Las Nueve en punto
 
-¿Irina?

-Si - como siempre, su voz me hace salivar como al perro de Paulov

-¿Qué llevas puesto?

- Una camisola de franela

- Ya - guarda silencio y en unos segundos oigo como su respiración se agita y los inconfundibles gimidos del orgasmo. Cuando se repone pregunta:

- ¿Qué tenemos hoy?

Irina es mi nombre en clave para hablar con El. Oficialmente soy traductora de inglés, pero hace años la patria me pidió que hiciera ciertos trabajos. El es mi jefe. Me llama puntualmente a las nueve. Para esa hora ya estoy erotizada y esperando su voz. El día que no llama siento un desasosiego que no logro calmar hasta que hablo con El al día siguiente o al cabo de dos días.

Cuando acabo de hablar con EL, al que nunca he visto, suelo tumbarme en la cama y masturbarme pensando en cómo será, cómo me haría el amor. Poniéndole rostro y cuerpo a una voz que me tiene del todo subyugada.

Al principio, nuestras conversaciones eran estrictamente informativas." ¿Qué tienes? Pues ésto o lo otro. Gracias, Irina y adiós". Pero llegó un día en el que él traspasó la frontera:

-Hoy estabas muy guapa - y yo, alarmada, hice repaso de cuantos hombres había visto en el día y luchaba contra reloj por identificar la percha que correspondía a esa voz de todas las noches a las nueve.

- No te esfuerces - se adelantó - nunca sabrás quien  soy-

-Claro

- Bueno, ¿qué has conseguido hoy para mí? Y yo le dí el parte sintiendo la humedad que empezada a mojar mis braguitas. Mientras hablaba no pude evitar llevar mi mano a mi pecho izquierdo y comenzar a repasar la aureola de mi pezón con el dedo. Una y otra vez, siguiendo la cadencia de su voz profunda.

- ¿Eso es todo? - me dijo dando por terminada la conversación.

- Eso es todo, camarada - le dije mientras mis yemas mimaban el pezón erecto.

Colgó y yo me quedé con el auricular en la mano. Con la mano libre bajé hasta la goma de mis braguitas y llegué al clítoris, duro, erecto como un pequeño pene. Al acariciármelo pensé en El, en su voz, en su presencia cerca de mí sin que yo supiera quien era.

Pasó un tiempo sin que avanzara mi reloj mental. Abandoné el cuarto donde estaba, la silla y el teléfono y me sumí en la delicia de un orgasmo íntimo, privado. Me corrí cuando pude imaginar que me hacía el amor un hombre sin rostro, un hombre que con esa voz que tan bien conocía , me decía "déjate llevar, Irina". Poco a poco empecé a tener la costumbrede acariciarme mientras hablaba con él. Poco antes de las nueve estaba ya sentada en la silla, esperando, caliente y excitada. Acallaba la impaciencia recorriendo con mis manos la suavidad de mis piernas, mi vientre liso por una maternidad que nunca se ha producido, mis pechos pequeños y firmes, mi cuello largo y mis hombros sedosos.

- Seguro que estás preciosa - me dice cuando descuelgo "daría cualquier cosa por poder tocarte, Irina".

Como la mayoría de los mortales acabé casándome. Nunca he hablado de El con mi marido, pero él sabe que todos más o menos hacemos algún servicio para la patria. Sabe que a las nueve me siento ante el teléfono. El nunca entra. Cuando voy dormitorio, mi marido calla y creo que sabe que cuando hacemos con más furia el amor es que no dejo de pensar ni un minuto en la voz anónima de las nueve de la noche.
 
 

Nathalie

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