ALDROBANDO ANATEMA III (El cuento)
por Turandot
 
Había anochecido y una luna llena grande y redonda como un queso filtraba sus rayos por la ventana del dormitorio, tratando en vano de acariciar el cuerpo desnudo de mi querido Anatema. Llevábamos un par de horas hablando, tumbados en aquella cama enorme que habíamos deshecho aquella tarde a base de revolcones y besos. Yo permanecía tumbada sobre mi espalda, escuchando cómo mi amigo me relataba toda su vida, al igual que había hecho yo anteriormente. Él, mirándome semiacostado desde arriba mientras hablaba, acariciaba dulcemente el blanco valle entre mis senos, aparentemente sin darse cuenta del efecto que las suaves yemas de sus dedos estaban produciendo en mí. Con cada roce de sus manos sentía un cosquilleo cálido que se extendía por mis pechos hasta tocar mis pezones erectos y seguía hacia abajo, recorriendo mi abdomen en dirección a mi vientre hasta perderse en aquel lugar oscuro y cálido sobre el que reposaba ahora el fláccido miembro de mi querido Aldrobando.

De repente calló. Había acabado con su historia; ya no le quedaba más que decir. Me miró en silencio, recorriendo mi cuerpo con su mirada, hasta que vió mis pezones, duros como rocas. Me miró sonriendo a los ojos y dijo fingiendo estar escandalizado:

- ...¡Señorita!

Y después, llevó una de sus manos a mis pechos y comenzó a dibujar su contorno con un dedo. En una maniobra inesperada, me pellizcó un pezón con fuerza y un sonoro quejido de placer se escapó de mi boca. Le miré a los ojos y luego a los labios, suplicándole sin palabras que me besara. Él comprendió, y acercó su boca a la mía. Pero cuando apenas faltaban un par de centímetros para poder besarle, se paró y me dijo:

- Cuéntame un cuento.

- ¿Qué? - le pregunté yo, sorprendida y enfadada, mientras se volvía a incorporar.

- Que me cuentes un cuento, ...uno de esos de magos y príncipes que se te dan a tí tan bien. - me contestó como si nada.

Me quedé callada unos instantes. El muy granuja estaba jugando conmigo, lo veía en el brillo de sus ojos. Y entonces mi malébola imaginación vino en mi ayuda y decidí darle una lección a mi amigo.

- De acuerdo, corazón. Voy a contarte un cuento como jamás te lo han contado, y que nunca podrás olvidar por muchos años que vivas.- le contesté y me levanté, obligando a mi amigo a ocupar mi lugar.

Así quedó él tumbado, desnudo sobre su espalda, mirándome atentamente, mientras yo me colocaba de rodillas a sus pies.

- Escucha pues con atención el relato que te voy a contar. Éranse una vez dos hermanos gemelos: Onam y Mano.

Y diciendo ésto, alcé mis manos mostrándole mis palmas gemelas.

- Un día su padre, el rey, les mandó llamar. "Hijos míos", les dijo ,"habéis alcanzado la mayoría de edad y debéis superar una prueba que, de realizarla con éxito, os mostrará una verdad universal que os será de gran ayuda para conseguir lo que os propongáis el día de mañana. Debéis ir al oscuro y misterioso mundo de Anatema y buscar esa gran verdad. Pero no temáis; en esta aventura no vais a estar solos. Os acompañará la princesa Acob ..." Llevé una mano a mi boca, señalando la "princesa".

- "... que rastreará con vosotros ese recóndito mundo, dejando una huella para que no os perdáis. Y también irá el gran mago Oxes, que os ayudará con sus cánticos y hechizos."

Y acaricié con mi mano la parte más cálida y húmeda de mi cuerpo, que tantos mimos había recibido anteriormente de mi compañero. Le miré en silencio unos instantes; tenía de nuevo esa mirada, ...esa abrasadora mirada suya que, junto con la tremenda erección que mostraba su pene alzado, me hizo ver la atención con la que mi amigo me había estado escuchando. Sin duda ya intuía lo que se avecinaba. Proseguí con el cuento:

- A la mañana siguiente partieron los cuatro en una barca hacia el mundo de Anatema. Nada más llegar, Onam y Mano se toparon con los Acantilados Gemelos.

Cogí sus pies con las manos y comencé a acariciarlos firmemente, tratando de no hacerle cosquillas.

- Los hermanos buscaron en los acantilados, pero no encontraron nada. Así que le pidieron a la princesa Acob que les ayudara.

