La Visita 
La  televisión llevaba días anunciándolo: la lluvia de estrellas que íbamos  a  presenciar  aquella  noche  sería  espectacular. La última del milenio  con  esas  características,  decían.  Teniendo  en  cuenta a que alturas de milenio nos encontramos aquel verano del 2001, más parecía una fanfarronada  que otra cosa, pero me había picado el gusanillo. Convencer a  mi  novia  para  que  me acompañara a verla no había sido muy difícil, convencer a su mama, un poquito más.

Laura,  con  dieciocho  años  recién  cumplidos,  se  apuntaba  a un bombardeo,  y  si el susodicho bombardeo se prometía lejos de su casa, de noche, a la luz de una lluvia de estrellas y en un lugar bien apartadito, más  aún. La madre de Laura, joven aún, pero afortunadamente (para Laura, no para mí) bastante más responsable que su hija, prefería bombardearme a mí  con  preguntas  sobre  donde,  cómo, con quién y hasta cuando duraría nuestra "escapada".

Al final, a regañadientes nos había dado su permiso, y en el momento en  el que Laura se tumbo a mi lado en la manta que había puesto sobre la hierba,  todo  aquel  interrogatorio  se  tornó  ya  muy lejano. La noche empezaba  a teñir de oscuridad todo el campo, y aunque también empezaba a refrescar  un poquito, al ser agosto, la temperatura no parecía que fuese a  bajar  de  veinte  grados. La temperatura exterior digo, porque la mía personal e intransferible empezaba a acercarse ya a los cincuenta.

La  diminuta  faldita de mi novia tenía mucha culpa de esto, pero la camiseta que dejaba al aire su pequeño ombliguito no le iba a la zaga. En saber  que  ponerse para ponernos a todos los chicos a cien, Laura es una maestra  consumada.  He  de  reconocer  que  más  de  una  vez he sentido auténticos  celos, cuando paseando con ella por la calle, me fijo en como la miran los otros chicos. De hecho, en una ocasión creí que acabaría por tener  que  pegarme  con  un tipo que le susurró algo al oído, aunque fue ella quién le mandó a paseo rápidamente.
 
Para arreglarlo, había apoyado "descuidadamente" su mano al tumbarse cerca de mi entrepierna. Una vocecilla dentro de mí comenzó a pedirme que me  abalanzase sobre ella, que me tumbase encima suyo, y que comenzase de una  vez  a comérmela a besos. No me dio mucho tiempo a atender a aquella voz,  porque  cuando  quise  darme cuenta era ella la que estaba sobre mí besándome como si se fuera a acabar el mundo.

No  sé cuanto rato llevábamos besándonos y acariciándonos, cuando de pronto, una cálida luz naranja nos cubrió por completo. Debí asustarme al principio,  pero no lo recuerdo. Lo primero que recuerdo es que comencé a escuchar  una  especie  de  zumbido  que  me  relajó enormemente, como si estuviese dormido, aunque aún permaneciese despierto.
 
De  pronto  me  vi de pies, con Laura a mi lado, situado frente a lo que  parecía  el objeto del que emanaba ese zumbido y esa luz. Me fije en ella  por  un  segundo,  y  también parecía muy relajada y despreocupada.

Luego, volví a mirar de nuevo al "lo que fuera" que tenía frente a mí.

Al  cabo  de  unos  segundos, pude observar como una figura, primero informe y extraña, se iba acercando directamente a nosotros dos, a medida que  tomaba  forma.  Se  paró  a escasos centímetros de ambos, y curiosa, comenzó a observarnos. Tenía un cuerpo alto y esbelto, sin muchas curvas, pero sí hermoso. No sé si era un hombre o una mujer, o mejor dicho, no sé si  era  macho  o  hembra,  porque desde luego, humano no era. Tenía unos enormes  ojos  negros  rasgados, una nariz diminuta, unas orejas bastante pequeñas también, y una boca con unos labios finos y pálidos.

