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Solo conseguía ver pasillos oscuros, apenas iluminados por una tenue luz roja que salía de unos focos dispuestos aquí y allá. La verdad es que para ser un club recién inaugurado era bastante siniestro, pero bueno, allí estaba yo un sábado por la noche en el que no tenía ningún plan aprovechando una invitación VIP caída del cielo.El sonido de una canción que parecía jazz llegó hasta mis oídos y apreté el paso. Una puerta negra me dio acceso a una sala llena de espejos en techo, paredes y suelo. Aquello me gustó, adoro los espejos y aproveché para asegurarme de que mi carísimo e hiperceñido vestido de terciopelo negro estaba en su sitio, y que mis traviesos pechos no se habían salido del vertiginoso escote, ya que, la ropa interior se había quedado en mi mesilla de noche.
Disimulada tras un espejo había otra puerta. Al abrirla me llegó una explosión de luz, color y música. La puerta se cerró detrás de mi como por arte de magia y me quedé con la boca abierta disfrutando de aquel embriagador espectáculo: bellísimas mujeres bailando en jaulas suspendidas de un altísimo techo, camareros que parecían sacados de la película Studio 54 y un público tremendamente atractivo. Por unos momentos creí que me había equivocado de fiesta y me había metido en un sarao privado de alguna agencia de modelos. La sala estaba atiborrada, no cabía un alfiler.
Lo cierto es que me sentía como un patito feo. Estar entre mujeres guapas siempre me ha inquietado, supongo que por mi instinto de lucha y por lo mucho que me gustan los hombres. Me estimula la situación de ver una mujer más guapa que yo hablando con el hombre al que deseo y jugar con la posibilidad de que me quede sin mi pedazo de pastel. A medida que iba pensando en todo esto empezaron a desaparecer las mujeres de la sala, sólo quedaron las que bailaban en las alturas. "Demasiado lejos de mis presas" pensé con malicia.
Fui contoneándome hasta el centro de la pista, mientras comenzaba a sonar "Blue ligth til dawn" de Cassandra Wilson que era exactamente la canción que yo quería escuchar. En seguida todos se pusieron a bailar a mi lado. Podía sentir el calor de sus cuerpos y oler sus perfumes. Estaba en la gloria disfrutando como nunca de la compañía masculina y me dejé llevar.
De pronto, como en un dulce espejismo, sentado en un taburete junto a la barra, estaba él. No me lo podía creer, quizá las luces me estaban jugando una mala pasada. Era el hombre por el que llevaba suspirando más de un año, el dueño de mis sueños más locos y dulces. Allí estaba, maravilloso con su impecable traje negro, chaleco a juego, camisa blanca, sin corbata, y un descuidado mechón despeinado sobre su frente.
Sonriéndome, alzó su copa y con un leve movimiento de cabeza me invitó a acompañarlo. Estaba bebiendo cava helado y el camarero solícitamente me sirvió una copa también. Luego nos obsequio con una fuente de jugosas fresas. El camarero, de tanto en tanto, nos miraba y me guiñaba un ojo, e incluso se atrevió a susurrarme “que lo disfrutes” mientras llenaba mi copa. Era evidente que se sentía, al igual que yo, atraído por él.
El tiempo pareció detenerse. Con un amable gesto me tomó de la mano y salimos a bailar. No me imaginaba que fuese un excelente bailarín. Su cuerpo se acoplaba perfectamente a mis movimientos y a las evoluciones de la música, era puro ritmo. Cuando me tomaba por la cintura y me acercaba a él podía percibir sus poderosos pectorales tras el breve tejido de su camisa. Sus fuertes brazos me trataban como si yo fuera mantequilla a punto de derretirse, algo en mi vientre comenzó a palpitar.
Bailábamos enlazados, suavemente sus labios buscaron mi cuello. Al sentir el calor de su respiración sobre mi piel sentí cómo mis pezones se endurecían violentamente, tenía la carne de gallina. Apoyé mi cabeza en su pecho y una intensa fragancia varonil nubló mis sentidos. Quería desmayarme, no mejor no, quería ser suya, allí mismo, fundirme en un único ser con él y que no se acabara nunca.
Me besaba en el cuello, me daba pequeños mordisquitos en el lóbulo de la oreja que me estaban poniendo a mil, mientras sus manos recorrían mi columna vertebral como si fueran las cuerdas de una imaginaria arpa. Me sentía segura, única entre toda la humanidad y todo por las caricias de aquel hombre. Aún estuvimos bailando un rato más, sin cruzar palabra para no romper el hechizo del momento, luego volvimos a la barra y él pidió otra botella de cava bien frío.
