Experiencia con Vany (III)
 
  3.-LA CONJURA
 
 

Floren estaba empeñada en que me follase a Vany. Aseguraba que sólo imaginarlo la ponía tan caliente que se le mojaba el chocho.

 -Sobre todo si os montáis un 69 -decía.

La verdad es que a mí follarme el culo de Vany no me parecía especialmente excitante, pero tampoco me molestaba. "Un agujero es un agujero", me había dicho siempre.

Objetivamente y en frío, me parecía igual el ojete de Vany como el de Floren o cualquier otro: "con los ojos vendados, no se aprecian diferencias". Por tanto, era un asunto más cerebral que sexual. Pero otra cosa muy distinta sería lo de meterme la zanahoria de Vany en la boca. Sólo pensar en que me soltase cuatro escupitajos de su leche me ponía a parir. Lo curioso es que, algunas veces, después de una buena mamada con corrida incluida, mi pareja me había besado, llenándome la boca de mi propio semen. Y yo me lo había tragado sin rechistar y casi con gusto.

Floren, sin embargo, en su intento de convencerme
argumentaba que Vany estaba muy buena, con un culito
respingón y unas tetas tremendamente cachondas.

-Incluso yo me pongo a cien cuando se las chupeteo... Imagínate a Vany sin rabo, cariño. ¿No te la follarías y se lo comerías todo?

-Ya. Pero en realidad tiene polla.

-¿Qué más da? ¿Tú sabes lo rica que está esa pichita cuando se le hincha el capullín dentro de mi boca?

  Aunque de los tres, yo soy el único técnicamente no bisexual, acabé reconociendo que Vany era un shemale, un "transex", de lo más sexy y que quizá tenía un buen polvo y... una buena mamada.

Así, pues, Floren y Vany se pusieron de acuerdo, se conjuraron, para montar un número especial.

El momento escogido fue la noche del estreno del nuevo espectáculo en el que Vany era la estrella. Había tenido un gran éxito. Había bailado como nunca, aprovechando esa atmósfera sensual que emanaba de su ambigüedad. Y decidimos (en realidad, Floren y Vany ya lo tenían decidido) celebrar ese triunfo en casa, a nuestra manera. Por cierto, que a última hora, se nos unió Sandra, la primera bailarina del show, que estaba viviendo en el apartamento de Vany.

Mientras yo conducía, ellas tres (que habían bebido lo suyo) estuvieron sobándose, besándose, masturbándose, chupeteándose, lamiéndose a fondo y poniéndose a punto de caramelo. Floren, que iba delante, a mi lado, en un momento dado me sacó la polla por la bragueta y me hizo una larga  mamada hasta que yo la aparté por miedo a que nos estrellásemos.

Cuando entramos en casa, Floren propuso que nos tomásemos unas copas, pero nadie le hizo caso. Todos estábamos supercalientes y como locos. Nos quitamos la ropa a toda prisa, tirándola por aquí y por allá. Yo estaba a punto de correrme. Vany, posiblemente también. Al menos, tenía la verga tiesa, congestionada, y las aréolas de los pechos hinchadas y mórbidas.

Mi primera intención fue montármelo con Sandra. Era una tía
 esbelta, flexible y bonita, pero con un aire tan ambiguo como el de Vany. Aunque, en medio de un pubis cuidadosamente depilado, lucía un coño generoso, rosado y, a primera vista, ya muy húmedo. La agarré por aquel culo, compacto, frutal, y la atraje hacia mí. Sus tetas eran pequeñas y sólidas, con los pezones gordezuelos, como frambuesas. Cuando iba a mordisquearlos, Floren se me plantó delante.

  -¡Eh, tío, deja a Sandra y fóllate a Vany de una vez! -me apremió. Después, la besó con gula, lamiéndole los labios y hundiendo luego entre ellos su lengua, lenta y profundamente.

