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Le recibí con dos besos. Olía muy bien, a un aroma varonil pero fresco. En realidad todo en él era muy varonil. Era un hombre muy masculino, como a mi me gustan.Le estuve esperando en el aeropuerto más de tres cuartos de hora, en realidad el ni se imaginaba que yo le iba a recibir pero cuando salió por la puerta automática, rodeado de gente, con una pequeña bolsa colgando del hombro, sus iris azules se toparon con los mios color miel e iniciaron un duelo a muerte en el que salí perdedora.
Bajé los ojos mientras se acercaba hacia mi mirándome con desconfianza. Él ya tenía una foto mia, enviada con muchos problemas por el correo electrónico, pero era una foto borrosa que yo había decidido que tuviera para mantener, al menos un poco, el misterio.
-¿Lince?- dijo
Yo alcé la vista y clavé mis pupilas en las suyas. Esta vez gané yo.
Hicimos el viaje desde el aeropuerto a la ciudad en tren y decidimos explorarla para romper un poco el hielo.
Era un dia invernal que intentaba ser primaveral. Cuando sus dedos rozaron los mios levemente en medio de plaza se derritió todo el hielo que hubiera podido quedar en los aleros.
Decidimos hacer el viaje a mi casa en tren de nuevo, ya que nos pareció un medio bastante romántico. Al haber aún horas de luz pudimos disfrutar de todo el paisaje de la costa, cosa que él agradeció por vivir alejado del mar.
Llegamos a casa y nos dispusimos a hacer la cena. La velada fue transcurriendo con una complicidad solo posible al ser ambos dos gatos juguetones. Después de recoger la mesa nos trasladamos al sofá con dos copas de Coto dispuestos a desgranar nuestras vidas entre sorbo y sorbo.
Supongo que al no esperárselo la situación resultó mucho más especial, porque cuando me acerqué a él y empecé a desatarle la camisa se quedó completamente petrificado; pero solo el tiempo justo hasta que empecé a depositar pequeños besos en su piel desnuda. Luego la pasión hizo el resto.
Me soltó el pelo y dejó que deslizara mi melena por su espalda, se dejó acariciar con los ojos cerrados como un gato manso. Sólo cuando mis caricias comenzaron a tomar una orientación meramente sexual me tomó en brazos y me llevó a mi habitación, que yo en un descuido suyo, decoré con montones de velas en los rincones.
Allí estabamos, dos náufragos de internet, él sin camisa, yo con un vestido negro, la luz de las velas, música suave, la noche, los gatos por los tejados...
Alcé mis manos y solté el cierre de mi vestido en el cuello, la tela acarició mi cuerpo en su caida libre. Debajo no llevaba nada.
Él intentó abrazarme y le paré con una mano. Empecé a besarle los hombros, los pectorales, el esternón, jugueteé con sus pezones y fui poco a poco recorriendo su cuerpo hasta llegar a la hebilla del cinturón, que sucumbió a mi acoso y me dejó su cuerpo a mi entera disposición.
Tomé su sexo entre mis manos y comencé, lenta, pausadamente a hacerle sentir como mi lengua podía darle placer, como mi boca era manantial de disfrute.
Me tumbó en la cama y se demoró un minuto contemplando mi cuerpo desnudo desde la perspectiva superior que le proporcionaba estar a cuatro patas encima de mi. Cerré los ojos y esperé la lujuria.
Sentí su boca en mi barbilla, sentí sus mordiscos suaves, su aliento. Se acercó a mi oido y dijo: cachito. Jugueteaba conmigo como un gato malo, me hacía sufrir, apurando sus caricias hasta casi hacerme suplicar. Finalmente le abracé con las piernas y le rogé que me dejara sentirle dentro de mi.
Lo hizo.
Fue brutal.
Aún tiemblo.
Lince
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