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En el verano del 95 una amiga y yo fuimos de vacaciones a Marbella. Una noche fuimos a una discoteca con la intención descarada de echar una canita al aire y ponerles unos sanos cuernos a los novios que habíamos dejado en Madrid.Nos vestimos para matar y nos pusimos en un lugar con una iluminación tan sugerente que al poco de llegar ya éramos objeto de todas las miradas masculinas. Mi amiga se ligó a un cachas de win surf y haciéndome un guiño me dejó sola. No soy mujer a la que corte estar sola, pero estar expuesta así las miradas, me hizo retraerme un poco. Me eché un whisky al coleto para darme ánimos.Me estaba acomodando en mi taburete, subiendo un poquito más mi diminuta falda, cuando un tipo alto me hizo una seña. Era moreno, de ojos oscuros, corpulento, de labios gruesos que podrían haber sido groseros de no ser porque el tipo tenía muy buena facha e iba mejor vestido. No le rechacé. Cuando se acercó a mí me ofreció, en inglés, una fuerte suma de dinero. ¡Me había tomado por una puta! Sólo lo pensé un momento. Me divertía la idea, así que acepté.
Salí con él del local y me encontré con que le estaban esperando sus mujeres. Se trataba de un árabe, de esos que van siempre seguidos por mil mujeres veladas y otras sin velar. Ninguna protestó porque yo, una rubia a medio vestir según su criterio, me sumara a la comitiva. Subimos en una despapanante limusina descapotable y nos dirigimos a un hotelito que parecía un pequeño palacio de la Mil y una noches.
Parte de las mujeres se dirigieron a sus habitaciones y el hombre escogió a dos para que nos acompañaran a él y a mí a su dormitorio de amo y señor. Cuando empezaron a quitarse los velos me dí cuenta de que eran muy hermosas. Pieles aceituna, ojos negros, largas cabelleras de sedoso pelo negro como el ala del cuervo. Cayeron más velos y ante mía parecieron dos criaturas desnudas y hermosas. De estrechas cinturas y anchas caderas. Sin una imperfección en sus pieles brillantes y lisas. Pechos grandes y llenos. Dudé un momento. Me preguntaba qué querría de mí, una supuesta prostituta, aquel hombre que tenía a su disposición a esas dos mujeres tan bellas como deseables.
El hombre me ordenó que me desnudara. Mi breve vestido cayó al suelo y el hombre me miró satisfecho de la adquisición que había hecho. A él le desnudaron con ternura las dos mujeres. Le quitaban prendas a la vez que le colmaban de besos. El hombre se tumbó en la cama, con la cabeza apoyada en la almohada y los cojines. Las dos mujeres me cogieron de las manos y me acercaron al lecho y me pusieron de rodillas sobre los pies de la misma. Ante los ojos entornados del hombre, ambas empezaron a acariciarme y a besarme por todo el cuerpo. El hombre mantenía sus manos ocupadas chupando y aventando una pipa unída a un fumadero enorme que se apoyaba en el suelo.
Las caricias de las dos mujeres, tan suaves y expertas, fueron excitándome. La visión que tenía delante provocó en el hombre una fuerte erección sin siquiera tocarse. A un gesto de él, las mujeres me giraron y me izaron. Me hicieron colocarme a cuatro patas en sintido contrario a la cabeza del hombre. Con suavidad bajaron mis caderas hasta que mi sexo quedó sobre el falo. Fueron ellas las que fueron empujándome hasta que el sexo del hombre quedó totalmente metido en el mío. Luego estiraron mis piernas, de modo que mis pies quedaban a los lados de la cabeza del hombre. Entonces ellas flexionaron 90 grados mis rodillas y desde ellas presionaron de modo que mi sexo quedó completamente abierto y encajado en el enorme falo. Yo tenía la cara pegada a la suave colcha. A los dos lados se situaron las dos mujeres, de manera que el hombre podía acariciar sus sexos con las manos.
Ellas movían mis piernas para que mi sexo se moviera sobre el falo. El hombre pasó una pierna por encima demi cintura y la otra entre mis piernas, de modo que estaba prisionera de su abrazo. Los gemidos de las dos gacelas, los movimientos tozudos del falo en mi vagina frotando mi clítoris erecto y los gruñidos del hombre me produjeron uno de los orgasmos más largos, más profundos, más serenos y más plenos que he tenido en mi vida. Cuando todos estuvimos satistechos, el hombre me pagó lo convenido y y abandoné el palacio. Sin una pizca de mala conciencia.
Nathalie
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