No tuve ni tiempo de sorprenderme, porque Vany, frente a mí de rodillas, se había engullido mi polla y comenzó a mamármela con su estilo salvaje habitual. La acometida fue tan fuerte y el gusto que me daba tan incontenible que me fui
  derrumbando hasta quedar tendido sobre la alfombra.

Ya en el suelo, Vany empezó a pasarme la punta de lengua
por la corona del glande, a repasarme el frenillo y a lamerme toda la picha hasta las bolas. Le dije que estaba a punto de correrme y la cabrona me estiró la piel hasta hacerme daño y me estranguló la base de la verga, juntando su pulgar y su índice como un anillo. Pero no dejaba en ningún momento de chuparme y mordisquearme ligeramente el capullo. Yo notaba toda mi leche agolpada, fuera ya de los cojones: intentab  fluir polla arriba, intentaba salir disparada, impulsada por el placer y el dolor que tensaban mi piel, mis músculos, mi cerebro. Pero Vany retenía firmemente mi cipote mientras seguía saboreando la punta que era ahora una pura ascua purpúrea. Tuve la sensación de que la pija me iba a estallar y yo me iba a desintegrar con ella. Sin embargo, estaba disfrutando como nunca. Me mantuve así apenas unos segundos. Y luego, poco a poco, noté como todo mi semen regresaba en gran parte a sus depósitos, dejándome un poco de dolor de huevos. La tensión fue cediendo, aunque seguí empalmado como un monje en celo.

En ese momento, Sandra (que ya se nos había definido como lesbiana bisexual) sustituyó a Vany y comenzó a mamármela más suavemente. Me aflojó un poco el anillo constrictor y por la punta de capullo le solté grumitos de leche que ella lamió.
 
Se había tumbado en el suelo, con el culo en pompa, para que Floren le comiera el coño a conciencia. Estábamos los tres jadeando, gimiendo, blasfemando de gusto y con unas ganas locas de corrernos y de no corrernos al mismo tiempo.

-¡Joder, tío!

De pronto me había encontrado el trasero de Vany en las narices. Se había lubrificado el ano con crema hidratante. Arrancó mi polla de la boca de Sandra y le calzó un condón muy suave. A cuatro patas, de espaldas a mí, me pidió  apasionadamente que la enculase:

  -¡Fóllame, tío, fóllame! ¡Rómpeme el culo! ¡Métemela hasta los huevos!

Sandra y Floren se habían soltado momentáneamente y me empujaban, ahora, hacia Vany. Le separaron las nalgas para dejar al descubierto un agujero redondo que abría el camino de un hoyo misterioso. Un agujero de bordes obscuros y fruncidos, como un clavel violeta ("oelliet violet", según lo describen en un soneto Rimbaud, Verlaine y Mérat). O como una ventosa feliz, que fácilmente sorbió la punta de mi carajo y que se lo fue engullendo sin pausa hasta devorármelo por entero.

Vany me cogió la mano y me obligó a masturbarla. Enseguida
reaccionó al meneo balanceando el culo y contrayendo una y
otra vez el esfínter para exprimirme fuertemente la polla. La muy puta sabía perfectamente cómo moverse para hacerme disfrutar sin tregua. Aquella jodienda me estaba gustando un montón, porque me hacía sentir más libre y frenético que nunca. Desde luego, el ano de Vany estaba resultando mucho más sabio y mucho más cachondo que el de Floren, siempre tan dubitativo. En compensación por el placer que me estaba dando ese ojete jubiloso, yo me apliqué en hacerle a Vany una buena paja. Le había ceñido el nabo firmemente, con toda la mano. Le iba cubriendo y descubriendo su glande a buen ritmo, y se lo comprimía cada vez que asomaba entre mis dedos para liberalo a los pocos segundos. Y mientras, con la otra mano, le sostenía y acariciaba los cojoncitos con cierto cariño. Vany respondía suspirando, gruñendo, insultándome amorosamente y columpiando sin cesar su trasero, taponado a fondo por mi tranca.

