|
|
Estábamos en Aire. Llevaba toda la noche acercándome a él, iniciando pequeñas conversaciones abocadas al fracaso dado su poco gusto por la charla. Ya no sabía que hacer, sentía que el deseo se me escapaba por los poros, pero él se mantenía frío, no respondía a mis acercamientos, a mis caricias disimuladas, a mis susurros en su oreja, más largo el tiempo en que me acercaba a su mejilla de lo debido.Decidí darme por vencida. Hubiera dado todo por tenerle aquella noche pero me rechazaba de plano. Me bebí de un trago el ron con limón y me crucé de brazos con cara de disgusto. De repente se hizo el silencio y empezaron los acordes de una maravillosa canción que había bailado miles de veces sola, desnuda, frente al espejo, imaginándome como la bailaría para él.
Le di mi bolso y mi abrigo y me fui al centro de la pista. Empecé a contonearme con los ojos cerrados, a acariciarme y a ondularme como una gata en celo. Pronto me di cuenta que estaba llamando la atención.
Me sobresaltó un brazo apoyado en mi hombro. Abrí los ojos y vi la pequeña cara de una belleza rubia. Empezamos a bailar juntas, acercándonos cada vez más, rozándonos los pezones en cada movimiento. Puse las manos en sus caderas y la atraje hacia mí. Llevaba una falda muy fina que apenas le cubría un culo rotundo. La acaricié por encima de la tela. Me di cuenta de que me estaba excitando profundamente bailar con aquella desconocida. La miré a los ojos y pude leer el deseo en los suyos.
Con mis dos pulgares le acaricié durante un momento los pezones, echó la cabeza hacia atrás y se dio por completo. Comencé a pasar mi lengua por su cuello hasta llegar a la barbilla. Levanté los ojos y le vi mirándonos. Estaba literalmente boquiabierto, el cigarrillo consumiéndose en sus dedos, sus ojos clavados en los míos.
Le pasé un dedo por los labios y la besé, la besé como solo yo sabía hacerlo y noté como algo se desató en su interior. Empezó a cogerme con fuerza de los brazos y a doblarse hacia atrás aguantándose en mi. Le pasé la mano desde la barbilla hasta el centro de su pecho. La agarré fuertemente el culo de alabastro y me lancé con lengua juguetona en su escote.
Cambió la música, la incorporé y la empujé hasta una pared, allí, empecé a apretarla y sentí como mis manos se escapaban a mi control. Le recorrí los muslos, las caderas, los pechos. Llevaba un piercing en el ombligo. Me agaché y se lo lamí con toda la pasión que cabía en mi lengua.
Abrí los ojos y vi unas rodillas en unos pantalones vaqueros. Era él y estaba allí, parado junto a nosotras, con una cara en la que se confundía el disgusto con el asombro, con la vergüenza.
Me cogió por el brazo y me levantó. Me sacó del local sin dejarme despedirme de aquella desconocida que nos siguió hasta la puerta y le suplicó que no me llevara. Él hizo caso omiso y siguió cogiéndome del brazo y llevándome a carreras cuatro o cinco calles más allá.
Finalmente se cansó. Me soltó del brazo y suspiró profundamente. Se volvió hacia mi y me miró a los ojos. Yo no decía nada, no sabía que decir, sabía que él estaba enfadado pero no entendía porqué, había estado toda la noche rechazándome.
Abrió la boca para decirme algo pero la volvió a cerrar.
Me cogió nuevamente del brazo y empezó a caminar de nuevo. Tras unos metros volvió a pararse y me colocó nuevamente frente a él. Volvió a abrir la boca para decirme algo y nuevamente la cerró. Nos miramos unos segundos y yo cerré los ojos.
Nos besamos, nos besamos tanto que se paró el mundo. Se murió el tráfico, se apagaron las luces, la tierra vibró y el cielo calló sobre nuestras cabezas.
Empezó a llover. Me estrechó más si cabe, entre sus brazos. Echamos a correr.
Barcelona se hizo cómplice. Se quitó el sombrero y nos regaló un chaparrón maravilloso.
Las gotas resbalaban por nuestras caras, nuestros cuellos. Entonces me di cuenta de que era la criatura más bella que había contemplado bajo el firmamento.
Llegamos al portal empapados hasta los huesos y muertos de risa.
La puerta del piso se abrió con un chirrido. Dentro solo se podían distinguir los pequeños objetos que iluminaba una pequeña vela.
Me empezó a desnudar en silencio y llevó toda la ropa al baño. Volvió vestido solo por unos boxers de raso negro.
Me miró bajo la luz de la vela. Cerró los ojos y ronroneó. Le besé en la frente.
En la cama, bajo las estrellas fluorescentes, no dejó un milímetro de mi cuerpo sin besar. Me acarició sin prisa los hombros, los trapecios, la columna... me acarició hasta dentro de la piel.Se tumbó encima de mí y me miró largamente, buceó dentro de mis pupilas y sonrió. Luego lo sentí, sin previo aviso, sin antelación, sin preguntar... me penetró y grité todo lo que pudieron mis pulmones. Apretó los ojos cerrados y empezó a mecerse dentro de mi interior. Sus manos enormes dibujaban círculos entre mis caderas y mis nalgas. Mis uñas perforaron la piel de sus hombros. Su cuerpo en el mío era la demostración de la máquina perfecta.
El ritmo se intensificó, él siguió con los ojos cerrados. Sus manos me apretaban con más fuerza. Yo no podía cerrar los ojos y veía su cabello negro, veía su ceño fruncido, su concentración, el placer a punto de atropellarle.
- Te quiero, grité.
Él gimió y se quedó tendido sobre mi. Tras unos minutos abrió los ojos y sonrió.
- Por fin, dijo.
Lince
![]()
Volver al indice de Lince