Fuera borda (II)
 

No hubo más remedio que tocar puerto en Formentera porque Juan, que se había quedado dormido en cubierta a las dos de la tarde, cogió una insolación bastante considerable. El patrón del barco se ofreció a acompañarme a buscar una farmacia en la isla, porque los antitérmicos que había en el botiquín podían ser insuficientes, dado el fiebrón de mi marido.

Una vez en puerto, preguntamos. El hombre, silencioso como siempre, me acompañó a comprarlos medicamentos y luego nos dirigimos a un mercado para adquirir provisiones. El hombre iba cogiendo las bolsas con los productos que yo iba comprando y me seguía como un guardaespaldas callado y seguro. Pasadas un par de horas volvimos al barco. Juan yacía en el camarote en estado lamentable. Rojo como un pimiento morrón y una calentura que tardaría horas en bajar. Le entregué los periódicos que había comprado para él. Entonces, me propuso que me fuera a dar una vuelta por la isla, que yo no conocía, para que no me aburriera. Accedí de mala gana. Se empeño en que me acompañara el patrón del barco.

De nuevo en tierra, una mujer muy amable nos indicó un sitio que merecía la pena visitar. Cogimos un autobús y nos dirigimos a la parte alta de la isla. El patrón cortaba cualquier conato de conversación que yo quisiera iniciar. Aún así, yo estaba inquieta por la certeza de que había presenciado escenas dignas del mejor kamasutra entre mi marido y yo. Y la certeza de que le había gustado, y mucho, mirar. No me defraudó la vista completa de la isla desde aquel lugar. Aguas verdes y azules, de una transparencia cristalina rodeando una estrecha franja de tierra. Respiré fuerte y deje que la belleza me embriagara. El hombre, a unos pasos de mí, guardaba, para variar, silencio. Ante mis comentarios admirativos del paisaje, se limitaba a asentir. Sentí calor y propuse buscar un sitio para tomar algo, a lo que contestó que era mejor regresar pronto al barco. Me empeñé y empecé a buscar algún lugar donde beber algo fresco.

En mi caminar, encontré un mercadillo. Sobre piezas de tela y mesas plegables hombres y mujeres de todas los colores ofrecían pulseras, collares, animalitos de artesanía, cuadros de arena coloreada, ropa, sombreros, souvenir y otra quincalla. Mi silencioso acompañante se impacientaba ante mi empeño en pararme, tocar las cosas, preguntar los precios. Me regodeé haciéndole esperar. Sabía que le estaba fastidiando y seguí haciéndolo a conciencia, sin saber muy bien por qué. En una especie de barracón de madera había expuestos unos vestidos blancos, vaporosos y largos que, ya desde lejos, me gustaron. El hombre me siguió apretando los puños. El vendedor de los vestidos era un hombre de color, alto fornido y simpático. Me mostró los más bonitos y me propuso probármelos. Mirando a los ojos al capitán del barco, entré en una estrecha habitación para ponerme los trajes. No había espejo, así que salí en busca de uno con el primer vestido puesto. Era de una suave muselina, con tirantitos y rematada con unas deliciosas piezas de encaje hecho a mano.

El vendedor me indicó el espejo. Me ví realmente bonita. Mis pechos llenos, sin sujetador, se marcaban en todo su esplendor bajo la fina tela, las caderas se insinuaban y me cubría hasta los pies descalzos. "Belísima", me dijo el vendedor que hablaba italiano. Eché un vistazo al hombre callado y le ví desviar la mirada hacia otro lado. Me puse el segundo. Era aún más descarado. Una larga abertura, dejaba bien visible mi pierna izquierda casi desde la cintura, de modo que sólo se podía llevar sin braguitas. Me las quité sin pensar en el vendedor que sonreía ante la posibilidad de una venta. Me giré y con mi movimiento, la curva de mi trasero fue perfectamente visible. Otro giro y el breve vello de mi pubis quedó expuesto unos segundos. Me encantaba. El patrón reprobaba mi actitud con la mirada. Pero nada podía pararme ahora.

