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Volví a aquel edificio que yo había construído diez años atrás porque habían salido unas grietas en algunos de los pisos. Estaba haciendo un recorrido por la relación de apartamentos afectadosque me había dado el administrador va ver los desperfectos.Llevaba varias horas de trabajo cuando fui testigo de una de las escenas más excitantes que he tenido en mi vida. Los vecinos estaban advertidos, con lo que la mayoría dejaron sus puertas abiertas a la espera de que yo pasara a sus viviendas.
En el sexto piso, empujé una puerta y entré pensando que nadie había. Estaba mirando techos paredes y me dirigía a una sala ampliamente iluminada cuando contemple a una muchacha semitumbada en un sofá. No podía ver su rostro completo, ausente tras el libro que estaba leyendo y que sostenía a pulso con mano izquierda. Sólo sus labios frambuesa iluminados por la luz que la cercaba. Llevaba el pelo de reflejos cobrizos recogido informalmente con un bolígrafo y coronados por unos cascos conectados a un aparato de música. Tenía sólo puestas una caminsa blanca con los puños remangados y unas braguitas bajo las que se ocultaba su mano derecha. Tenía las desnudas piernas flexionadas.
Ajena a mi miraba jugueteaba con el vello público bajo la fina piel de las braguitas. Yo, extasiado por la visión, imaginé el dulce tacto de esa piel y sentí el viejo y conocido calor de mi entrepierna. Ella seguía jugueteando y pude ver el color rojizo que algunos pelillos que pugnaban por escapar por la línea blanca de sus braguitas. Su mano bajo un poco más y empezó a ascender y descender por su sexo oculto. Yo veía el bulto de su mano subiendo y bajandopor lo que debía ser una rajita deliciosa. Seacariciaba con los cuatro dedos extendidos. Arriba y abajo, arriba y abajo. Se le escapó un suspiro. Sacó la mano de su dulce encierro para darla vuelta a la página. Se tumbó un poco más, dejando que su cabeza remosa entre los cojínes, abandonado el respaldo. Así pude ver su barbilla, los mismos labios de frambuesa entreabiertos y el perfil de su nariz de estatua griega.
Volvió a poner la mano donde estaba, pero separando aún más las piernas. Las braguitas, no muy prietas, dejaban ver el movimiento de su mano. Había separado los dedos y los lados del elástico salían de vez en vez los dedos húmedos. Imaginé que el dedo corazón estaba en pleno clítoris. Sus movimientos eran rápidos y demostraba un antiguo conocimiento de su cuerpo. Suspiraba bajito mientras sus dedos continuaban apareciendo y desapeciendo entre la tibieza del ya húmedo tejido de algodón. Giró la cabeza en sentido contrario a mi mirada y dejó el libro en el suelo. Avanzó la mano izquierda y separó el tejido de piel, dejando mayor libertad de movimientos a su mano derecha.
La amplitud de la caricia me dejó apreciar los labios de su sexo abierto, entre los que aparecían y desaparecían ahora los dedos índica y corazón. Me sentía excitado y avengozado de estar asistiendo a una escena privada a la que no había sido invitado, pero algo me mantenía clavado ante aquella visión celestial. Con la mano izquierda deslizó las braguitas hasta sacar de ella una de sus hermosas piernas. Su sexo quedó completamente al descubierto. El vello era, como su cabello, cobrizo. Su aberturaera ahora como un delicioso ojal por el que sedes lizaban unos dedos hábiles, un ojal completamente nacarado. La muchacha empezó a contraerse. Jadeaba. Por fin, se derramó entera. Y yo abandoné en silencio mi puesto de observador clandestino bajo el eco del último suspiro.
Nathalie
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