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Mi primera moto fue un pequeño scooter de 75 cc, con ella aprendí a disfrutar de la sensación de libertad que produce el viento en la cara y también de la velocidad, aunque no alcanzaba los 100 km/h de no ser cuesta abajo. Las vibraciones que te transmite la moto no se pueden comparar a las de los coches. Nada que ver. Por eso, en cuanto pude, empleé todos mi ahorros en conseguir una Yamaha XJ de 600 cc de segunda mano. Provisto de mi casco homologado y de mi chupa de nylon reforzado disfruto de mis travesías devorando kilómetros y kilómetros.Yo había quedado citado para tomar el aperitivo en el bar que hay en el puerto de La Cruz Verde, cerca de El Escorial. En la subida a este puerto se consiguen unas bonitas tumbadas en sus bien trazadas curvas. A llegar no pude disimular mi cara de sorpresa cuando charlando con mis amigos se encontraba una chica pelirroja, a la que no conocía, enfundada en un traje de cuero.
Ni que decir tiene que todo el personal que ocupaba en esos momentos el local no la quitaba ojo de encima debido a que pilota una Suzuki GSXR de 1000 cc. Tras acercarme a ellos comenzaron las presentaciones de rigor. Es gordita, tiene los ojos verdes, unas graciosas pecas alrededor de su naricilla respingona y una cicatriz sobre su mejilla izquierda, la cual según me explicó, era la secuela de una pasada de frenada en una traicionera curva. Su nombre es Luna.
Parece frágil pero no lo es en absoluto y menos pilotando un monstruo de esas características. Sus maneras son algo toscas quizás un poco masculinas pero no le restan en absoluto nada de su atractivo. Congeniamos rápidamente, nos caímos bien y desde entonces compartimos salidas de fin de semana. Pese a manejar una máquina mucho más potente adapta su velocidad a la mía y disfrutamos mucho juntos. Incluso nos instalamos un intercomunicador en los cascos para poder ir charlando durante nuestras correrías. Yo anhelo la llegada del fin de semana para poder estar con ella, somos buenos camaradas.
Era verano y el fin de semana prometía nuevas aventuras. Esta vez el viaje tendría como destino la playa, pero aquella semana mi moto decidió averiarse y en el taller me anunciaron lo peor, no tenían la pieza y no estaría arreglada hasta una semana después. Desolado llamé a Luna para darle la noticia.
"No te preocupes" fue su respuesta "nos vamos los dos en la mía". De pronto mi encapotado cielo se abrió para dar paso a un radiante sol. "Encantado de ser tu paquete, ¿a qué hora y dónde quedamos?" Respondí sin dilación. Así pues, partimos la tarde del viernes con un mínimo equipaje y como destino el pueblecito de Oropesa en Castellón. Disfrutamos del viaje, ya que es una piloto excelente y sin ninguna novedad llegamos al coqueto apartamento que nos había prestado un amigo.
Si con el mono de cuero está imponente en bañador es increíble. Hasta ese momento no la había visto vestida de otra manera pues nuestros contactos durante la semana, debido a nuestras respectivas ocupaciones, se reducían a un par de llamadas telefónicas.
La verdad, Luna llama la atención, tiene estilo, pero sobre todo lo que te cautiva es el aura y la sensación libertad que emana de ella.Llevaba un minúsculo bikini algo excesivo para su rellenita figura y para aquella playa de ambiente familiar, pero se movía con tanta naturalidad que era lo que menos resaltaba. Disfrutamos de la playa, el sol y el mar. La noche fue nuestra cómplice en los escasos bares de copas del lugar y sentados en un banco junto al faro vimos amanecer.
Recostó su cabeza sobre mi pecho y casi en un susurro me dijo que se encontraba muy bien a mi lado, pero que no me prometía nada. Yo permanecí en silencio intentando no romper la magia de aquel momento. Regresamos al apartamento y tras un beso de buenas noches ocupamos habitaciones separadas. No pude pegar ojo.
