|
|
Llevamos felizmente casados doce años. Nuestro matrimonio funciona bastante bien y nuestra vida sexual sin ser espectacular también marcha bastante bien, aunque en este aspecto yo soy más avanzado que Silvia, mi mujer.Silvia es morena, no muy alta, tiene unos pechos pequeñitos, juguetones y unas caderas tremendamente apetecibles. En esos días iba a hacer realidad una de mis fantasías, la de depilar completamente su sexo.
Fue una tarde en que al volver de trabajar la encontré un poco alicaída, ya que había tenido un mal día en la oficina. Le propuse que si hacía todo lo que yo dijera se quedaría completamente relajada. Tras meditarlo y con alguna reticencia, porque ya intuía algo, accedió. Al poco regresé del baño con una palangana llena de agua templada, una toalla, la espuma de afeitar, una maquinilla nueva, aceite corporal y un paquete con envoltorio de regalo.
Tras desnudarla de cintura para abajo y acallar sus leves protestas, humedecí el vello de su sexo, extendí generosamente la espuma de afeitar y seguidamente comencé a pasar la maquinilla. Debo reconocer que me excitaba mucho sentir en mi mano el poder de las cuchillas deslizándose sobre esas suaves e impúdicas partes de su anatomía. Poco a poco, con sumo cuidado fui depilando aquellas curvas que tanto morbo me producían, sus labios ahora abultados, la rajita, sus pliegues tantas veces deseados, mordisqueados, saboreados.
Al retirar los restos de la espuma con la toalla, la pregunté que cómo se sentía. Su respuesta fue:
“No sé, rara, fresquita”.
Deposité en la palma de mi mano un poco de aceite para que se calentara y comencé a aplicárselo suavemente. Mi mano se deslizaba por su sexo sin obstáculos, mis deditos entraban y salían de él con calculada y lasciva lentitud. Cerró los ojos y comenzó a gemir. Su pipita se escapaba entre mis dedos. Su vulva enrojecida e hinchada se abría a mis caricias con glotonería. Sus caderas se movían al ritmo que yo marcaba. ¡Cómo me estaba poniendo aquella situación!.
Abrí la caja de regalo. El consolador a pilas que contenía no era muy grande y se abrió paso sin dificultad ayudado por la lubricación natural y la que proporcionaba el aceite corporal. Al conectarlo Silvia solo acertó a murmurar
“hum.., eres... perverso”.
Silvia estaba tumbada de espaldas en el sofá con las piernas flexionadas apoyadas en la mesa baja que tenemos justo delante. El aceite que resbalaba de su sexo había ido a parar directamente a la entrada de su culito, el cual había comenzado a abrirse y relajarse. La visión de aquello hizo que la erección comenzara a dolerme. No pude más. Liberé mi pene y lo lubriqué con un chorro de aceite para después apoyarlo directamente en la entrada de su culito. Mis pelotas rebotaron contra su cuerpo a la segunda embestida. Silvia con los ojos en blanco se estremecía sin parar. Era la primera vez que era penetrada por sus dos agujeritos a la vez y a juzgar por sus gemidos no iba a ser la última.
Mientras el consolador continuaba incansable con su trabajo yo exploté en su culito, pero al retirarme comprobé que mi erección no había disminuido tras la descarga, de tan excitado como estaba. Retiré el consolador y con un soberbio golpe de riñones lo sustituí inmediatamente por mi pene. Seguidamente acompasé mis acometidas a los espasmos del orgasmo con el que disfrutaba en ese instante Silvia. Esta segunda vez tampoco pude resistir mucho más y sacando mi pene de su sexo, eyaculé sobre su vientre.
Permanecimos abrazados un buen rato, recuperando el aliento. Al cabo, Silvia me dijo:
“Te debo una, realmente estoy relajada” y entre risas nos fuimos a la ducha.
Old Green
Volver al Indice de Old Green