Don Pedro 
Pedro de la Mesta, vástago mayor de castellano viejo, era dueño de tierras y personas. Su castillo estaba situado en medio de unas fértiles tierras de regadío entregadas por el rey en agradecimiento a los servicios prestados por los de la Mesa en lucha contra el Moro. Era tosco y velludo. Portaba la armadura y la espada con orgullo. Solía salir a cazar por sus tierras, donde abundaba la perdiz y el jabalí y solía ir acompañado de sus leales escuderos.

Cabalgaban una mañana en busca de buenas presas cuando don Pedro divisó dos manchas blancas que corrían velozmente por el bosque. Mandó a sus hombres adelantarse y cuando llegó al lugar donde le esperaban encontró a dos criaturas que pugnaban por zafarse delos fuertes brazos de los caballeros. Eran dos chiquillas. La menor, de unos cinco años, trataba de librarse de su captor a patadas, mientras éste se reía a grandes voces. La mayor , más tranquila, era una mocita de unos quince. Bella como el amanecer le pareció a don Pedro. Se acercó a ella y vió unos ojos azules como las turquesas que vendían antaño los infieles a los señores y unas mejillas acaloradas como los rubíes, regalo de la reina, que guardaba su anciana madre en un cofre.

- ¿Qué haciais, muchacha? - preguntó el señor de tierras y vasallos

- Jugábamos, señor

- ¿Me habeis conocido?

- Si, mi señor. Dejad nos marchar, que nada malo hemos hecho

- Soltad a la pequeña y tú, sube a la grupa a la moza - tronó don Pedro

Poco se resistió la muchacha, que ya sabíaque nada podía detener los deseos del señor. Tambiénsabía que su familia no iría en su ayuda.

La llevó don Pedro a su castillo. Allí hizo que un ama la preparara y la llevara a sus aposentos. Después de comer y beber con sus hombre, don Pedro se dirigió a sus habitaciones, donde se encontró a la joven, temblando, vestida con una breve saya.

- Esa tela es demasiado basta para tí - dijo el gran hombre al verla

Parecía más frágil aún, con ese burdo tejido, demasiado corto para sus piernas largas. Le habían cepillado los cabellos color de trigo y le caían encascada por la delgada espalda.

- No te preocupes, pequeña, de todas formas nos hubiéramos visto aquí el día que te casaras. Ya sabes de mi derecho sobre la recién casada .- La niña callaba.

Don Pedro se despojó de sus ropas y quedó desnudo ante ella. Pelludo como un oso. De piernas gruesas y ancho torax. La barba tupida casi le cubría la cara y el cabello largo y sucio le daba un aspecto que hizo dar un respingo a la niña.

Don Pedro se acercó a ella. Al caminar su verga, aún en reposo, se balanceaba entre sus velludas piernas. Acercó el colgajo al rostro de la niña y ella intentó empujarle.

- Me gusta - dijo don Pedro volviendo a acercarse. La niña le dió una patada en la espinilla y trató de levantarse. La garra de don Pedro la sujetó de la débil muñeca.

- No pensé que fueras brava. Me gusta. Pero como vuelvas a hacerme daño las cosas se van a poner más dificiles. - La niña le escupió en la barba.

Don Pedro le retorció la muñeca y cayó tumbada de lado en la enorme cama. Don Pedro la puso boca abajo. le sujetó los dos tobillos juntos con la mano izquierda y con derecha le aplastó la cabeza contra el áspero cobertor.

- A muchas de vosotras os desagrada al principio, pero te aseguro que luego os gusta tanto que estais deseando que don Pedro vaya buscaros a la aldea para traeros al castillo.

Cogió don Pedro una gruesa cuerda y la ató por tobillos y muñecas y la dejó boca abajo. Le quitó la saya tirando de los mal tejidos trozos de lana. Con la dos manos le acarició los mofletes del culo. Pasó sus zarpas por los huesillos de la espalda. Revolvió el pelo de la nuca. Se puso en cuclillas sobre los hombros de la niña y empezó a mordisquearle el tierno culo. Con sus manos acarició los muslos, se entretuvo en las corvas y llegó a los tobillos.

La niña temblaba y su respiración se agitaba. Don Pedro volvió al culo. Posó su mano enorme y comenzó a darle azotes. La niña se quejaba. Más fuerte. Cada vez más fuerte. Don Pedro dejaba caer su dura mano sobre el enrojecido culo una y otra vez. La niña transpiraba. Don Pedro desató las cuerdas. La niña quedó inmóbil un rato. Oía junto a ella la pesada respiración de su amo y señor.

Se giró de prontó, enloquecida de dolor y rabia. Don Pedro previno el ataque sujetándola por los brazos ya levantados y aprovechó su furia para tumbarla. Bastaron dos movimientos del enorme cuerpo de dos Pedro para que la niña se viera con la piernas abiertas y los brazos sujetos con dos manos como grilletes. Su propia ira la hizo moverse, de tal manera que la verga de don Pedro encontró sola el camino. Más la niña encontró forma de morderle en el antebrazo.

El dolor hizo de don Pedro un toro embravecido,un vendaval furioso, un poderoso animal herido. Entró en la niña como nunca lo había hecho en ninguna otra mujer. Quería hacerla daño, clavarle la verga hasta oir sus gritos. Pero la niña aguantaba. Recibía las  acometidas de fiera salvaje en silencio, conteniendo un suspiro. Sostuvo firmes las caderas cuando las embestidas arreciaron. Se mantuvo entera y sin derramar una lágrima hasta que don Pedro, exhausto, se derramó en ella.

Cuando se apartó de la niña la vió temblar como una hoja batida por un fuerte viente interior.Callaba.

-Iré a buscarte de nuevo - le dijo don Pedro y allí la dejó, sola en la gran cama.

La niña se acurrucó y se cobijó en las mantas. Llevó su mano al lugar que había daño don Pedro. Y empezó a acarciarse. Los gemidos se escucharon en las alta torre del castillo.
 
 

 Nathalie

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