El camarero me sonrió con gesto de cómplice envidia mientras llenaba nuestras copas. Estar tan cerca de él aceleraba mi respiración. El sube y baja de mi prominente escote llamó su atención y con su mirada acarició mis sugerentes y apetecibles formas. Con su mano rozó mi mejilla al mismo tiempo que me decía con una ternura que se me antojó infinita "eres...preciosa...y esta noche no quiero dejarte escapar".
Lentamente acercó su cara a la mía, sus labios rozaron quedamente los míos. Aquella sensación volvió a dispararse en mi interior mientras me entregaba a un apasionado y lujurioso beso. Nuestras lenguas se entrelazaron pero ninguno de los dos cerró los ojos, no queríamos perdernos ni un solo instante. Al abrazarnos pude sentir cómo todo su calor me inundaba. Noté como me atraía más y más hacia su cuerpo, esperando sin duda que me fundiera con su piel. También pude notar la sospechosa dureza que se ocultaba en su pantalón y que pugnaba por salir.
Tomándole de la mano casi lo arrastré hasta la sala de los espejos. Era una locura, su imagen se repetía una y mil veces. Me agarró por la nuca y me hizo sentar en el suelo junto a él. -¿Has leído “La insoportable levedad del ser”- me susurró al oído mientras no dejaba de acariciarme. Asentí en silencio mirándole a los ojos y adivinando que deseaba que hiciera lo mismo que Sabina, una de las protagonistas del libro: caminar desnuda sobre un espejo.
Excitada, me levanté y solté el cierre de mi vestido que se deslizó hasta enredarse en mi pies. Él recogió la prenda con cuidado y la olió intensamente. Comencé a caminar. Ambos podíamos ver cómo mi húmedo sexo era reflejado por el espejo del suelo. Le miré anhelante desde la otra esquina de la habitación y él sostuvo mi mirada mientras se desnudaba.
Su cuerpo era de una belleza salvaje, casi felina. Sus marcados músculos parecían esculpidos a capricho de un portentoso escultor e iban a ser para mi personal uso y disfrute. Su miembro erecto aparecía ante mí como una obscena invitación. Me abalancé sobre él, llevaba demasiado tiempo anhelando sus caricias. Tomándome por la cintura me levantó a la altura de su vientre y me penetró con un solo golpe de sus poderosos riñones. Su miembro se introdujo implacable en mi interior mientras yo rodeaba su cintura con mis piernas. El esfuerzo hizo que los músculos de su cuello se tensaran.
Apoyó mi espalda contra la pared de espejos que repetían nuestra imagen multiplicada. Era como ser penetrada por muchos hombres de una sola vez en una espectacular orgía. El frío contacto del espejo me excitó aún más y comenzamos a movernos acompasadamente, primero despacio, y luego más y más rápido. No dejaba de morderme dulcemente la barbilla impidiendo de esta forma que saboreara sus apetecibles labios, que pudiera besarlo, que pudiera adorarlo. Era su lujuriosa forma de atormentarme.
El orgasmo me llegó rotundo, eléctrico, no pude evitar arquear la espalda en un violento espasmo, mientras sentía cómo me llenaba de él. Nos deslizamos hasta el suelo exhaustos, su miembro ahora fláccido continuaba aún dentro de mí. Tiernamente me cubrió con su camisa. Apoyé mi cabeza sobre su todavía agitado pecho, cerré los ojos y me abandoné.
El despertador llevaba sonando por lo menos cinco minutos cuando conseguí abrir los ojos. Me costó desperezarme, me sentía agarrotada. Lentamente los recuerdos de aquel maravilloso sueño volvieron a mi memoria y comencé a sentirme bien, pero que muy bien, lo que me hizo ronronear como una gatita traviesa. Lástima que solo hubiera sido un húmedo y sensual sueño porque había sido maravilloso.
Mecánicamente fui al baño, abrí el grifo de la ducha y me situé frente al espejo para quitarme el camisón. La imagen que me devolvió el espejo me hizo tambalear y tuve que apoyarme en el lavabo. Allí estaba yo, en el baño de mi casa, únicamente vestida con una camisa blanca que reconocí al instante. "No puede ser", pensé "sólo ha sido un sueño ¿o no?".
Old Green y Lince
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