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Diciembre (1)Diciembre, es Navidad. Finalmente conseguí alcanzar al último grupo y entre risas y canciones desentonadas llegamos al bar donde iba a vivir otra experiencia inolvidable.
Era un local pequeño, pero que, para las treinta personas que constituían nuestro grupo más algunos fieles parroquianos era más que suficiente. Nada más llegar nos fuimos distribuyendo por grupos afines y comenzaron a circular los chistes obscenos y el fuego cruzado de comentarios soeces entre chicos y chicas. Estaba prohibido hablar del trabajo.
El nivel etílico aumentaba por momentos La música invitaba al baile y todo el mundo estaba muy animado. Francisco (que se parece al cantante Chayanne) y Marga se marcaron una pieza que encandiló a toda la concurrencia. En esas estábamos cuando Lucía y María José comenzaron un baile sensual, en el que María hacía el papel de chica y Lucía el de chico. Viéndolas desenvolverse en la pista a más de uno se le desencajó la mandíbula, sobre todo cuando durante sus evoluciones Lucía rozaba descaradamente su vientre contra el culito de María. Después del episodio del restaurante había evitado encontrarme con Lucía pues me sentía avergonzado y también un poco intimidado.
La noche transcurría agradablemente entre bromas, bailes y un ambiente distendido. Fue al acercarme a la barra a pedir otra copa cuando descubrí una escalera que se abría ante mí como un abismo. Me decidí a bajar, cosa bastante peligrosa dado que me encontraba bastante perjudicado por la bebida, con la sana intención de ir de nuevo al WC. Al llegar abajo contabilicé tres puertas, en una de las cuales un pequeño letrero informaba que aquello era la “Sala de billar”.
Empujado por la curiosidad, traspasé la puerta. La sala estaba completamente a oscuras pero al fondo se adivinaba una tenue claridad. Crucé la sala con cuidado de no tropezarme con la mesa del billar que anunciaba el letrero y llegué junto a otra puerta cuyo cerco deteriorado dejaba escapar la luz. Algún que otro gemido y las palabras entrecortadas que se oían me animaron a mirar por el ojo de la cerradura.
María, que yacía tumbada sobre una mesa desvencijada, estaba desnuda de cintura para abajo y se estremecía mientras Lucía le comía literalmente el sexo, el cual aparecía muy bien depilado. Su pipita era enorme, y su intenso color rojo denunciaba los buenos tratos a que estaba siendo sometida. Lucía se aplicaba con fruición y sólo se detenía cuando María se incorporaba para darle algún pellizco en los pechos que juguetones sobresalían de su camisa desabotonada.
Para mi suerte decidieron intercambiar sus posiciones y placeres, pero no se movieron del sitio por lo que pude seguir disfrutando de mi sesión privada de voyeurismo. Lucía se desprendió de la blusa y sus pequeños pechos coronados por dos espléndidos pezones comenzaron a ser besados casi con violencia por María. Seguidamente María le desabrochó los pantalones a Lucía y agarrando sus braguitas bajo el elástico comenzó a tirar de ellas hacia arriba rítmicamente. Imagino que las braguitas se introducirían en el sexo de Lucía lo que, a juzgar por sus jadeos, no le desagradaba en absoluto.
Por fin Lucía se desprendió de los pantalones y de las braguitas y se tumbo en la mesa, mientras María desaparecía de mi campo de visión para reaparecer al poco con un taco de billar. Tras rebuscar en su bolso extrajo un preservativo que colocó con habilidad en la parte más gruesa del taco y con un suave pero firme movimiento comenzó a introducirlo en el sexo de Lucía. Ésta separó al máximo sus piernas para facilitar la penetración pero dado su grado de lubricación aquel improvisado consolador entraba y salía sin problemas. Pude contabilizar tres orgasmos de Lucía pues con cada clímax se incorporaba para besar a María mientras la atraía tirando de su pelo.
No tengo noción del tiempo que duró la sesión pero tras un rato de caricias y besuqueos comenzaron a vestirse, momento que yo aproveché para desaparecer lo más sigilosamente posible. Con la borrachera que llevaba encima y el episodio del restaurante no había conseguido ni empalmarme por lo que decidí que era un buen momento para dar por concluida la velada.
Old Green
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