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Acabábamos de mudarnos a nuestra nueva casa y teníamos la impresión de que nada funcionaba. Hubo que llamar a todo tipo de técnico. Fueron días duros, en los que todo estaba patas arriba. Los recordaría con terror si no fuera porque en aquellos días tuve uno de los encuentros más dulces de mi vida.Vi venir al hombre de la lavadora a través del ventanal. Me llamó la atención la forma de caminar, sin apenas mover las caderas y balanceando los brazos musculosos. El miró hacia arriba y nuestras miradas se encontraron.
Cuando llamó al timbre le abrió mi marido. Le condujo a la cocina y le indicó el lugar donde estaba la lavadora. Yo anduve por la casa hasta que mi marido me anunció que el hombre se había marchado sin arreglar el aparato y que volvería el viernes con la pieza que necesitaba.
Sin saber por qué aquel viernes esperé la llegada del hombre con ansiedad. Busqué mil excusas para que mi marido saliera de casa, pero ninguna encontré. Cuando llegó el hombre de la lavadora abríla puerta y no pude remediar admirar la anchura de sus hombros, golosa.
Me resigné a que mi marido no saliera, pero procuraba ir de vez en cuando a la cocina para ver al hombre trabajando. Me pidió un par de veces que le acercara alguna herramienta. Tocó mis dedos de manera imperceptible y yo me notaba cada vez más agitada.
El hombre se demoraba. Desmontó la lavadora y la volvió a montar. La probaba y no iba. Y yo deseaba que no se fuera nunca para poder volver a tocar sus dedos.
Al final, mi marido se aburrió de esperar y decidió ir solo a unas gestiones que teníamos que hacer.
Cuando vi desde la ventana que mi marido doblaba la calle en el coche me dirigí a la cocina. Milagrosamente la lavadora estaba desaguando
- Señora, ya está arreglada
- Ha tardado usted mucho - dije yo
- Ya me he dado cuenta de que usted estaba impaciente porque acabara. - Y sonrió.
Se agachó y comenzó a recoger su maleta de repuestos y herramientas
- ¿Quiere usted tomar algo? - pregunté yo, retrasando el momento de su marcha
Se volvió hacia mí y me contestó:
- Quizá, pero primero dígame si puedo usar el lavabo
Cuando volvió del cuarto del baño yo me encontraba en el salón vacío de muebles, pero lleno de cajas a medio abrir, bultos y paquetes. Estaba muy nerviosa. Miré el reloj y mentalmente calculé que faltaba al menos hora para que mi marido terminara lasgestiones.
El hombre de la lavadora se acercó a mi, con sus caderas estrechas, sus hombros anchísimos y su mirada oscura y brillante. Yo estaba junto a unas cajas apiladas. El hombre flexionó los brazos y se quitó el polo con el anagrama de su empresa. Tenía un torso liso y musculoso, sin apenas vello. Se desabrochó el pantalón y el sonido de la cremallera de su pantalón de pana bajándose me pareció el sonido más erótico que había oído en mi vida. Sentí una punzada en monte de venus.
Hacía calor. Yo llevaba un vestido ligero de tirantes. El hombre se acercó despació y puso sus enorme manos en mis hombros. Me gustó el contacto de su piel. Me besó en el cuello mientras bajaba los tirantes por mis hombros. Acariciando la tela y la piel trémula que había debajo, hizo resbalar el vestido que quedó enrollado en mis caderas. Cogió con delicadeza mis pezones y siguió besándome el cuello. Seguíamos de pie. Me atreví a poner mis manos en su espalda. La recorrí desde la nuca hasta el borde el pantalón.
Me besó en los labios y me llegó un aroma aresina. En ese momento me olvidé de mi marido, de mí misma y de que se trataba de un desconocido. La suave espresión de sus dedos en mis pezones, que se alternaban con suves caricias en torno a mi cintura hicieron que toda yo empezara a temblar.
Deslicé mis manos por debajo y las pasé despacio por su culo, haciendo presión para que cayera su pantalón. A veces, cuando estoy triste y cansada recuerdo aquel culo que se reflejó en el amplio espejo de la pared del salón desnudo. Era el culo de hombre más perfecto que he visto nunca. Redondo, lleno, liso,suaves, con un suave vello. La visión del culo del hombre aumentó mi ritmo cardiaco y el deseo de ser penetrada por ese hombre que no paraba de besarme los labios, el cuello y los hombos, sin dejar de acariciar mis pezones y mis caderas en movimientos circulares que casi me mareaban.
Yo misma me quité las braguitas y me senté sobre las cajas apiladas. Separé las piernas y esperé al hombre. Miré su sexo inhiesto. Tenía una curiosa forma. Más ancho en la base y más estrecho en la punta.
Cuando me introdujo el sexo el olor a resina se hizo más fuerte. Veía en el espejo el culo del hombre avanzando hacia mis caderas. Cuando la ancha base de su pene me tocó el clítoris descubierto y su glande se clavo en la pared de mi vagina, el hermoso culo se contrajo. A partir de ahí, quedé fascinada viendo a través del espejo como se culo se movía delante de mí. Entretanto sentía su pene en forma de pirámide entrando y saliendo de mí. En cada embestida, la amplia base entraba entera en mi vagina cada vez más dilatada, cada vez más licuada. Mis pechos golpeaban su pecho y deseé que aquello no acabará nunca.
- Necesitarás una toalla - dijo él cuando mis jadeos se hicieron más intensos, el sudor perlaba mi labio superior y los músculos que rodean mis sexo contraído y a punto del orgasmo.
Como pude, estiré la mano hacia una de las cajas y saqué una toalla de baño. La puse bajo mis piernas, entre el hombre que se arrodillaba ante mí y mis piernas temblorosas. LLegué al orgasmo cuando el hombre apretó con sus manos mis nalgas y, desde muy dentro de mí, inició movimientos ascendentes ydesdentes, con lo sentía yo como si fueran a ronperselas comisuras verticales de mi coño exhausto. Me corrí. Me corrí a chorros, de forma torrencial, me vacié como un manantial sin fin, me hice agua, me derramé sobre el hombre. Mi clítoris era como una pequeña mangarriega que, a presión, regara el vientre y el sexo piramidal del hombre. Al terminar la toalla estaba empapada como si hubiera caído en la bañera.
Cuando el hombre se fue, cogí la toalla y la olí. Nunca algo procedente de mi cuerpo había derramado un olor tan parecido a un perfume. No era mi olor. Era el olor de una flor liquada, cuando se exprime lo mejor de ella misma.
Nathalie
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