujetador. Se despojó de la blusa, se lo quitó del todo y se dispuso a bajarse la falda, sin apartar la mirada de las salvajes imágenes del televisor: la enorme tranca del negro salía y entraba a duras penas en el coñito rubio de la actriz.

A la vez, Cristina comenzó a desabrocharme el cinturón y abrirme la bragueta. Mi paquete abultado quedó al descubierto y ella se abalanzó sobre él. Me bajó el slip hasta las rodillas y se puso a chupar mi tiesa verga como una loca. Me lamía los huevos, me metía sus dedos humedecidos en la raja de mi culo, los movía con habilidad alrededor de mi ano, de mis testículos, y mi polla rozaba la campanilla de su garganta. Tenía el cipote a punto de reventar de gusto.

Mientras Cristina estaba entretenida haciéndome aquella tremenda mamada, Eva se acercó sinuosamente con su minúsculo tanga negro y se colocó debajo de las piernas de Cristina, que estaba arrodillada bajo mis cojones, con todo mi pene inflado en su prodigiosa boca. Pude ver cómo le abría los corchetes de la entrepierna del body blanco a Cristina y le empezaba a lamer el conejo. ¡Dios! Con aquella imagen, con la que tantas pajas me había hecho cuando veía algo similar en una peli porno, que ahora se hacía realidad a mis pies, no pude contener el orgasmo y me corrí en la boca de Cristina. Mi lefa se desbordaba por sus labios y ella se relamía y a la vez gemía a cada lametazo que Eva le propinaba en el clítoris. Con su boca impregnada de semen, Cristina se apartó un segundo de los chupetones de Eva, bajó su cabeza, la besó profundamente en la boca y volvió a situar su chocho sobre la cara de Eva.

A pesar de haberme corrido, mi verga se mantenía erguida y aquella visión me la estaba poniendo incluso más dura que antes. Así que me tumbé encima de Eva, aparté un poco su tanguita y la penetré con delicadeza al principio. La vagina de Eva estaba extremadamente húmeda, por lo que mi picha  entraba y salía con toda facilidad a un ritmo cada vez mas frenético.

De repente, Cristina estalló sobre el lindo rostro de nuestra compañera y un breve pero fuerte chorro de líquido vaginal empapó la barbilla de Eva. Mientras ella se secaba con la mano, seguí follándola el coño cada vez más fuerte, hasta que Eva  también alcanzó el clímax y sus convulsiones sacaron inesperadamente mi verga palpitante de su interior.

En ese momento, volví a caer en las imágenes de la pantalla: a estas alturas el negro estaba sodomizando a la rubia, cuyas grandiosas peras se balanceaban sin parar a cada embestida del negro, con su potente cipote en aquel culito enrojecido. Aquello me inspiró.

Me puse de rodillas y ordené a Cristina que se pusiera a cuatro patas delante de mí. Le arranqué el body de encaje y apunté con mi espada al agujero de su culo. Empecé a introducir mi rígida tranca en su estrecho ano y Cristina comenzó a gritar. Pero, Eva le calló la boca con un salvaje beso, lo que provocó la salida de flujos vaginales y anales que lubricó la entrada de mi polla. Una vez dentro, me bastaron unos cuantos empujones, pues aquello me rozaba aún más que la vagina de Eva, para volverme a correr, otra vez dentro, esta vez, de su culo.

Quedé extasiado. Me senté en una silla, a ver cómo mis compañeras continuaban besándose con frenesí y acariciándose los pechos mutuamente.

Inesperadamente pararon en seco. La película de la televisión también se había acabado y ahora se nos veía a nosotros totalmente desnudos en la pantalla.  Nos volvimos a vestir a toda velocidad y, después, sigilosamente nos dirigimos todos juntos a la puerta. La entreabrimos lentamente y descubrimos al encargado del control de videoconferencia limpiándose con un kleenex los pantalones al lado de la bragueta.

Salí primero yo y las chicas me siguieron. El tipo se levantó inmediatamente.

“Eeee…el café. ¡Qué mancha más inoportuna de café en mis pantalones!” dijo el tío, todo colorado.

Eché un vistazo a la mesa de control y no ví ningún vaso o taza de café por ahí, sólo el monitor con la imagen estática de la sala de videoconferencia, donde había sucedido todo, ahora vacía.

“¡Vaya, vaya!” exclamé.

“¿Qué?…¿Qué tal la videoconferencia con los belgas, algún problema técnico?” preguntó el hombre.

“No, ninguno.” se apresuró a decir Eva y Cristina añadió

“Todo bien.”. Y los cuatro nos despedimos.

Desde que salimos de aquella sala, nadie comentó nada. Armando, el encargado de las videoconferencias, abandonó la empresa a los pocos meses. Todo pareció ser olvidado.

Pero hoy he alquilado una película porno y me ha recordado aquel día memorable. La peli va de un par de chicos belgas que se lo montan con una mujer madura en un despacho. Y la productora es Videos Armando, S.A. …
 

LaPulga

 

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