La  luz, que continuaba brotando de detrás de la figura me impedía ver  con  más  detalles  su  anatomía, por lo que no puedo precisar mucho mejor  como  era.  Desde  luego,  lo  que sí tenía eran dos piernas y dos brazos,  nada de antenas o tentáculos. Y manos, también tenia manos. Unas manos finas y estilizadas con unos largos y finos dedos.

La  figura  permaneció unos instantes delante nuestro observándonos, curiosa  y  atentamente,  sin  moverse. Parecía que no sabía muy bien por cual  de los dos decidirse. Al final se movió un poco hacia mi izquierda, colocándose exactamente delante de Laura, y comenzó... a tocarla.

Primero, casi tímidamente, paso sus dedos por delante de su cara, de su  cuello,  de  su pelo... después, más decididamente, dirigió las manos hacia  sus pechos. Al principio apenas los rozaba, pero enseguida comenzó a  manosearlos con fuerza, cogiéndolos con sus largas manos, apretándolos y  soltándolos.  Al  principio  le  tocaba  a  través de su camisa, pero, enseguida,  curioso,  se  decidió  a  meter  las  manos  por dentro de la camisita,  y  entonces  solo pude ver como sus largos dedos se deslizaban por entre el pecho de mi novia y su camisa, subiendo y bajando, apretando y soltando.

Yo,  aunque  al principio no entendía nada, comencé sentir dentro de mí una profunda ira, empecé a acalorarme, y cuando vi como jugueteaba con sus  senos,  traté  de empujar a la figura, pero no pude. El zumbido, que hasta  ese  momento  me  había  mecido  suavemente,  se volvió en extremo violento,  hasta  el  punto  de  que  me vi obligado a tirarme al suelo y agacharme a causa el dolor.
 
Aquél dolor me hizo desistir de cualquier ataque contra la figura. A medida  que  me  iba tranquilizando, dentro de lo posible, el zumbido fue atenuándose de nuevo, y de nuevo pude reincorporarme. Estaba claro que no podría mover ni un solo músculo de mi cuerpo en defensa de Laura, lo cual me  hizo  sentirme  absolutamente  inútil. Tan solo podía contemplar como aquél diabólico ser, que había continuado a lo suyo como si nada mientras yo me caía al suelo de dolor, seguía aprovechándose de mi novia

Laura,   mientras  tanto,  parecía  ajena  a  toda  aquella  escena. Permanecía  de  pies  observando  tranquilamente  como  me  caía al suelo mientras era manoseada por aquel ser, como si mi dolor no fuera con ella. Estaba tan relajada como al principio, parecía dormida. Sin embargo no lo estaba,  cada  vez  se la veía más excitada, y lo que al principio no era más  que  una  respiración  profunda, pronto empezó a tornarse en oscuros suspiros, que se clavaban en mis oídos con una crueldad infinita.

La  figura  siguió  uno  o  dos  minutos  jugueteando  con  su pecho manoseándolo  pausada  y tranquilamente, sin parecer preocuparse por nada más  que por aquellos dos preciosos pechos. Ante ella, mi novia comenzaba a  dejarse  llevar  lentamente  hacia  los  lados,  como  si el viento la estuviese  meciendo  dentro  de  un sueño, ladeando su cabeza, como si le estuviesen dando un masaje en el cuello.

De pronto, la figura se paró. Sacó las manos de dentro de su camisa, y  se  las acercó complacido a la cara, dibujando una siniestra mueca que parecía una sonrisa.  Cuando vi la expresión de su cara estuve a punto de desfallecer   de  tanta  ira  acumulada  que  no  podía  expulsar...  que afortunado hubiera sido si en ese momento me hubiese desmayado, porque en ese  instante la figura apartó la mirada de sus manos, y volvió a dirigir sus largos dedos hacia el cuerpo de Laura.

