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Reconozco que si el pobre Roberto ya iba preocupado a mi casa el día fijado para la petición de mano, yo me encargué de ponerle las cosas más difíciles y hacerle pasar un mal rato. Que conste que me divertí como pocas veces lo había hecho en mi vida.Roberto siempre ha dicho que mis padres son muy estirados. No le falta razón. Mamá parece que se ha tragado el palo de una escoba y papá tiene una pinta de jefe que a nadie se le escapa. Su santa madre, viuda y abnegada, se presentó con una flores para mamá y una botella de vino para papá. Los saludos, bien. Yo, formalita. En mi papel.
Lo mejor comenzó en la mesa. Mamá quería que Roberto y yo estuviéramos separados, como mandan los cánones, pero como estaba el abuelo, y el abuelo es un poco... raro, no tuvo más remedio que sentarnos juntos. Así, papá, en la cabecera de la mesa, con la madre de Roberto a la derecha y yo a su izquierda. En la otra punta, mamá, con Roberto a su derecha, y el abuelo a su izquierda, para tenerlo controlado.
La cosa empezó aburrida. Ya se sabe. Que si detalles de la boda, que si los invitados. Yo me aburría y decidí poner a Roberto en un aprieto. Así que dejé caer la servilleta justo por la izquierda, de modo que no tuvo más remedio que agacharse a recogérmela. Yo me había sentado a cenar sin braguitas. Así que, cuando se encontraba con medio cuerpo bajo la mesa, se encontró a la altura de sus narices mi potorrito despatarrado y teñido de un púrpura subido.
- ¡Coño! - exclamó mi novio desde debajo del mantel -.
Cuando sacó la cabeza estaba rojo como la grana y se vió obligado a disculparse
- Perdón. Es que me he pegado con la pata de la mesa –
Y, papá como siempre, estuvo muy acertado
- Yo siempre digo que el taco es muy español. Y bien administrado en la conversación, mejora la riqueza de nuestro querido idioma.
Y, claro, la madre de Roberto no pudo más que estar de acuerdo Yo, seria como un carabinero, chupaba con fruicción las cabezas de los langostinos, cosa que mamá no hacía más que reprobarm e con la mirada.
Mientras que ella me hacía gestos casi imperceptibles, yo frotaba mi pierna contra la pierna de Roberto, que, por instinto, se acercó más a mi padre. Con el pie fuí separando sus piernas, mientras chupaba y rechupaba aquellas cabezas anaranjadas. Roberto trataba demantener una conversación con mi padre y yo me las arreglé para que mi rodilla, en un escorzo digno de un virtuoso del contorsionismo, situé mi rodilla justo en sus testículos.
- ¡Ostras! - gritó Roberto - ¡Qué buena está la mayonesa!
- Así da gusto, Pilarín - terció mi abuelo - El chico te felicita como cocinera
Mi madre no tuvo más remedio que agradecer el cumplido.
Mi rodilla seguía masajeando, en la impunidad más absoluta, los genitales de Roberto, que cada vez estaba más nervioso e hizo caer la copa de vino manchando el precioso mantel de lino.
-Nada, nada, hombre. No te preocupes. Se lava y punto
terció mi madre, muy anfitriona.
El abuelo, que está un poco para allá, saltó:
- Alegría - Se levantó de un salto y mojándose las manos en el vino derramado nos bendijo a todos marcándonos la frente de vino.
- Papá... - había empezado a decir mi madre, pero la inusitada agilidad del abuelo pudo más que nada y todos nos vimos cuan miércoles de ceniza, pero con vino.
Calmado el abuelo y sentado en su sitio, mamá procedió a retirar los platos y antes de traer el asado, cambió el mantel maculado por otro limplio.
Mientras duró la operación, mantuve las piernas cruzadas con modélico recato, pero en cuanto se supe a salvo con la cobertura del mantel, le dedique a mi novio una amplia visual de mis piernas abiertas y mi purpúreo sexo ofertado como un sacrificio.
Roberto volvió a enrojecer e inició una conversación acerca de lo difícil que es meter... la cabeza en una empresa solvente. Mi padre entró al trapo y empezó a hablar de la suya y de lo mal que trabaja la gente, que si el tiempo que pierden a la hora del cafelito, que si bajas por maternidad ....
Y yo, mientras atacaba con el cuchillo y el tenedor el trozo de cordero atacaba con mi pie derecho descalzo la pantorilla de Roberto. El pobre se movía como si se le hubiera colado en la pernera del pantalón una lagartija. Y así le tuve hasta el helado.
En esto, que el abuelo empezó a desbarrar y a contarnos de cuando matrimonió. Que si sus amigos le gastaron la broma de la petaca la noche bodas, que si... Y mamá con sus garraspeos trataba de callarlo ...
cuando se acostó, la abuela estaba rezando el rosario...Mi madre dió por terminada la cena levantándose y diciendo que tomaríamos el café en el sofá. Me dí cuenta de que Roberto se hacía el remolón y no se levantaba de la mesa. Entonces vi que tenía una erección de caballo que no disimulaba ni con la chaqueta. Procurando no reirme exclamé:
- Roberto, ¡Te has manchado! No te muevas cariño, que aquí mismo te lo limpio.
Mientras los demás se dirigían al sofá, cogí una servilla, hice como que la mojaba en agua y empecé a frotarle la polla por encima del pantalón. Fuerte, a conciencia, como si de veras tuviera una mancha resistente. El pobre Roberto, se corrió al tiempo que decía:
- ¡¡¡¡Dios!!!... ¡Que buena estaba la cena!
- ¿Lo ves Pilarín? - dijo el abuelo que, por ser más lento aún estaba cerca de mesa- el prometido de la niña sabe agradecer las cosas buenas de la vida
La mancha del pantalón de Roberto era indisimulable, así que el pobre se trasladó al sofá con la servilla colgando del brazo, a modo de camarero distraído.
- Esta me la pagas - me dijo al oído
El intercambio de regalos fue de lo más normal. Cuando se despedían, mi abuelo le dijo bajito a Roberto:
- Creo que no aún no sabes de lo que es capaz mi nieta
Nathalie
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