Me puse otro que tenía un escote en pico que acaba en la cintura misma. Mis pechos bronceados aparecían como dos frutos que se ofrecen para calmar cualquier sed. El vendedor, que se tornó más osado ante mi falta de pudor, se atrevió a separar levemente de mi cuello las tiras de tela del vestido, de manera que mis pezones quedaron parcialmente al descubierto, erectos, desafiantes. El vendedor dió un paso más y, con cautela, me pasó la mano por el seno. Su contacto me gustó. En vista de que yo no le rechacé, fue más allá y con las dos manos me tomó los pechos. Estabamos en parte cubiertos por los percheros de los que colgaban los vestidos. La única vista posible desde el exterior, era un estrecho pasillo en el que se situaba el patrón del barco. Mirándole con desafío, puse las manos en mi cintura echando los codos hacia atrás, de modo de dejaba mis pechos a merced del vendedor, que se afanaba en acarciarme y jugar con mis pezones inhiestos. De un tirón, el hombre deslizó la tela por mis hombros y mi torso quedó desnudo. El vendedor me tomó por la cintura y empezó a mordisquearme el lóbulo de la oreja. Yo me excito. La sensación de tener cerca a ese hombre irritado viendo como dejaba mi cuerpo en manos de un desconocido, me incitó a traspasar la frontera. El vendedor desprendió la tela de la cintura y el vestido cayó a mis pies, quedando como espuma blanca y yo me sentí desnuda, como afrodita. Mi cuerpo reflejado en el espejo, parecía blanco al lado de aquel cuerpo negro que se desnudaba a toda prisa.

El contraste de nuestras pieles me dió un morbo mayor. El vendedor tenía una verga enorme, la más grande que yo había visto en mi vida. Le llegaba a la rodilla. En un cajón buscó un paquete de preservativos. Se calzó uno que no le cubría la totalidad del enorme miembro. Mientras el vendedor se preparaba, yo, con los brazos en jarras, estaba provocando con mi desnudez a aquel hombre que tanto miraba, pero que no actuaba. El patrón del barco me miró con desprecio y optó por darme la espalda, impidiendo así que nadie entrara en la tienda. El vendedor me acarició el culo en forma de corazón haciendo círculos, pasó su mano cálida por mi vientre y comprobó la humedad de mi entrepierna. Me obligó a poner las manos en una mesa y me metió su enorme verga por detrás. A través del espejo pude ver que el hombre renunciaba a meterla entera. Con su mano, controlaba la entrada de aquel impresionante vergajo.

Me excitaba la visión de aquel rabo negro metido hasta la mitad en mi vagina. El vendedor follaba divinamente, con un ritmo y conocimiento del medio extraordinario. Con la mano libre me apretaba alternativamente los dos pechos. Miré hacia la puerta y ví al patrón que no podía remediar dar una ojeada de vez en cuando. Me saqué aquello con la mano y me dio la vuelta. Me abrí de piernas todo lo que pude, apoyando el culo sobre la mesa. El negro entró a matar. Con un movimiento de mis manos le indiqué que apretara, que entrara más dentro. El hombre apoya todo el peso de su  cuerpo en su verga insólita. Me penetró hasta el fondo. Noté como si hubiera abierto un canal interno que desde siempre hubiera permanecido cerrado. Me dolió, pero no aparté a aquel hombre.

Quería saber más, sentir más. El hombre entró y salió de lo más profundo de mí y la sensación dolorosa fue cediendo hasta alcanzar un placer desconocido. Me corrí y el vendedor se vació dentro de su preservativo. Cuando pude levantarme y mirar el patrón del barco, me di cuenta de que se estremecía, mientras que de su miembro, que sujetaba con su mano trémula, salía semen a borbotones. Con la mano izquierda se apoyaba, como un borracho, sobre el quicio de la puerta. Volvimos al barco en silencio, con una bolsa llena de vestidos que el vendedor me había regalado. Cuando Juan preguntó que qué tal el paseo, el patrón contestó :

-A las mujeres, ya se sabe, les vuelve locas ir de compras

Aquella misma tarde dejamos la isla y continuamos nuestro viaje
 

Nathalie

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