Las cien noches de Kemal
La orden había sido tajante, “pasar a cuchillo a todo infiel que se cruce en vuestro camino”.

Habían pasado ya muchos meses desde que aquella que ha pasado a la historia como la I Cruzada había entrado en tierras turcas, y durante este tiempo, la poca paciencia que le quedaba a los mandos cruzados tras pasar por el reino de Alejo se había extinguido totalmente. Sin embargo, aquel hombrecillo enjuto y desgarbado parecía, tan solo con su presencia, desafiar a todos y cada uno de cuantos cristianos había en Tierra Santa. Sin duda se trataba de un infiel, mas, por alguna oscura razón había logrado evitar ser muerto a manos de cuantos caballeros se habían cruzado con él. Y no solo eso, ahora, aunque preso y escoltado, se encontraba frente a frente al conde Godofredo de Bouillon, capitán de las tropas de Brabante, y uno de los mandos con mas influencia en toda la empresa.

-“¿acaso no es un infiel este que esta frente a mí?”- preguntó él notablemente contrariado

-“Lo soy”- respondió con insolencia aquel tipo sin esperar a que sus captores hablaran por él-“y si estoy aquí es porque considero que os puedo ser de utilidad en los futuros y gloriosos días que se os avecinan”

Godofredo no era hombre dado a las exquisiteces de Oriente. A él le gustaba más cazar osos sin más armas que sus manos, aunque hacía bien poco uno de estos casi le había enviado al otro mundo sin pasar antes por el Santo Sepulcro. Sin embargo, aquel personajillo había despertado en él su innata curiosidad, así que tras proferir un sonoro rugido, le hizo un gesto para que le acompañara al interior de su tienda, y le contara cuanto tuviese que decirle.

“Veréis señor -comenzó a decir suavemente el infiel mientras el conde se sentaba en su trono de madera-, habéis de saber que mi nombre es Kemal, y que si bien profeso la religión que vos llamáis de los sarracenos, soy hijo de una cristiana armenia, cautivo desde su más tierna infancia en el harén de un emir del interior” Godofredo había oído hablar mil cosas de los harenes, y empezó a prestar mas atención al relato de las desventuras de aquel hombre, que le contó con todo lujo de detalles como había conocido los lujos y lujurias de Damasco, de Jerusalén e incluso de Bagdag.

“Sabed señor que puedo contaros mil historias sobre los harenes, y las perversiones que en ellos se llevan a cabo –Kemal era infiel, pero no tonto, y pronto había descubierto por que derroteros habría de discurrir su historia si quería llegar con vida al día siguiente-.

Permitidme pues que os relate una de estas, si al final de ella gustáis de mí para conocer más os seguiré hablando, si no, podéis enviarme junto a mis correligionarios que ya han muerto mártires" El lúbrico gesto afirmativo con el que le respondió el conde le dio ánimos para continuar, así que, trago saliva, y puso todo su empeño en recordar alguna de aquellas historias que decía conocer.  En décimas de segundo estaba listo, se lamió las comisuras de los labios, y empezó a hablar:

 “Seguro que son mil las leyendas que sobre los harenes habéis oído, permitidme pues, que antes de empezar os diga dos verdades a cerca de estos lugares. No es cierto que todas las mujeres que en ellos  habitan sean de inconmensurable belleza, ya que no es por esto por lo que gana prestigio su amo, sino por él numero de concubinas que tiene. Tampoco es cierto que todas estén allí a la fuerza, muchas se entregan voluntariamente a su amo, otras son vendidas a él como lo podrían ser a cualquier otro hombre, y tan solo unas pocas, como le ocurrió a mi desgraciada madre, son raptadas de sus hogares y conducidas al harén. Sin embargo, el caso que os voy a relatar, trata precisamente de una hermosa doncella que conocí en Damasco, que si fue raptada por su amo, hace aun pocos años. Zoraida la pusieron por nombre al entrar en el harén, aunque por su físico exuberante mas me temo que su nombre fuera muy otro, ya que me pareció –luego ella me lo confirmó- una armenia de los montes Zagros.

Era alta, de piel suave y blanca, y pelo negro como en aceite de roca. A pesar de ser delgada, tenia un interminable sinfín de curvas, unas caderas hermosas, unos pechos grandes y bien formados, con unos pezones de un rosa claro que apenas se hacían perceptibles, unas piernas largas y bien torneadas, y una cara de rasgos tan nobles que hubieran hecho palidecer a la reina de Saba.

