Aldrobando Anatema II (El retrato)
por Turandot
 
Mi compañero Aldrobando me había citado aquella tarde en su casa. Estaba deseosa de volver a verle y sentir sus labios de nuevo. Hacía un par de días que no le veía, desde aquella vez en el restaurante, pues tuvo que salir después de los postres al recibir una llamada. "Una urgencia familiar" lo llamó. Desde entonces le había intentado localizar sin éxito y aquella mañana de repente me había llamado pidiéndome que fuera a su casa cuando saliera de trabajar. No me lo podía creer... ¡a su casa!. Nadie jamás había entrado en su casa. Cuando quedábamos los amigos, lo más cerca que habíamos llegado era a su portal, pero él se negaba en redondo a dejarnos entrar en su "templo" como solía llamarlo. Así que a la excitación que me producía la necesidad imperiosa de volver a verlo, se unía la tremenda curiosidad por descubrir lo que ocultaba bajo su techo.

Cuando llegué a su portal y me dirigí al ascensor, me encontré de bruces con un tosco cartel en el que se leía "no funciona". Pero no me importó. Comencé a subir uno por uno los carcomidos peldaños de madera, hambrienta como estaba de aquella taimada boca que me esperada al final de la escalera de caracol.... total, sólo eran cinco pisos. Y después de cinco minutos y más de cien escalones, me encontré sudorosa y sin resuello frente a la puerta de mi compañero. Llamé al timbre y me abrió al instante. Su imagen me sorprendió: mi pulcro, ordenado y siempre impoluto amigo apareció ante mí vestido con unos pantalones y una camisa salpicados de pintura, con las mangas remangadas y las manos manchadas de tonos rojizos.

- Hola preciosa - me dijo al verme, sonriendo ampliamente - ¿Está cansada mi pequeña Turandot? Pasa, te pondré una copa.

Nada más entrar estaba la cocina en donde, después de lavarse las manos, me sirvió una copa de buen vino. Me pidió disculpas por abandonarme en el restaurante y me explicó con alegría que acababa de ser tío de un precioso niño, largamente deseado por la familia. Hablaba inusualmente rápido, como si estuviese nervioso por algo. Me acerqué más a él, y poniendo un dedo sobre su boca le indiqué que se callara y le besé. Le besé despacio, saboreando su boca, y aquel beso me supo a vino añejo y a victoria. Quería devorarle allí mismo, tirarle al suelo y arrancarle la ropa para hacerle el amor salvajemente, pero no me dejó.

- Espera preciosa, no seas impaciante - me dijo retirándome de su lado con firmeza.

- No seas malo, Aldrobando, te he echado mucho de menos - le contesté, mimosa.

- Y yo también, pero quiero que veas algo antes.

Y cogiéndome de la mano me sacó de la cocina. Atravesamos el salón con sus paredes forradas de libros desde el suelo al techo y después de atravesar un largo pasillo llegamos a una puerta franqueada por un candado.

- Ahora vas a conocer mi gran secreto - dijo mi amigo.

Abrió la puerta y me indicó que pasara. Entré en la sala y me quedé perpleja ante lo que vieron mis ojos. Aquella enorme habitación de paredes rojas estaba llena de retratos de gente conocida, amigos y familiares de Aldrobando, todos ellos desnudos. Eran monstruosamente bellos. Y es que aquellos cuadros no se limitaban a mostrar la imagen de aquellas personas, sino que reflejaban sus más íntimas inclinaciones. En frente de mí tenía la imagen del arrugado cuerpo desnudo de la sra. María, la portera de mi amigo, quien miraba con intenciones más que dudosas a "Popi", su perrito faldero, que posaba a su lado con cara de pocos amigos. Cerca de ella estaba Roberto, nuestro amigo. Sus amigos más íntimos habíamos intuido alguna vez su homosexualidad latente, pero en aquel cuadro se hacia tan evidente que sólo con ver el brillo de sus ojos saltaban a la vista sus inclinaciones sexuales.

- ¿Te gustan? - me preguntó Aldrobando, detrás mío.

- Son sorprendentes - le contesté, sobrecogida por el espectáculo que se alzaba ante mis ojos.

- Pues todavía no has visto el mejor. Lo he acabado hace apenas una hora. Ven, te lo enseñaré.

En un rincón al fondo de la habitación había un caballete, y en él un lienzo tapado por una sábana. Mi amigo me situó en frente y destapó el cuadro. Ante mis ojos apareció la imagen familiar de una mujer de piel blanca. Sus negros cabellos caían sobre sus pechos desnudos en contínuo movimiento, indicando una gran inquietud, una gran pasión interior. Sus ojos oscuros contaban sin palabras el deseo insatisfecho de amar y ser amada. Sus labios entreabiertos suplicaban ser besados, y todo el cuadro en conjunto hablaba de soledad y pasión contenida. Era como contemplar una llama consumiéndose en su propio fuego al no tener nada cercano que quemar.

Reconocí en aquellos ojos mis ojos; en aquellos labios, los mios, y me sentí terriblemente desnuda e indefensa ante mi propia imagen. Aldrobando, detrás de mí, me abrazó por la cintura y me susurró mi nombre al oido. Unos segundos después me encontré a mí misma rendida en sus brazos, devorando su boca sin compasión. Él me correspondía con la misma pasión, recorriendo el interior de mi boca con su lengua, a la vez que exploraba todo mi cuerpo con sus manos suaves. Caimos al suelo revolcándonos como locos, desnudándonos torpemente. Mi boca recorrió su cuerpo al compás de sus gemidos, saboreando su piel salada. Su cuello, sus brazos, su pecho, sus piernas... ni un sólo rincón quedó sin besar, sin lamer. Y en medio de aquel cuerpo delicioso su pene, apuntando hacia el cielo, me mostraba un glande rosado que, como guinda perfecta de un pastel, parecía decir "ven y cómeme". Y así lo hice. Acaricié con deleite aquella cabeza suave dentro de mi boca hasta que Aldrobando tiró de mí. "Sube", me dijo entre susurros. Y yo, dócilmente, le obedecí y me encaramé a aquella verga suplicante que pareció partirme en dos al adentrarse en mis entrañas. Así, con él en mi interior, cabalgué sobre él en un brutal galope, clavando mis dedos en su pecho y cubriendo su rostro con mi pelo, mientras él me agarraba con fuerza de las caderas ayudándome en aquel salvaje vaivén que nos estaba volviendo locos. Unos minutos después la caldera de mi vientre no aguantó más y estallamos al unísono con un sonoro quejido; el universo entero calló y el aire me supo a su boca.

Estuvimos algún tiempo tumbados, mirándonos en silencio, mientras él jugaba a desenredar la maraña de mi cabello. Luego me hizo prometer que me quedaría esa noche. Y allí, tumbada en el suelo y delante de mi propia imagen, fui consciente de que por muchos hombres que conociera en mi vida, jamás ninguno conocería mi alma ni me haría sentir tan plena como supo hacerlo aquella tarde mi querido, mi añorado Aldrobando Anatema.

por Turandot
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