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Tenía quince años cuando aquello pasó. Como aquel que dice, ayer. Yo iba entonces a 8º de E.G.B., y mi mejor amigo se llamaba Juanito. Juntos íbamos a clase (él vivía a dos calles de mi casa), a jugar al fútbol, al cine… Vamos, que lo hacíamos prácticamente todo juntos. Sin embargo, nunca había ido a su casa. Ya se sabe, el corte de los chicos de esa edad. La verdad era que me daba vergüenza que me viera su madre, no sé, quizá me iba a acribillar a preguntas sobre mis estudios (algo que odio), o me interrogaría sobre mi familia… El caso es que, desde hacía siete meses en que conocí a Juanito, nunca había pasado por su casa. Eso sí, sabía que vivía con su madre, que lo tuvo a los veinte años, y que nunca conoció a su padre: éste abandonó a su mujer aún durante su embarazo…Aquel día teníamos que hacer un trabajo conjunto, construir un circuito electrónico con una bombillita, una pila, un interruptor… Decidimos hacerlo en su casa.
Así pues, allí me dirigí, llamé a la puerta y me abrió su madre, una mujer de cabellos rojizos, abundantes, rizados, cayendo sobre sus hombros, y una sonrisa abierta iluminada por el carmín.-¿Eres Javi? -me preguntó-. Anda, pasa, no te quedes ahí. Juanito no está. Le he enviado a un recado, pero pronto volverá. ¿Quieres una coca-cola?
Me dirigió al salón y me indicó el sofá para sentarme. Cuando volvió tenía una botella abierta, que dejó ante mí, en la mesita, y se sentó a mi lado, de costado, mirándome a la cara.
-Así que tú eres Javi… -insistió-. Vaya, Juanito me ha hablado mucho de ti… ¿Cómo no te has pasado nunca por aquí? Os podía poner una merienda, veíais la tele… Tú ven por aquí sin cortarte…
-Lo que usted diga, señora… -susurré.
-¡Pero por favor, llámame de tú! ¡Qué tenso estás, muchacho! Si llevaras corbata te diría que te la aflojases, pero como no llevas…
Como no llevaba corbata, ella echó mano a mi cinturón y comenzó a aflojarlo. Yo me quedé atónito, mirando hacia abajo, y viéndola hacer. Ella soltó la correa, desabrochó el pantalón y deslizó la bragueta hacia abajo, desplegando ambos lados de la prenda. Quedé con los calzoncillos blancos y pequeños a la vista, mi miembro descansando relajado hacia un lado.
-¿Qué? -espetó-. ¿Te sientes mejor ahora?
-Bueeeeno… -respondí yo, con un deje de ironía.
-Eso, airéate, ventílate -dijo ella, tomó ambos lados del pantalón y tiró de ellas hacia los lados, liberándome más. En el proceso, rozó mi verga, que abultaba el calzoncillo.
¡Vaya! -exclamó-. ¿Qué es eso?
Rozó con una uña el bulto en el calzoncillo, y de inmediato, como una respuesta, aquello latió, como una serpiente que despertaba.
-¡Vaya! -volvió a decir, y ahora deslizó el dedo índice a lo largo de todo el vástago.
Nuevamente, la serpiente no se hizo esperar, y cabeceó de nuevo, despertando de su sueño…
-Pero, ¿qué es esto? -inquirió, simulando ingenuidad. Yo estaba que no me lo creía, entre azorado y excitado, divertido y avergonzado.
Por fin se decidió. Tomó los calzoncillos de la parte de arriba y tiró hacia abajo, y la verga brincó como disparada por una ballesta. La flecha quedó apuntando hacia arriba, su punta roja y brillante, las venas latiendo, y un pequeño latir agitándola, como una cobra cabeceando ante su víctima.
-¡Qué bonita es! -exclamó, se agachó y se la metió en la boca. Su lengua se agitó vibrante, recorrió el vástago en toda su longitud, jugueteó con mis hinchados huevos, besuqueó el vello, mordisqueó el talle, succionó como si fuera un pirulí.
Yo estaba como en la gloria. Mis piernas temblaban, y si no hubiera estado recostado en el sofá me hubiera caído redondo al suelo. La mamá de Juanito seguía chupando con fruición, como una buena chica, y cuando surgió el manantial se lo comió todo, sin rechistar. Después se levantó, alzó su falda y deslizó las bragas hacia abajo. Ante mí quedó un tupido vergel, en su centro brotando un rojizo valle de precipitados bordes, hacia los cuales mi mente parecía caer. Ella agarró mi verga, aún enhiesta, se agachó, y ensartó el trozo de palpitante carne entre sus labios vaginales. Estos sorbieron golosos, y comenzó un movimiento rítmico mientras sus cabellos se agitaban a un lado y otro. Entonces oí:
-¡Mamá!
Ella se giró, y yo miré a mi vez. En la puerta de entrada al salón estaba Juanito, una bolsa en su mano, de donde asomaban dos barras de pan. Su madre se levantó y yo quedé ahí, con los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y la polla tiesa a la vista de Juanito.
-¡Mamá! -repitió-. ¿Cómo has podido…? -titubeó-. ¿Cómo has podido empezar sin mí?
Ella se acercó a Juanito y le pasó una mano por la barbilla.
-Perdona, mi cielo -rogó-. Pero tu amigo está tan bueno que no pude contenerme. Tiene una polla divina…
-¡Pero mamá! ¡Qué viciosa eres!
Juanito dejó la bolsa de la compra sobre una silla, y ambos se acercaron hacia mí. Yo estaba atónito. La madre de Juanito se echó hacia delante y comenzó a chupármela otra vez -pues seguía dura, no sé si ya lo había dicho-. Mientras, Juanito levantó la falda de su madre, le bajó las bragas, se lamió dos dedos y comenzó a frotarlos entre los muslos de la mujer. Aquello me puso más a cien, por lo cual reculé, ensarté más a la madre de Juanito, llegando mi polla hasta su campanilla. Juanito lo percibió, sonrió, y se desabrochó los pantalones, que cayeron al suelo. Cuando le vi la polla a mi amigo desorbité la mirada. ¡Y yo que creía que la tenía grande! La polla de Juanito era gorda como un buen plátano, y más larga que el botellín de coca-cola que estaba olvidado sobre la mesa. Juanito agarró su instrumento y lo condujo hasta el coño de su madre, que ensartó sin piedad.
Me corrí por segunda vez, aún en la boca de la mujer, mientras Juanito lo hacía al unísono en el chocho húmedo y receptivo. Caímos los tres sobre sofá y nos quedamos así largo rato. Después, sin mediar palabra, Juanito y yo nos pusimos a elaborar la tarea escolar que me había conducido a su casa.
Cuando acabamos, su madre nos trajo la merienda…
Truman Cipote
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