Sus ojos verdes perecían dos piedras preciosas incrustadas en marfil.  Su nariz lisa y no muy grande, iba a desembocar en los labios más sensuales que jamas hayáis podido imaginar, y tras los cuales se ocultaban rara vez unos dientes blancos y perfectos como las más espléndidas perlas. Se la había regalado a mi amo su primogénito, asegurándole que era virgen y pura, lo cual si bien parecía casi imposible, no creáis que a mi anciano amo le hizo mucha ilusión. No andaba errado mi pobre señor. La primera noche que se la trajeron, bañada en él más exquisito agua de rosas y jazmines, no pudo siquiera acercarse a ella, ya que felina, defendió su honra como nadie pudiera imaginar. Mi amo ya era anciano para esos trotes, y comenzó a pensar, que su hijo lo sabía y se la había regalado para ver si podía domarla.

Estaba seguro de que él veía esta empresa por imposible, imaginando que al cabo de un poco él le devolvería el regalo y de paso quedaría en evidencia ante sus hombres, haciendo ganar enteros a su hijo, único heredero desde la muerte de su llorado hermano hacia tres años. Pero la misma vejez que le había privado de fuerzas y ardor, le había hecho ganar en paciencia y sabiduría, por lo que no tardó en fraguar un plan para ganarse a la hembra y dar, de paso, una lección a su altanero vástago.

Dos días después hizo llamar a su presencia a su vigesimonona concubina, que aun siendo joven y bonita aún, hacia tiempo que no veía, lo que le había llevado a ella a aprender ciertos artes de los que hablaban maravillas sus eunucos. Permitidme aclararos, mi noble conde, que trato de deciros que esta bella joven había hallado entre las piernas de sus hermanas las mismas fuentes de placer que antaño le había dado en exclusiva mi amo.

Aquella noche todo estaba listo. Mi señor se recostó en un rincón de su habitáculo, sobre una pequeña alfombra, dejando el resto del espacio, cubierto todo por hermosos cojines, libre y despejado. La primera que entro fue Zoraida, acompañada por dos eunucos negros como la noche. Aun mantenía su mirada altanera, fiera e irreductible, que no se privo de mandar a mi señor.

Poco después entro su otra concubina, Fatima se hacia llamar, y que Alah la perdone por ello. Era de pelo castaño claro, y sus ojos tenían el color de la miel. Dos años encerrada en el harén no habían estropeado su esbelta figura, y aunque era un poco mas entrada en carnes que Zoraida, también poseía una hermosa figura. Su cuerpo era más cálido y acogedor que el de la otra, podría afirmarse.

Sin decir nada comenzó a desnudarse, quedando tan solo cubierta por una fina gasa que le tapaba, aunque dejando entrever cada uno de los poros de su piel, su hermoso cuerpo. Después, se acerco sonriente hacia Zoraida, que no comprendía aún que era lo que se estaba fraguando entre aquellas cuatro paredes. Ante la divertida mirada de mi amo, los dos eunucos cogieron fuertemente de los brazos a Zoraida, que comenzó a revolverse como un gato. Fatima les miró con firmeza, y les ordenó que la soltaran.

Allí quedo Zoraida, de pie, mirando extrañada a Fatima, acariciándose los brazos, y dudando si debía de estar agradecida o asustada. Fatima, la acaricio suavemente el rostro con su mano izquierda, y le susurró una dulces palabras, que nadie, ni Zoraida siquiera, alcanzaron a oír. El efecto de este gesto fue balsámico en la salvaje armenia, que envío una sonrisa a Fatima.

De pronto, con un movimiento apenas perceptible, los labios de Fatima se posaron en los de Zoraida. Al principio esta no reaccionó, pero al cabo de unos instantes se dio cuenta de que estaba siendo besada.

Seguramente se hubiese apartado de un salto, de no ser por que noto como la mano derecha de Fatima comenzaba a acariciarle suavemente la nuca.Unos instantes después, el brazo izquierdo de Fatima pasó por detrás de su delicada espalda y la empujo contra el cálido cuerpo de ella. El beso, antes roce, se había ido convirtiendo en un cálido y húmedo mordisco, primero en su boca, luego en su oreja, luego en su cuello.

Cada vez estaba mas avergonzada y excitada a la vez por lo que aquella mujer le estaba haciendo sentir, notaba como todo su cuerpo se estremecía por momentos, mas aun cuando noto el suave muslo de ella colándose entre los suyos y presionando suavemente su sexo, cada vez más húmedo. El abrazo a ella le pareció durar una eternidad, y cada vez se estaba dejando llevar mas por sus instintos.