Esta  vez,  dirigió  sus  manos  hacia  las  caderas  de mi novia, y comenzó,  lentamente,  a  subirle  la falda. A pesar de lo corta que ésta era, a mi se me hizo una eternidad, observando como sus largos dedos iban recogiendo  con asombrosa facilidad su faldita hasta dejar al descubierto unas sencillas braguitas blancas.

Yo  ya  no  podía  más.  Mi  corazón latía con una fuerza desbocada, mientras  yo  no  podía  mover  ni un solo músculo de mi cuerpo... o sí?.

Avergonzado,  note  como  uno  si se había movido... en ese momento me di cuenta  de  que  estaba completamente empalmado. De hecho, parecía que mi pene se iba a salir de los pantalones, lo cual me hizo enfadarme aún más, más con la figura, más conmigo mismo, por no poder hacer nada.

La  escena  no  duró  mucho.  Yo  a la derecha de Laura contemplando inmóvil  todo,  deseando huir, pero incapaz de abandonar a su suerte a mi novia.  Ella,  cara  a  cara frente a la figura, y ésta, que desde que se había  puesto  frente a Laura no había movido más que los brazos, con las manos  quietas, sujetando la falda de mi novia a la altura de su cintura.
 
De pronto, la figura comenzó a abrir lentamente la boca, muy lentamente.
 
De  ella  empezó  a  brotar  una  enorme  lengua roja, parecida a la nuestra,  aunque más cilíndrica, y la dirigió hacia las piernas de Laura, sin  dejar de mirarla a la cara. Cuando sintió el tacto de la piel de sus piernas  en  la  punta  de su lengua, comenzó a deslizarla lentamente por ellas. Desde la rodilla hasta los muslos, de arriba abajo, mojándolas con una especie de saliva viscosa.

Yo  cada  vez estaba más excitado, más furioso y más asqueado. Nunca había  sentido  tantas y tan dispares cosas a la vez. Traté de no fijarme en  nada, de olvidarme de todo, mirando la cara de Laura. Sus suspiros se habían  tornado  gemidos,  y por la expresión de su cara no parecía estar sufriendo  en absoluto. Sin embargo, en un momento, me pareció sentir que un espasmo recorría todo su cuerpo, reflejándose en su mirada ausente. No entendía  que  podía haberle pasado, hasta que, horrorizado, observé como aquella  enorme  lengua  se había introducido en su cuerpo a través de su vagina.

Fue  algo  horrible.  Asustado, vi como la lengua entraba y salía de ella,  a  veces  rápidamente  y  otras más lentamente. Mientras, ella, se movía  acompasadamente, moviendo la cabeza violentamente, y tocándose los pechos  con  sus manos. Jamás la había visto reaccionar así las veces que nos habíamos acostado juntos.

Durante  un  par de minutos, la lengua siguió metiéndose dentro del cuerpo  de mi novia, hasta que por fin, pareció haber acabado. La extraña figura  la  recogió  con  asombrosa  rapidez,  como  si  se tratara de un camaleón, suspiró, y giró sobre sus pasos, dirigiéndose de nuevo hacia la luz.

Al  poco  de  verla  entrar en la luz, él objeto del que parecía que manaba la luz y el zumbido comenzó a elevarse. De pronto, salió disparado hacia el cielo a toda velocidad, convirtiéndose en un puntito más de todo el cosmos en cuestión de segundos.

Una  vez  lo  vimos  desaparecer,  aquella fuerza que nos tenía casi hipnotizados  nos  soltó  y  ambos  nos  sentimos  caer,  como  caen  las marionetas  si  les  cortas las cuerdas que les dan vida. Caímos al suelo los dos, nos miramos asustados, y nos abrazamos muy fuerte. Al cabo de un rato nos conjuramos en no contárselo a nadie, y creerme que a nadie se lo he  contado  hasta  hoy,  y  que  si lo he hecho a sido para desahogarme, siempre bajo la privacidad que me da el anonimato

Charles Champ d'Hiers

Volver al Indice de Charles