Fuera borda (III)
 
El último puerto que teníamos previsto tocar era Niza. En cuanto el barco estuvo amarrado, mi marido se bajo a tierra para ir a Correos. Tenía que ver la correspondencia que había llegado al apartado que había abierto antes de iniciar el viaje y comprar algunas cosas para el regreso.

Yo me quedé con la excusa de tomar un poco el sol. Me tumbé en una hamaca con el albornoz puesto y me dispuse a untarme crema. El capitán del barco, sin apenas mirarme, murmuró que iba a la bodega para buscar alguna cosa.

Me entregué al placer solitario de estirarme al sol. Las gaviotas sobrevolaban mi espacio. Olía a brea y a mar. Me sentía extrañamente lánguida y perezosa.

Me extendí la crema protectora en la cara antes de ponerme las gafas de sol. Mientras me colocaba una visera decidí que me daría la crema disfrutando de mi cuerpo. Me quité el albornoz. Comencé por los pies. El empeine, los tobillos, los dedos, la planta, esa planta almohadillada que tengo, como de niña. Con la pierna izquierda flexionada, acaricié con mis manos llenas del untuoso fluído la pantorrilla, la corva, la rodilla. Seguí por el muslo.

Sabía que él me estaba mirando. La certeza de que el discreto capitán estaba observándome desde algún lugar del barco, me hacía entregarme con más voluptuosidad a la tarea de pringarme entera de crema.

La cara interna de mi muslo, suave y conocida, estaba cálida. Me puse crema en la ingle y en el sexo. Me había depilado con cuchilla, con lo que mi sexo parecía más que nunca una herida. Pasé la mano por el carnoso monte de venus y fui a la otra ingle, al otro muslo, a la otra rodilla, hasta llegar al otro pie.

Un cosquilleo se había apoderado mi sexo. Me ponía a mil la idea de que el capitán estaba viendo con toda claridad mis labios menores, ya entreabiertos e incluso mi ano.

Apoyé los pies y me tumbé, con la piernas abiertas. Empecé a extender la crema por mi vientre, los costados. Los pechos eran dos montañas morenas coronadas por mis pezones. Me acarié haciendo círculos, alternando mi mano de un pecho a otro, subiendo hasta el cuello. Luego con las dos manos. Me acarié los pechos uniéndolos, separándolos, mimando con mis dedos resbalosos la aureola y los pezones empinados.

Oleadas de calor subían desde mi sexo palpitante hasta los pechos que me estaba acariciando. El sol jugaba con mi cuerpo. El olor del puerto inundaba mis sentidos. Me enervaba.

Una sombra me quitó el sol. Abrí los ojos como despertando de mi ensiñismamiento. El capitán estaba ante mi, imponente. El torso desnudo mostraba mus músculos nervudos. Tenía los puños apretados bajo dos brazos caídos a ambos lados del cuerpo. Su rostro contraído mostraba su derrota frente a todas las provocaciones a las que le había sometido durante todo el viaje.

Sin decir palabra, se desabrochó el botón del pantalón. Bajó la cremallera y aquel sonido resonó en mi cerebro como un latigazo. Me incorporé. Apoyé los codos en la hamaca y le miré entre divertida y pícara.

Los pantalones blancos resbalaron por sus piernas. La verga se mostró ante mí poderosa, acerada, amenazante. Se puso a la altura de la cabeza. Me agarró por el pelo y con su mismo glande me obligó a abrir la boca. Lamí aquel capullo de carne con toda mi alma. Chupé con avidez hasta que probé el sabor de su semen.

Me forzó a que me diera la vuelta. A cuatro patas recibí el apretón de sus manazas en mis pechos y la presión de su verga en la boca de mi sexo. Me cogió por las caderas. De un envite se metió hasta el centro mismo de mi cuerpo. Supongo que yo, a esas alturas, ya gritaba. Pero estaba absorta y ensimismada, sintiendo en mi cuerpo las acometidas de esa fuerza insospechada. Me follaba como una máquina, como un émbolo a presión que entrara y saliera de mis mecanismos semilubricados.

Mi cuerpo se movía rápido. Mis caderas eran presas de sus garras y me alejaba y me separaba como si yo no contara, como si estuviera masturbánsoe con un objeto. Me dolían los pechos en su bamboleo incontralado. Su verga ardiente se me clavaba como un hierro. Notaba el clítoris duro y erecto.

Era demasiado duro conmigo para ser placentero. Me sentía arrastrada y yo no controlaba ni una mínima parte de aquel hombre que empezaba a darme miedo. Mientras me follaba sentí que flojeaba. Por primera vez, un hombre no me permitía hacer mi juego. Sin esperar mi placer, se corrió con un ronquido.

Me dejó temblorosa en la hamaca. Me dejó entre excitada y dolorida. Me dejó literalmente tirada. Me volví para mirarle mientras buscaba mi albornoz con un pudor absurdo.

Me miró con despreció mientras se ponía los pantalones.

- Una vez más. Sólo una ves más y tendrás de verdad lo que te mereces.

Fui a la barandilla y me tiré de cabeza al agua aceitosa del puerto. Necesitaba calmar la desazón de mi vientre y olvidar esa situación en la que me había puesto yo solita, situación que estaba en un punto que empezaba a darme vértigo.

 

Nathalie

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