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Desde que Charlotte conoció a Raúl, todos los chicos de su liceo empezaron a parecerle críos. Raúl era moreno, hablaba muy dulce, sabía a aguacates y trabajaba duro, no como los niñatos de patines ultimo modelo.CapituloRaúl trabajaba de pintor de fachadas y tenía los músculos hechos a base de esfuerzo e intemperie. Solían hacer el amor en una habitación diminuta que él ocupaba el último piso de un barrio céntrico de París.
- Usted es chévere, Charlotte
Y ella se sentía en la luna. Un día, después de hacer el amor hasta el agotamiento, Raúl le cogió el rostro con ternura y le dijo:
- Quiero que hagais una cosa por mí
- Lo que quieras
- Deberás ir a esta dirección que te apunto el sábado,a las seis. Deberás ir depilada como una reina egipcia. Cuando traspases la puerta debes desnudarte.Hará calor. Te pondrás un pañuelo oscuro y opaco, que llevarás en los ojos, para no ver nada y tendrás quecaminar por lo que es como un pasillo
¿Es un juego? - preguntó Charlotte-
Si, gatita-
¿Y tú estará esperándome al final del pasillo?-
Claro, papita
Aquel sábado, Charlotte se duchó se despacio. Se hizo el pelo con el secador y se depiló hasta el último vello del sexo. Cuando se vió ante el espejo se vió más desnuda que nunca. Pensó que parecía aún más niña. Excitada corrió a la cita. Llegó a la dirección que Raúl le había dado.
Era un portal amplio, que parecía haber sido una antigua entrada de coches. Descendió un piso por la escalera de servicio como le indicaban las anotaciones que apretaba en su mano. Se encontró con una puerta abierta iluminada por una bombilla polvorienta. Al traspasarla vió que era un estrecho pasillo. Siguiendolas órdenes de Raúl, se quitó la ropa y se puso el pañuelo en los ojos. A tientas avanzó por el angosto corredor. Se encontró con una puerta que se abrió con sólo empujarla. Su ceguera le producía tanto miedo como excitación. Avanzó palpando las paredes. Era cierto que hacía calor. Se notaba sudorosa. Pero no sabía si era por la expectación que le suscitaba próximo encuentro con los brazos de Raúl.
Con las manos tocó lo que reconoció como unas espalderas de gimnasio. Pese a la opacidad del pañuelo que había comprado para la ocasión, notó el aumento de la intensidad de luz. Se le escapó un grito cuando sintió unas manos que no eran las de Raúl y notó un olor que tampoco era el suyo-
¿Raúl? - suplicó-
Tranquila, pequeña - la voz de ese hombre era profunda como la noche oscura. Antes de que pudiera quitarse el pañuelo, el hombre la empujó hacia las espalderas y ella se aferró a ella para no caer. El hombre la cogió por la cintura y la subió y bajó en un rápido movimiento. Aprisionada entre la espaldera ye l enorme cuerpo del hombre, Catherine se encontró literalmente empalada en una polla que se le clavó hasta el fondo de las entrañas. Volvió a pronunciar el nombre de Raúl, pero ya no volvió a hacerlo más, porque cada vez que el hombre hacia el movimiento de subida y bajada de su cuerpo, un grito se escapaba de su garganta. Sentíacomo su sexo, de niña ahora, expuesto, era taladrado una y otra vez por esa polla que dolía como un hierro candente. Se dejó llevar, pensando que si no se resistía el dolor se mitigaría. Cuando el hombre notó que se relajaba cambió la posición de sus manazas y las colocó bajo las nalgas de Charlotte. Siguió obligándola a subir y bajar por su pene férreo, pero separándole las piernas y dejando su sexo aún más expuesto.
Charlote notaba el movimiento de sus pechos y en un momento dado empezó a gustarle la rudeza del hombre y se acopló al ritmo de las acometidas. Afirmó sus manos en la barra de la espaldera y tensó los músculos de la pelvis para forzar el orgasmo. Cuando estaba a punto de correrse, el hombre sacó su enorme polla del coño inflamado, separó con los dedos el ano e introdujo su asta hasta el fondo de Charlotte.
Ella creyò que iba a perder el conocimiento por el dolor terrible que le produjo la penetración brutal. El hombre repitió los movimientos ascendentes y descendentes dentro de su ano. El placer llegó cuando el hombre, teniéndola bien calzada con su asta e invómil con la sujección que le propiciaba la espaldera, apartó las manos de las nalgas y puso una en uno de los pechos de Charlotte, aprentándolo comosi fuera una pelota de goma, y la otra, en el sexo suave y empapado, amasándolo, buscando el clítoris a punto de explotar y frotando. Charlotte se corrió como un animal salvaje. Su cuerpo temblo de pies a cabeza y su pelvis se contrajo unos segundos de forma espasmódica. Tal fue su placer que no supo cuando se corrió el hombre. Cuando este la depositó en el suelo ,Charlotte se quitó la venda. Frente a ella estaba Raúl con una enorme sonrisa. Junto a él dos hombres portaban cámaras de vídeo. En el techo, focos y un carril en el había otra cámara. Charlotte comprendió. Raúl se acercó a ella tendiéndole una mano.
- Ya sabía yo que usted iba a salir muy linda
Nathalie
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