Llevé mi boca a sus pies, besando primero la planta y el empeine, para lamer y mordisquear después sus dedos uno por uno, a lo que mi querido Aldrobando respondía con un sonoro suspiro.

- Pero la princesita no encontró nada, - continué - por lo que decidieron continuar tierra adentro. Se dirigieron hacia el interior, recorriendo las Penínsulas Mellizas...

Y diciendo ésto comencé a subir recorriendo sus piernas con mis manos, pasando suavemente la yema de mis dedos sobre ellas.

- ... pero en esta ocasión los hermanos tampoco encontraron nada, por lo que la princesa acudió de nuevo en su ayuda.

Paseé mi lengua suavemente por sus piernas belludas, saboreando cada milímetro de su piel salada por el sudor. Subí un poco más y mordisqueé lascivamente el interior de sus muslos. Con cada pequeño mordisco, mi amigo arqueaba la espalda y dejaba escapar un pequeño gemido. Y con cada gemido que le arrancaba, más crecía la hoguera que ardía en mi vientre. Inconscientemente, comencé a rozar mi sexo contra su pierna mientras besaba sus caderas, esquivando su sexo. Entonces sentí su mano acariciándome el pelo.

- De eso nada, corazón - le dije, colocándole la mano sobre el colchón de nuevo.

Y proseguí con el cuento, intentando disimular mi excitación.

- Los hermanos, desesperados, decidieron llamar al mago Oxes, el cual decidió quedarse al lado de un enorme menhir que tenían enfrente para comenzar con sus rezos. Mientras, mandó a los tres infantes que siguieran buscando tierra adentro...

Me senté a horcajadas sobre él, con su miembro tocando mi ombligo, mientras comenzaba a acariciarle el pecho.

- ...Los príncipes y la princesa se adentraron en el bosque mientras el mago comenzaba el rito...

Y a la vez que bajaba mi cabeza para mordisquearle los pezones, subí la cadera y me hundí, en un único y certero golpe, en aquella dura verga que me atravesó las entrañas. Me mordí los labios para no gritar. Él, tras un sonoro gemido, alzó los brazos para abrazarme, pero no le dejé. Y así, empalada en él y enardecida, traté como pude de continuar el cuento.

- ...los infantes comenzaron a vislumbrar la verdad que buscaban cuando el mago comenzó a entonar su cántico...

Y diciendo ésto mientras le inmobilizaba los brazos con mis manos, concentré todas mis fuerzas en los músculos de mi vagina, estrujando dentro de mí aquella enorme verga que parecía a punto de reventar. Aldrobando se estremeció, y trató de zafarse de mis manos. Le sujeté con más fuerza, y coloqué mi boca sobre la suya, sin rozarle si quiera.

- ...y de nuevo el rezo del mago sonó en aquella tierra.

Una vez más estreché con fuerza su pene en mi interior, temblando de placer mientras veía a mi amigo gemir y agitarse como un gato en celo.

- Suéltame, te lo suplico - me dijo con la respiración entrecortada.

- No hasta que no acabe el cuento .

- ¡ Al infierno con el cuento! - respondió.

Se soltó, e incorporándose, hundió su boca en la mía. Y rodeándome con los brazos me tiró de espaldas sobre la cama y empezó a embestirme con fuerza. El Mundo de Anatema se rebeló, y donde antes moraba la Tierra, se volvió Cielo. Los príncipes Onam y Mano se amarraron a su espalda para no caer, mientras yo le abrazaba con mis piernas. El mago Oxes se volvió loco, derritiéndose en lágrimas saladas por el poder de aquel vigoroso menhir de carne. Y la princesa Acob se agotó en quejidos ante la boca de aquel titán que la devoraba con ansia. En el cielo las estrellas observaban lividinosas a los príncipes, princesa y mago convertidas en misionero furioso. Y de pronto, un gran temblor, un estremecimiento colosal; lo recorrió todo y se paró la vida.

Algún tiempo después Aldrobando, tumbado a mi lado, me miraba sonriendo. - Supongo que me he perdido el final del cuento y que ya no podré saber cuál era esa terrible verdad que buscaban - me dijo.

- No, no te lo has perdido. Regresaron todos a su tierra después de aprender la gran verdad, que es ésta: con un poco de dedicación y una chispita de amor se le puede dar la vuelta al mundo.
 
 
 

por Turandot
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