|
|
Algunas mañanas, cuando mis amos todavía duermen, y yo tengo que ocuparme de limpiar las porquerías y arreglar los destrozos de los desmanes de la noche anterior, me pregunto si merece la pena vivir esta vida que me ha tocado. Os diré que no tengo nombre ni sé cuanto tiempo hace que nací. Me trajeron muy niño a Roma. Tengo oído que procedo de un lugar maravilloso, situado entre una de las cataratas del sagrado Nilo y el Mar Rojo. De la Nubia. Soy negro como la noche y mis amos me tratan como si no existiera. Hasta tal extremo llega la consideración que me tienen en esta casa, que mi ama, la bella Tita Pompeya, hace su aseo, se baña y recibe a sus amantes delante de mí, como si yo no estuviera o no tuviera ojos en la cara.Tengo una cierta formación porque de niño asistía, espantando moscas pero aprestando el oído, a las clases que un maestro daba a los pequeños Cayo y Alpurnia, hermanos menores del amo. Ahora los niños han crecido y el amo está en el círculo de los más apreciados por el César. El emperador viene a esta casa como invitado de honor a las fiestas cuando se encuentra en Roma. En esos días, las cocinas parecen un mercado por la actividad que hay en ellas. Las mejores viandas, los más añejos vinos, las golosinas más preciadas de todos los puntos del imperio son preparadas y servidas con el mayor esmero.
En esos días de fiesta, mi amo contrata bailarines y gentes de teatro para que entretengan a los invitados. Mi misión en esas noches de desenfreno es permanecer cerca de mi ama y hacer que sus deseos se cumplan al instante. Nunca puede faltar vino en una copa, ni fruta en un plato, ni cojines en los triclinios donde los agasajados se recuestan. Y si a un invitado se le antoja una bailarina, soy el encargado de, sea como sea, traérsela. Si otro vomita en la misma mesa, yo doy orden de que levanten inmediatamente los manteles. Si mi ama desea que venga versos, yo, su esclavo sin nombre, sin voz, ni memoria, debo correr a por el poeta.
Hubo un día en el que, tras varias horas de atracarse a comida y libar jarras y jarras como si tuvieran toda la sed del mundo, una vez que las danzas y los juegos de malabares habían concluído, y los invitados se encontraban en el punto justo entre el sueño y el aburrimiento, mi amo tuvo la idea de hacer un juego: las damas debían someter sus senos a la consideración de César y, árbitro inapelable, el amado emperador podría disponer a su antojo de los mejores senos de la fiesta.
Las damas accedieron gustosas y los maridos de ningún modo podían negarse a una propuesta del anfitrión de aquella espléndida cena. Procedieron con entusiasmo matronas, jóvenes esposas y hasta doncellas solteras a despojarse de la parte superior de sus túnicas. Ante mi mirada hierática y la mirada lasciva de todos los presentes, quedaron al descubierto senos de todas las formas y tamaños. Senos llenos y grávidos; senos puntiagudos y desafiantes; senos como de muchacho pero coronados con deliciosas pezones como moras, bayas o fresas; senos tan prietos que parecían querer empujarse el uno al otro en su mismo centro; senos en forma de pera; senos como copas, senos redondos... En fin, yo mismo, educado para no mover un músculo de la cara, no pude evitar una erección bajo mi breve taparrabos. César, complacido, se puso en pie y fue repasando triclinium por triclinium el par de frutos más apetecibles de esa peculiar huerta.
Las damas, de encendidas mejillas, se incorporaban al paso del árbitro. Unas levantaban los brazos para provocar un ligero balanceo de sus pechos, otras apoyaban los codos en su asiento para mostrar en toda su magneficiencia de su belleza. Las menos favorecidas por la naturaleza o la edad, adoptaban las posturas más tentadoras para el exámen. Y otras, seguras de su encanto, permanecieron tumbadas mostrando las dunas que coronaban sus cuerpos. César aprobaba con la cabeza, o bien sopesaba.
En ocasiones, el emperador pasaba sus manos para apreciar la firmeza de un cortorno. Otras, daba pequeños tironcitos de unos pezones o acercaba a ellos un vaso helado para ponerlos erectos. Los varones aplaudían. En el fondo, todos deseaban que su esposa o su hija fuera la elegida por el juicio del César. Tras mucho cavilar, mirar y tocar, César decidió que las mejores tetas de la fiesta eran las de mi ama, la hermosa Tita Pompeya, mucho más joven que el amo y a que la diosa fortuna no ha favorecido dándole hijos. Tita no tuvo que cambiar de sitio. Dueña de su casa, echó al amo del triclinio y dejó sitio para César, que ya ocupaba ese sitio antes de levantarse para pasar revista a las tetas.. Yo, espectador privilegiado por tener que estar de pie detrás de mi ama, pude ver lo que el dueño del mundo hacía con aquellos senos privilegiados.
Nathalie
Volver al Indice de Nathalie