Disfrutamos el domingo como dos chiquillos y demoramos el momento del regreso cuanto pudimos, pero llegó el momento de la partida. El viaje de regreso estaba siendo igual de bueno, al llegar a la altura de Utiel nos salimos de la autovía para repostar y estirar un poco las piernas. En la gasolinera tomamos un café y Luna aprovechó para pasar al baño. Cuando regresó algo había cambiado en su mirada, era otra, pero no supe interpretarlo. "¿Te importa si conduces tú ahora?" Me pidió.
Continuamos el viaje. Podía sentir su cuerpo bien apretado contra el mío, con sus manos rodeando mi cintura en vez de en los agarres traseros que lleva la moto. Esto hacía que mi corazón latiera deprisa. Comenzó a frotar sensualmente su vientre contra mi cuerpo y fue deslizando su mano hasta mi entrepierna. Poco a poco aumentó el ritmo de sus roces y comenzó a presionar mi miembro por encima del traje de cuero. Busqué como desesperado la siguiente salida de la autovía y paramos junto a un apartado camino de tierra, a salvo de inoportunas miradas.
La ayudé a quitarse el casco, el mío hacía rato que rodaba por un sembrado cercano. Nos besamos con pasión mientras bajaba la cremallera de su mono y descubría que no llevaba nada debajo. Liberé sus pechos de aquella cárcel de cuero y agradecidos afloraron sus duros pezones perforados, para mi sorpresa y deleite, por sendos aros plateados. Los recorrí con mi lengua, froté sus areolas, y los pellizqué maliciosamente mientras se los comía con glotonería. Gemía de placer.
Me despojé del estorbo que ahora suponía mi vestimenta de motero y mi pene erecto apareció como una obscena ofrenda. Tomándolo entre sus manos comenzó a lamerlo despacio, muy despacio, mortificándome. Lo recorría delicadamente con su lengua deteniéndose de tanto en tanto para propinarme pequeños mordisquitos que aumentaban mi excitación. Separándome de ella, la tomé en mis brazos, y tras desnudarla por completo, la senté en la moto.
Recorrí sus apetecibles y rellenitas curvas con vehemencia como en un salvaje descenso a tumba abierta hasta detenerme en su pubis. Metí la cabeza entre sus piernas y flexionándolas las apoyó sobre mis hombros. Tomé su clítoris entre mis labios y lo estrujé y lamí con fruición hasta hacerla gritar totalmente entregada. Por sus espasmos supe que estaba disfrutando de su primer orgasmo.
Continué el lascivo ataque introduciendo mi lengua en su húmeda rajita, bebiendo de ese palpitante y caliente manantial. Movía rítmicamente su pelvis tomando parte activa de aquel morboso juego, mientras mis manos sobaban con deseo sus senos y mi lengua continuaba insaciable. No tardó en correrse de nuevo.
Me arrancó el slip de un hábil tirón, lo que me excitó aún más y cogiéndome por el cuello me atrajo hacia ella hasta juntar nuestros vientres mientras me susurraba al oído "va a ser el polvo de tu vida". Me hizo subir a la moto y situándose de espaldas a mí se sentó sobre mi miembro, introduciéndolo sin dificultad en su bien mojada rajita. Puso la moto en marcha. Al meter la marcha y soltar el embrague la moto dio un salto hacia adelante y se la metí hasta el fondo.
Salió a toda velocidad apurando la primera. La sensación de miedo, una caída podía ser fatal para ambos, y el morbo de la situación me hacían sentir como si estuviera borracho, era una locura. Frenó de golpe y mis testículos se aplastaron contra sus nalgas en una mezcla de dolor y placer. Repitió la maniobra tres o cuatro veces más. Por fin, paró la moto, la sujetó afianzando firmemente los pies en el asfalto y se reclinó hacia delante sobre el depósito de la gasolina.
Apoyado en los estribos traseros, la agarré por las caderas y levantando su culo comencé un violento mete y saca. Muy excitado por lo ocurrido empujaba mi miembro en su interior con violencia, sus pechos se aplastaban contra el duro metal. Quería castigarla por el miedo que me había hecho pasar y premiarla por haberme enseñado aquello. No pude reprimir un grito mientras me vaciaba inundando su interior. Realmente había sido el polvo de mi vida.
Pese a todo os puedo asegurar que no he repetido la experiencia...
Old Green
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