Con delicadeza, Fatima la tumbo sobre el lecho de cojines, y dulcemente le fue destapando de las múltiples gasas con las que había cubierto su cuerpo. A las manos les siguió su boca, que con dulzura se fue deslizado por todos los rincones de su busto. Le lamió los pechos, los pezones, el vientre, el ombligo, mientras ella se sentía a punto de estallar, cada vez mas extasiada, cada vez más jadeante.

De pronto noto como la lengua de Fatima entraba suave y húmeda entre sus labios inferiores. Comenzó a lamerle rítmica y delicadamente rincones de su anatomía con los que apenas si había jugado alguna vez. Le chupo el clítoris hasta que ella ya no pudo mas, y le aparto un poco la cabeza.

Fatima le lanzó una sonrisa, y abriendo mas sus piernas, comenzó a penetrarla con la lengua. Se sentía desmayar de placer. Poco a poco fue sintiendo que el calor era cada vez más sofocante. De pronto espasmo de placer recorrió todo su cuerpo desde el lo más profundo de su ser, se estremeció durante unos largos segundos, y luego sucumbió a la calma.Fatima retiro satisfecha su boca, se paso la palma de la mano por los labios y tras sonreír a su víctima, miró satisfecha a su amo, que había permanecido callado mirando todo.

Al día siguiente se repitió el mismo juego, y al siguiente y al otro también. Zoraida cada vez se mostraba mas solicita a los juegos que le iba proponiendo Fatima, y a la lengua le acompañaron los dedos, y a los dedos una fina estatuilla de alabastro cuidadosamente pulida.

Hasta que una noche, Zoraida, que había llegado puntual a su cita, comprobó que allí solo se hallaba su señor. Le pregunto por Fatima, y escucho apenada que esa noche no acudiría, ni la siguiente tampoco, hasta que ella deseara que volviese. ¡Pero si ella no deseaba otra cosa que verla, que sentirla!. Pregunto de nuevo:

 -Deseo verla con todas mis fuerzas, mi amo, ¿qué he de hacer?

 -Ser buena conmigo -dijo malévolo él

Pronto comprendió Zoraida a que se refería mi señor, y aunque al principio dudó, no tardo en acercarse sumisa a él. Satisfecho, mi amo se quito las ropas que llevaba, y dejó a la vista de la muchacha un enorme miembro, que no se diferenciaba mucho de aquella estatuilla de alabastro con la que ella había jugado.

Ya sabia pues que había de hacer. Comenzó a besar suavemente la punta de la verga de mi amo, hasta que la sintió bien húmeda, entonces se la introdujo en la boca, y empezó a metérsela y sacarla poco a poco y luego mas rápidamente, mientras su lengua jugaba con ella.

A diferencia de la figurilla, esta verga estaba viva, era cálida y vibraba a cada movimiento de ella. Esta sensación tan nueva para ella tampoco le disgustó, y comenzó a notar como su sexo empezaba a humedecerse poco a poco.Al cabo de un rato, mi amo la ordeno subirse a sus piernas, y sentándola delicadamente, le introdujo su falo poco a poco. Apenas si sintió dolor, y sí mucho placer. Comenzó a moverse hacia arriba y hacia abajo, lenta y acompasadamente, deslizándose a los lados de vez en cuando.

No podía parar, y cada vez sentía mas placer, lo que le hacia ir más rápido, gemir mas alto, sudar más. Hasta que llego un momento en que sintió agitarse al miembro de mi amo en su interior, y le llegó a ella un arrebato de placer como nunca antes había experimentado.

Mi amo dejó en ella su semilla, a la par que ambos se sentían presos de un placer absoluto. Luego la sonrío y la dejo marchar, con la promesa de que mañana vería de nuevo a Fatima… y a él, si ella así lo deseaba. Zoraida salió de la habitación casi a la vez que de uno de los enrejados de mimbre que cubrían una de las paredes entraba una voz que decía:

-Padre, me has ganado”

Kemal observo el rostro obnuvilado del conde. Al principio se sintió preocupado, hasta que le vio sonreír. El conde se levanto, paso a su lado, y poniéndole la mano en el hombro le dijo:

-“mañana te veré a esta misma hora, si Dios lo quiere, infiel”.

Y aquella noche Kemal durmió entre los caballos, incomodo, pero vivo.
 

Charles Champ d'Hiers

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