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Llovió, y las calles de Madrid eran como espejos, como pequeños oasis de agua turbia. Llovió pero no consiguió con todas las gotas borrar ni un poquito el mapa de su corazón. Miró una sola vez más por la ventana y se perdió en la inmensidad de un océano de recuerdos.Dentro, cobijado por esas cuatro paredes mugrientas, con la calefacción a su máxima potencia, la música; su música, la pantalla del ordenador y el gato “Macías” durmiendo sobre un cojín azul, no estaba la tarde menos húmeda que en las calles de Madrid.
Había oído por ahí que la melancolía era el tintero de los poetas, que la felicidad aleja la capacidad de creación... Pues él estaba completamente melancólico y no conseguía rimar una palabra ni exprimiendo el teclado del ordenador.
Tiró un bote de coca cola vació al suelo. Se sentía como un niño, con ganas de destrozar cosas para sacudirse esa apatía, esa desidia que le tenía preso. No era uno de sus mejores momentos. No le gustaba su vida, no tenía ganas de vivir.Sonó el timbre.
Se levantó pesaroso a abrir.
En la puerta, vestido completamente de negro y visiblemente empapado se encontró un chico joven, con una mirada triste como la de un pastor alemán, con los hombros caídos como si transportara en ellos todo el peso del mundo.
Le hizo pasar, le acercó una toalla y le sirvió un poco de té de frutas con miel y limón; humeante y rojo brillante.
-¿Quién eres?- se atrevió por fin a preguntar.
El joven desconocido se llevó la taza a los labios cerrando los ojos mientras sorbía el líquido. Dejó la taza en el suelo y se quitó el jersey negro. Debajo llevaba una camiseta blanca.
-Ven – le dijo.
Él se sintió un poco violento con la actitud de aquel desconocido pero accedió a su petición movido por un extraño resorte que no alcanzaba a comprender.
Se arrodilló delante de él, quedándole la camiseta blanca como único campo visual y bajó la cabeza.
El desconocido le besó en la nuca.
Su cuerpo se tensó al sentir la caricia de sus labios en la piel.
-Me ha besado – pensó
Irguió la cabeza y le miró a los ojos.
Empezaron a besarse y cada beso era como si una gota de magma emanara del cuerpo de aquel extraño y se introdujera en el suyo propio para crear miles de explosiones que revolvieran sus entrañas.
Se quitó la camiseta blanca. Su pecho era pálido, velludo, ancho, delicado. Llevaba al cuello dos cadenas de plata con dos cruces de Caravaca.
Él se sentó sobre sus piernas y se quedó mirando embobado su desnudez.
-Desnúdate – le ordenó
Él obedeció sin rechistar, sin levantar la cabeza, solo para echarle furtivas miradas al gato para asegurarse de que no le miraba mientras se desnudaba frente a un desconocido.
Su excitación era patente. Su sexo quedó a la altura de la boca de aquel joven venido de la lluvia y con ojos tristes de pastor alemán.La cabeza le dio vueltas cuando sintió como sus labios le rodeaban el glande y empezaba a jugar con su lengua en la parte más sensible de su cuerpo.
Él había perdido la noción de espacio y tiempo, de bien y mal, de placer y dolor. Y todos sus pensamientos se centraban en el placer que aquella boca regalaba gratuitamente a su cuerpo.
Sintió un irresistible deseo de ser penetrado por aquel chico, de sentir su calor dentro de su cuerpo, de quemar las naves, de olvidarlo todo, dejarse ir, dejarse llevar. Solo quería sentirle dentro, disfrutar...
Como si hubiera leído sus pensamientos dejó de mimar su sexo y se levantó del sillón desabrochándose el cinturón y los botones de aquel negro pantalón de pinza.
Le vio desnudo y sintió rubor. Su sexo era bello, no sabría describirlo pero le gustó y eso hizo que sintiera aún más ganas de tenerle.
Se besaron en la boca mientras se abrazaron con fuerza. El gato comenzó a ronronear.
Suavemente, como una brisa cálida se colocó a su espalda y comenzó a hacer presión en la entrada que le conduciría a las entrañas de aquel escritor frustrado.
Cada envite de aquel pene extraño le hacía despegar los pies de la tierra y empezó a sentirse flotar, a sentirse etéreo. El placer que sentía le pareció diferente, mágico. Era la primera vez que hacía el amor con un hombre y ni en sus más oscuras fantasías hubiera pensado que sería así.
De la sensación de eteriedad pasó a la explosión de pasión. Sentía como las manos que le recorrían le abrasaban la piel, como la saliva de aquella boca era como un hirviente brebaje que le derretía la capa superficial de la dermis. Empezó a gemir sin poder controlarse y abrió los ojos violentamente al darse cuenta de la proximidad de un arrebatador orgasmo. Entonces en su cabeza todo se volvió rojo fuego y solo la idea de llegar al final se hizo importante; más que respirar, más que comer, más que vivir. Quería correrse, correrse con todas sus fuerzas, vaciarse hasta darle la vuelta a su piel. Quería abrirse para que todo su ser saliera a la humedad de aquel cuartucho de una casa de vecinos de Moratalaz y saludara a la portera y fuera a la panadería y al estanco y todo el mundo comprobara que él había conseguido salir de si mismo de la mano del placer y podía decir con la cabeza bien alta que era feliz, feliz, feliz.El orgasmo llegó tal y como se lo había esperado. Perdió un momento el dominio de su cuerpo y de su alma y volvió a la realidad tal y como se vuelve tras la anestesia de una operación a corazón abierto.
Tardó un segundo en abrir los ojos y en darse cuenta de que estaba solo. Miró en derredor. Todo estaba como antes de que hubiera llegado aquel desconocido. La taza de té no estaba. Se miró a sí mismo. Estaba vestido, de pie, en medio de la sala. El gato le miraba, así, como miran los gatos.
Lince
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