Potorrito
Capitulo
Pasé los primeros años de mi vida en un caserío del País Vasco francés. El caserío y el verde terreno que lo rodeaba era de mis abuelos.

Así crecí entre huertos, pastos y montes. Mi abuelo tenía braceros que le ayudaban con las tareas más duras del campo. Uno de ellos tenía un hijo más o menos de mi edad. Se llamaba Patxo y, según decía mi abuelo, era de la piel del demonio. Aunque a los adultos no les gustaba que jugara con él, yo aprovechaba la libertad que me otorgaban aquellos espacios frondosos y húmedos de lluvia recién caída para moverme a mis anchas.

En el terreno del caserío había un antiguo lavadero, en desuso, pero que yo, cuando nadie me vigilaba, aprovechaba para bañarme en los días de verano. Tendría unos ocho años cuando una tarde especialmente soleada metida  hasta el cuello en la piscina con agua corriente que creaba aquel viejo lavadero.

- Ponte de pie, que quiero verte el potorrito - de pie, junto, a la alberca estaba Patxo

- No me dá la gana - contesté yo

- Pues buscaré sapos y te los tiraré al agua. Te dará tanto asco que tendrás que salir

- Los sapos no me dan asco.

No era verdad. Los sapos de por allí eran tan grandes como los erizos. Enormes y verdes, gordos y repugnantes. Me hubiera muerto si uno de aquellos animalillos que se reproducían a su antojo gracias a la humedad de todo el valle, me rozaba la piel.

Patxo se fue a buscar los sapos y yo haciéndome la valiente seguí en el agua como si nada. Era consciente de que llevaba puesta solo una combinación de niña, de esas que se pagan mucho a la piel si están mojadas. Las braguitas las había dejado junto al vestido y las sandalias. Solía hacerlo para que nadie en casa notara que me había bañado. Patxo volvió con varios animalejos repugnantes enrollados en su camiseta. Y, sin más, los soltó en la piscina. Salí de un salto.

- No me ves el potorrito porque llevo combinación

Patxo se lanzó hacia el bulto de mi ropa y la cogió.

- Pues no te doy la ropa si no te levantas eso y me enseñas el potorrito

Pensar en el castigo de la tata Maite y en el ceño del abuelo pudo más que cualquier otra consideración. Me levanté la combinación y dejó que mirara mi potorrito.

Patxo me devolvió la ropa. Me vestí y me fui a casa. Días después me lo volví a encontrar mientras jugaba a la pata coja por la heras.

- Enséñame el potorrito - me dijo el granuja

 Tomé una rápida decisión por dos consideraciones: 1.- no sabía cómo iba a chantajearme otra vez 2.- me había gustado la cara que había puesto cuandome vio en la alberca el potorrito Por eso lo hice. Me levanté la faldita y me bajé las braguitas. Aquello me gustó muchísimo. Patxo puso una cara golosa y pasmada. Aquello se repió muchas veces, incluso aunque no me lo pidiera él. Si le veía en el sembrado haciendo carreras de caracoles, me paraba frente a él, me bajaba las braguitas y le enseñaba el potorrito. Según fuimos creciendo mis poses de "enseñar el potorrito" fueron más osadas, pero Patxo en ese tiempo no se atrevió nunca a ponerme la mano encima o a tocarse él mismo.

Cuando cumplí los catorce años, mis mayores decidieron que yo me estaba convirtiendo en una salvaje y me envíaron a un liceo en Lille. Tarde varios años en volver al caserío, porque empecé a pasar las vacaciones con mis padres, en San Sebastián. Volví un año en fiestas. Debía haber cumplido ya los veintiuno. La plaza del pueblo estaba aquella noche engalanada de banderitas y luces. Había habido competiciones de deporte rural y concursos de ganado. Era una noche caldeada de septiembre. Vagabundeaba sola por la plaza viendo a la gente beber y divertirse. Entre un grupo de muchachos distinguí a Patxo. Era un hombre hecho y derecho, pero seguía teniendo la misma cara granujienta de entonces. Yo estaba en una esquina mirándole, cuando él me vio. Se acercó a mí con el paso seguro de un hombre que ya tiene raíces y sabe lo que va a hacer en la vida.

- Estás guapa, Nekane

- Y tú has cambiado mucho

- ¿Te quedarás mucho?

- Sólo unos días

- Igual está aquí para mi boda

- ¿Con quién te casas?

- Con Ainoha

- Me alegro mucho

Tras un silencio, de la boca de Patxo salieron las palabras que yo esperaba oir

- Enseñame el potorrito

Me di la vuelta y empecé a caminar seguida por él. Entré en una de las callejuelas empinadas que no daban a ninguna parte. Tras un voladizo me apoyé enla pared. Sólo nos iluminaba la luna rodeada del cerco que anuncia lluvia. Me levanté la falda y de un golpe me bajélas bragas hasta los tobillos. De dos movimientos me liberé de ellas. Patxo quedó mirando absorto mi potorrito desnudo, cubierto por un vello que solía deplilar hasta dejar una fina línea que cubría sólo las comisuras de mi sexo. Patxo avanzó la mano sin mover la posición de su cuerpo. Pasó el dedo índice por la línea suavemente, despacio. Un estremecimiento me recorrió entera. Flexionó el dedo y repitió la caricia con el nudillo. Gemí. Pasó las yemas de los dedos índice y corazón porl a zona depilada de mi sexo. Yo casi deliraba. Me separó con los labios con los dedos índice y anular y con el corazón alcanzó mi clítoris, que acarició con ternura.

Yo avancé mis manos hacia su bragueta. Desabroche el botó, bajé la cremallera y buceé en sus calzoncillos hasta encontrar la verga.

- Ahora tu pito será todo para mí - dije y dirigí el fabuloso sexo de Patxo a mi sexo líquido. Puso sus manos en mis nalgas, me izó como si fuera una pluma y me sentó sobre su poderosa verga. Lo que sentí me lo guardo. Sólo se que cuando, días después asistí a su boda, hubo más de un momento que al recordar aquellos minutos, sentí una punzada de gozo en las entrañas.

Nathalie

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