Noviembre
 

Noviembre, es otoño. Yo había recibido una invitación para asistir a un congreso anual en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, en la plaza de Colón. Me apetecía ir porque ello significaba pasar unas horas fuera de la oficina, así que le pedí permiso a mi jefe. Cuando me marché a casa después de la jornada laboral no podía imaginar lo que me ocurriría al día siguiente.

Esa noche, mientras me preparaba para cenar, sonó el teléfono móvil. La llamada era de una compañera de oficina, Beatriz, para preguntarme si al día siguiente iba a asistir a la recepción y si podía quedar conmigo para no ir sola. Mi respuesta fue afirmativa y quedamos en encontrarnos en la estación del Metro.

Os describiré a Beatriz. Es morena, muy guapa, labios carnosos, ojos negros, no muy alta, senos pequeños, ancha de caderas pero con un culito que le hace perder la cabeza a mi compañero José Antonio.

Al día siguiente, tras nuestro encuentro nos dirigimos hacia el Centro Cultural para acreditarnos y recibir la clásica bolsa con regalos de cortesía. Debo decir que Beatriz vestía para la ocasión un impecable traje pantalón que la identificaba como la perfecta ejecutiva aséptica y virginal. Seguidamente accedimos al salón donde una amable azafata nos indicó que ocupáramos los asientos centrales de la fila. Como suele ocurrir en este tipo de actos todo el mundo elude la proximidad del resto de asistentes por lo que en nuestra fila, mi compañera y yo quedamos aislados del resto, si bien la sala presentaba un grado de ocupación considerable. Tras apagar las luces y quedar únicamente iluminada la mesa de oradores, comenzaron los discursos.

Al rato de comenzar la primera disertación, Beatriz me tocó la mejilla con su mano haciéndome notar que estaba helada. Es cierto que la temperatura dentro del recinto era algo baja, pero estaba claro que contaban con el calor humano que no tardaría en hacerse notar. La verdad es que nuestros abrigos en vez de reposar en los asientos vacíos, los teníamos encima de las rodillas, lo cual era de agradecer y no podía imaginarme cuánto.

Al comenzar su charla el segundo orador, Beatriz me tomó de la mano y la llevó a su regazo, bajo su abrigo, indicándome que seguía con las manos heladas y que así le entrarían más rápidamente en calor.

Al rato de estar así y pese a tener mi mano entre las suyas, sobre su vientre, de vez en cuando notaba que rozaba con algo que no tenía el tacto áspero que sería de esperar del traje que llevaba o del abrigo que las cubría. No tardé en averiguar qué era aquello. Con un sencillo movimiento colocó mi mano contra su vientre mientras sus manos reposaban sobre la mía. Para mi sorpresa la cremallera de su pantalón estaba bajada y aquello que yo había estado notando eran sus braguitas de tejido ultrasuave.

No pude evitar el respingo, ni el mirar a derecha e izquierda para cerciorarme de que lo que estaba ocurriendo no era del dominio público. El corazón se me iba a salir del pecho y algo en mi entrepierna también comenzó a moverse. Giré la cabeza para mirarla directamente a los ojos, quería saber si aquello era sólo un accidente. Su única respuesta fue cerrarlos con mucha intención, muy, muy despacio.

Introduje mi mano por aquella acogedora puerta y mi dedo corazón se abrió paso entre la lencería hasta su caliente rajita. Busqué con suavidad su clítoris y comencé a masajearlo lentamente. Beatriz me facilitó la tarea separando sus piernas al principio para luego abrirlas y cerrarlas rítmicamente según le llegaban las oleadas de placer. Estaba mojada, mucho y mi dedito se deslizaba en movimientos circulares alrededor de su pipita. Cada tanto, con un movimiento no exento de cierta brusquedad, introducía uno o dos dedos en su cueva para luego retomar el lento y sensual masaje. Beatriz dejaba escapar pequeños gemidos, que por fortuna sólo debía oír yo, mientras sus ojos permanecían entrecerrados.

A estas alturas, dentro de mi pantalón había algo que pugnaba por ser liberado, sopena de romper la tela que lo contenía. Con la mano que me quedaba libre comencé a presionar regularmente sobre mi bulto.

No sé cuántos orgasmos pudo disfrutar Beatriz en la hora y media larga que duró aquello, lo que sí puedo contar es que yo descargué toda mi incontinencia en uno de aquellos apretones y que por suerte me libré de sufrir alguna inoportuna mancha delatora. El que no salió tan bien parado fue mi dedo, que quedó inutilizado para los siguientes tres días.

Al finalizar el acto y encender de nuevo las luces Beatriz recuperó su impecable compostura tras lo cual me dio un tierno beso en la mejilla. Regresamos a la oficina y no hemos comentado nada sobre lo sucedido. Lo que sí tengo claro es que el año que viene me apunto al congreso. Seguro.
 
 

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