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LA ORGIACésar se sentó junto a Tita Pompeya y comenzó jugando a que los pechos de mi ama eran las pelotas con las que los malabaristas hacen sus lanzamientos de tres naranjas sin que ninguno de los tres cayera al suelo. Los senos de mi ama empezaron a rebotar delicisamente sobre las manos del César. Los asistentes manifestaban su contento y yo notaba que mi ama emitía pequeños suspiros mientras dejaba, sentada con las manos apoyadas en el diván y los brazos rectos, que el emperedor siguiera jugando a dar pequeños golpecitos elevadores en sus senos.
Después César pidió el mejor vino especiado de la casa. Cuando trajeron la jarra, desde la base misma del blanco cuello derramó una pequeña parte del preciso líquido. El caldo se deslizó por los pechos hasta detenerse en los rosados pezones y entre ellos, formando un reguero que fue recorriendo su vientre liso. César pidió al hombre más anciano de la reunión que bebiera esa ambrosia. Y el senador Truculcio se acercó jactancioso donde yacía la bella mojada. El anciano senador bebió el hueco del cuello, lamió el líquido deteniéndose primero en un pecho y después en otro. Demorándose en cada uno de los pezones, que se iban endureciendo a ojos vistas.
Después, el venerable pasó lengua por ese espacio delicioso del que nacían ambos pechos, bajando por el canal que había en medio y chupando el reguero que el vino había dejado en el hermoso cuerpo. César, con la mano, detuvo la cabeza del anciano cuando éste trataba de introducirla bajo la tela de la túnica arrugada en la cintura.
Cuando los ojos de los invitados ya brillaban y las respiraciones de las mujeres se aceleraban, César propuso que el muchacho más joven de la fiesta gozara de esos pechos como si fueran un sexo. Se levantó el sobrino de mi amo, un jovenzuelo de trece años, cejijunto y nada inocente y, sin apuro ninguno, sacó su larga verga de la abertura de su corta túnica.
César fue el encargado de sujetar los senos de mi ama, pues el jóven tenía prohibido tocarlos con las manos. Sólo podía usarlos con su sexo. Mientras el joven grunujiento depositaba su verga en el dulce lugar, mi ama echaba la cabeza hacia atrás y dejó que el emperador frotara, apretara, subiera y bajara, uniera y separara ambas bellezas. Poco experto era el joven, porque en muy poco tiempo se corrió, salpicando con su semen el cuello, los hombros y el rostro de mi ama y provocando la desaprobación del público y del propio César, que estaba disfrutando de tener en sus manos tan maleable contenido. Antes de que ella me lo pidiera, llamé yo a una esclava para que limpiara a mi ama los restos de aquella tonta corrida. Una vez aseada, Tita Pompeya se puso de nuevo a disposición de César, deseosa de participar en un nuevo juego.
A esta alturas, los invitados ya habían empezado a buscar pareja con quien acariciarse. Una mano femenina pajeaba una polla, mientras que una boca masculina se perdía entre los pliegues de un sexo de mujer descubierto ya con descaro.
- Que venga Tulticia - rugió el amo.
Y presta vino el ama de cría que se ocupaba de la joven Alpurnia.
- No pretenderá quitarle la comida a tu sobrino - gritó un invitado
- Esta mujer tiene para más dos y más de tres - dijo mi señor situando ante él a la mujer, despojándole de una de las mangas de su túnica y dejando a la vista el seno más grande que yo en mi vida viera.
Cogió el amo aquella hermosura con las dos manos y aplicó los labios a aquel manantial de dulzuras. Bebió y bebió de aquella leche que debía ser como miel perfumada y yo mismo deseé beber también de aquello. Abandonó ese pecho y tomó el otro y bebió como sólo puede beber un niño o un hombre enloquecidos de celos y de deseo. Saciado, separó los labios de aquel pezón puntiagudo como un buen porrón de Hispalis. Aún así presionó con los dedos aquel cántaro y un chorro manó, como el caño de una fuente, depositando su dulce líquido en la boca abierta de mi amo.
Otros invitados quisieron beber la ambrosía y mi amo los puso en fila, dejándoles catar, sólo una pequeña parte de aquella delicia propia del olimpo de los dioses conquistados. Entretanto, el emperador se afanaba con los pechos de mi ama, con los que él mismo jugaba. Los besaba y los acariciaba.
- Quiero ver cómo se mueven cuando te follan -oí murmurar al gran hombre.
Mi ama miró a los invitados y comprendió que todos estaban en ese momento demasiado ocupados. Todos los invitados estaban enredados en parejas, en tríos, lamiendo, metiendo y sacando, acariciando, frotando. El salón era un caos de suspiros, gruñidos, jadeos y grititos. Mi ama se volvió hacia mi y me miró.
Me bastó esa mirada. Me despojé de mi taparrabos, que a duras penas aguantaba ya mi erección, y me situé ante el mullido asiento. Mi ama se tumbó, apoyando su cabeza sobre los brazos levantados. Sus pezones tirantes me miraban como un desafío. Despacio, muy despacio fuí subiendo con mis manos la fina tela de su túnica. Mi grandes manos acariciaron sus piernas, apreciando la fina fina fiel en la que acababan muslos. La suavidad de la piel de la cara interna de sus piernas. La humedad de su vello empapado. Abrió las piernas e izó las caderas. La tomé de la cintura, estrecha como el cuello de un cisne, e introduje mi polla prodigiosa en esa cueva suave, tantas veces soñada, imaginada, deseada. La levanté por las nalgas para facilitar una penetración que se veía dificultada por el gran tamaño de mi verga. Yo, de rodillas y ella, aferrada al respaldo del triclinio, con las caderas levantadas hasta el infinito.
Empecé a joder, acelerando cada embestida, cada vez más fuerte, cada vez más rápido. Y los pechos de ella comenzaron a moverse como locos, como dos tartas de gelatina que nunca se quebrara. "Rápido, rápido", ordenó César y aumenté mi ritmo. Y los pechos de ella eran dos caballos desbocados por una fuerza que no controlaba. A duras penas sus caderas ague antaban mis envites. Gritaba, gemía, movía la cabeza de un lado a otro, se tensaba toda. Con su agudo grito, comprendí que había llegado su climax. Pero César no le iba a permitir acabar ya. "Más rápido, estúpido", y yo, transpirando como nunca, movimiéndome de dentro a fuera y de arriba a abajo, y de izquierda a derecha, apretando los glúteos, girando sin pausa mi cintura, metiendo mi verga sobreexcitada hasta el fondo de las entrañas de mi ama, permanecí así un tiempo que me pareció infinito.
Mi ama se convulsionaba, se contraía, parecía que le faltara el aire, pedía a César que me parara. Y César, haciéndose furiosamente una paja, dejó que mi ama se moviera impulsada por mi polla hasta quedar totalmente extenuada. Cuando la ví desmayada, corrí como un loco a buscar agua, sales, cualquier cosa. Mi ama, mi amada. Volvía ya con el sanador cuando vi a mi ama recuperada, bebiendo sonriente de una copa que le ofrecía el César. Miré a mi alrededor y sólo ví un montón de cuerpos desnudos, agotados o dormidos. Y, todavía mi erección, lloré hacia dentro. Mañana sería de nuevo el esclavo invisible, la sombra silente de mi ama adorada.
Nathalie
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