Aquello no podía durar mucho. Sabía que, de un momento a otro, iba a correrme como un cerdo maricón y estaba dispuesto a disfrutar de ese orgasmo hasta la última gota. Por eso, comencé a bombearle lentamente aquel estrecho embudo sin fondo. Vany respondió a mi vaivén con una buena dosis de lujuria. Aflojaba el esfínter para que yo sacase media verga que enseguida volvía a hundir por entero en ese hoyo angosto. Joderme aquel culo carnoso y elástico, me estaba resultando una gozada exquisita. No me hubiese imaginado nunca que las cachas -tan mullidas por el tratamiento hormonal- de aquella shemale fuesen capaces de hacerme sentir un deseo tan especialmente lascivo. Y entonces, cabalgando sobre sus ancas, me puse a gritar:

-¡Hija de puta!¡Maricona! ¡Te voy a traspasar con mi polla! ¡Te la voy a sacar por la garganta!

Por lo visto, Vany estaba también disfrutando como una puerca. Sandra y Floren, desde hacia rato, se había dedicado a darle pellizquitos en los pezones y a chupetearle las tetas con delicadeza femenina. Poco a poco, con el pajeo, su salchichita se había ido poniendo más dura, más gorda, más caliente, hasta convertirse en una aceptable morcilla. Y yo acabaría utilizándola como manija para estimular las sacudidas de su culo experto.

No tardaríamos mucho en llegar al final. De súbito, toda mi carne, todos mis nervios, todos mis músculos se agolparon en mis genitales y me llegaron esos cuatro o cinco segundos imparables y divinos. Me contraje como un muelle y, luego,
me disparé para clavar la polla en las entrañas de Vany. Noté
que me estaba licuando, a punto de derramar todo el lechazo, tanto rato contenido, dentro de ese pozo profundo. Vany, por su parte, lanzó uno de sus chillidos rituales. Dos o tres veces apretó poderosamente su esfínter alrededor de mi verga.
 
Sentí como si me ordeñase a golpes, y un placer y un dolor muy intensos recorrieron todo mi cuerpo, mientras mi cuajocaliente se vaciaba en la punta del preservativo. Entonces, me invadió esa efímera y total sensación de bienestar que te deja sin voluntad, sin fuerzas. Cerré los ojos y me derrumbé encima de la espalda de Vany, agarrado todavía a su cipote que, por cierto, palpitaba espasmódicamente. Vany, por lo visto, también se había corrido. Tenía mi mano embadurnada por su leche pegajosa que le untaba el pijote. Aunque los lengüetazos de alguien -¿Floren, Sandra?- se la estaban limpiando y tragándose los restos de aquel yogur, incluso el que chorreaba por mis dedos.

Finalmente, Vany se dejó caer. Quedó tumbada boca abajo
sobre la alfombra, mientras yo seguía encima de ella, con mi
pene, aflojándoseme de prisa, todavía dentro de su trasero.

Floren me beso en la nuca y me paso la lengua a lo largo de la columna vertebral hasta la rabadilla.

-Bien hecho, cariño. Ha sido fabuloso. Sandra y yo nos hemos pajeado a tope viendo el espectáculo. Pero... todavía falta el 69, ¿no? -me dijo, mientras yo sacaba del ojete de Vany una polla tan flácida que estaba a punto de salírseme del condón.

Me quedé sentado en el suelo, pensando. "De acuerdo: un agujero es un agujero", me dije, "pero el orgasmo es libre".
Vany ya se había incorporado. Me liberó del condón y le dio un beso y un buen lametón a la punta de mi pija. La tenía pringada de esperma y comenzaba ya a esconderse rápidamente dentro del prepucio.

-Ha estado bien, tío, pero cada vez será mejor -me susurró.

Iba a decirle algo, pero Floren me trajo un whisky y preferí beber y callarme.

-Ahora, el 69, amor -me insistió Floren-. ¿Verdad, Vany?

-Déjame descansar -protesté.

-Sí, claro.

En realidad, la juerga siguió a toda marcha, mientras yo me
reponía y recobraba fuerzas para el 69 prometido.

Luego, cuento todo lo qué pasó.

Peb

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