|
|
Se llamaba Betty, y era mi vecina y amiga. Nuestros maridos eran compañeros de trabajo desde hacía varios años y Betty y yo nos habíamos habituado a pasar juntas la mayor parte del día mientras nuestros mariditos trabajaban.Al principio la consideré sólo una amiga más, e incluso había pensado de ella que era un poco tonta. Pero poco a poco fuimos conociéndonos más y comencé a mirarla con ojos distintos, de una forma en la que nunca antes había mirado a otra mujer. Y comencé a desearla, muy a mi pesar; comencé a tener fantasías atroces con ella que produjeron toda una revolución en mi interior.
Yo, que había sido educada en una familia de prehistóricas convicciones; yo, modelo de rectitud y buena mujer de mi casa, deseaba a mi vecina ... y de qué forma. Imaginaba esa fina vocecita de niña buena susurrándome obscenidades al oído, y la veía en mi mente perdiendo sus apocadas maneras, revolcándose junto a mí sobre el suelo como animal en celo. Así que un buen día tiré por la ventana mis antiguas ataduras morales y tomé una decisión: fuera como fuera y costase lo que costase, debía hacer mía a Betty. Quería seducirla y pervertirla, como ella había seducido y pervertido mi mente con su pícara ingenuidad.
Para ello, me pegué a ella como una lapa, cosa que resultó bastante fácil ya que tan sólo un pequeño jardín separa nuestras casas. Y empecé a hacer más íntimas nuestras conversaciones; hablara de lo que hablara ella siempre conseguía que acabáramos hablando de sexo. Al principio no le gustó mucho, es cierto, y rehuía el dichoso tema, pero poco a poco empezó a desinhibirse, y llegó un momento en el que ella misma sacaba la conversación sin ninguna provocación por mi parte. Tenía en esos momentos un brillo especial en la mirada y se humedecía con frecuencia los labios; creo que fue entonces cuando comenzó a cogerle gusto al asunto.
Y un día ocurrió. Era un caluroso día de Julio y nuestros maridos estaban, como de costumbre, trabajando. Me disponía a darme una ducha refrescante cuando alguien llamó a la puerta. Me enrollé una toalla y salí a abrir. Era ella, mi sudorosa vecinita que parecía bastante agobiada por el calor.
- Pasa, Betty y siéntate. Iba a darme una ducha para refrescarme. Qué calor hace hoy, ¿verdad?
- Sí que lo hace, y no sabes qué envidia me das. Yo no puedo ducharme hasta que mi cuhi-cuchi vuelva del trabajo y arregle la ducha - contestó ella.
Y entonces vi el cielo abierto y en él, la gran oportunidad que estaba esperando para poder saborear la anhelada piel de mi dulce Betty.
-Escucha, Betty, - le dije - por qué no te vienes a la ducha conmigo. No puedo consentir que mi mejor amiga pase calor pudiendo evitarlo yo.
Estuvo callada unos segundos, meditándolo. Luego sonrió y, levantándose del sillón decidida y para mi sorpresa, se limitó a decir:
- ¡Vale!
Fuimos al cuarto de baño y abrí la ducha. Me quité la toalla y quedé desnuda ante ella. Sentí su mirada sobre mi cuerpo durante unos instantes, y luego comenzó a quitarse la ropa.
Llevaba tanto tiempo soñando con ese momento, que el ver a mi amiga quitarse la ropa tímidamente me pareció la experiencia más erótica de toda mi vida. Cierto es que no era lo que se puede considerar una mujer delgada, pero aquella exuberancia me excitaba sobremanera, y mi sexo empapado delataba lo que mis fingidos modales trataban de ocultar. Ante mis ojos aparecieron de repente dos enormes pechos blancos, coronados por dos aureolas sonrosadas, que saltaron del sostén que los comprimía, pretendiendo disimular su desmesurado tamaño. Más abajo, enmarcado por sus generosas caderas, su pequeño triángulo de bello negro limpiamente recortado me atrajo como un imán, y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no tirarme de rodillas en busca del dulce sabor de su sexo. Nos metimos en la ducha. Como era pequeña, nuestros cuerpos se rozaban continuamente, buscando las gotas de agua fresca que caían de la ducha.
- Betty, ¿te froto la espalda? - le dije, buscando alguna excusa para acariciarla.
- Sí, por favor.
Me enjaboné las manos y comencé a pasearlas suavemente por la espalda de mi amiga.
Tenía la piel más suave que había tocado nunca. Recorrí toda su espalda con mis manos un par de veces, mientras ella trataba en vano de recoger su melenita morena hacia un lado con sus manos. A la tercera pasada, bajé más las manos y toqué sus nalgas y sus muslos muy tiernamente.
Betty dejó escapar un suspiro; sin duda estaba disfrutando de mis caricias. Aquella reacción me envalentonó, y pasando mis brazos por su cintura, la atraje más a mí e hice que apoyara su cabeza sobre mi hombro. Fue entonces cuando pude tocar por primera vez los enormes, preciosos pechos de Betty, y a manos llenas masajeé contundentemente aquellos blancos senos mientras mi lengua jugueteaba maliciosa con el lóbulo de su oreja. Betty gimió, y supe entonces que era toda mía. Solté uno de aquellos pechos y mi mano bajó por su abdomen hasta perderse entre sus piernas. Ella las separó, y yo tuve vía libre a su sexo, que mojado de agua y jugos, se abría ante mí ofreciéndome un mundo nuevo de sensaciones. Pasé mis dedos entre sus labios, y pude tocar la dulce abertura de su sexo. Cuando alcancé su clítoris, se estremeció, y girándome la cabeza con una mano, hundió su boca en la mía, regalándome el más lascivo de los besos. La solté, y colocándome frente a ella me arrodillé dispuesta a saborear el dulce sexo de Betty. Hundí mi boca entre sus piernas, y su bello me hizo cosquillas en la nariz. Lamí todo su sexo, mordisqueando su clítoris y la penetré con la lengua. Ella gemía cada vez más, mientras apretaba mi cabeza contra sí. Sintiendo que su orgasmo estaba cerca, lenguëteé con vigor su clítoris mientras la penetraba con dos dedos; unos instantes después se estremetió como una hoja entre mis brazos.
Aquella tarde se nos acabó el agua de la ducha. Nos regalamos mutuamente numerosos orgasmos y acordamos repetirlo a menudo.
Al llegar la noche, mi marido llegó como cada día:
- ¡¡Vilma!! ¡Ya estoy en casa! ¿Qué hay de cena? - gritó de él, como de costumbre.
- Hola Pedro. Te estoy haciendo chuletas de brontosaurio.
- ¡Yaba-daba-doo! ¡Mis favoritas! Y dime, cómo te ha ido el día, ¿hay alguna novedad? - preguntó él.
- ...Si yo te contara - dije entre dientes
- ¡ Venga Pedro, siéntate que te llevo la cena!
- ¡Vilma, eres la mejor mujer del mundo!
por Turandot
Volver al Indice de TURANDOT