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..Noche de viernes, podríamos decir noche de lujuria, de aquelarre.Desde hace días estábamos hablando con Martín de hacer un "taller literario erótico", invitar a unos amigos y leer relatos eróticos, comentarlos y bueno, porque no... llevarlos a la práctica. Amaneció lloviendo y continúa así durante el transcurso del día, hasta llegar la noche.Llamé por teléfono a Marcela y a Ignacio y los invité a cenar y a dedicarnos a la literatura.Como estaba frío pensé que hacer un fondue de queso, beber un buen vino y de postre un flan, eran los platillos perfectos para esa velada. Encendimos la estufa a leña, ambientamos la casa con velas y perfumadores aromáticos, música acorde y nos sentamos a esperar a nuestros invitados.
Primero llegó Marcela, estaba sumamente sexy, lucía un ajustado pantalón y una blusa muy ceñida a su cuerpo con un insinuante escote. Cuando llegó, recibió los halagos de Martín por su espectacular atuendo.
- Como nos vinimos hoy Laurita, mmmmmm, estás para comerte.
- Te parece? Vine sencillita
- No lo creo, viniste para la guerra (y le guiña un ojo)
Yo me había puesto un pantalón de cuero negro y una remera de lycra negra, botas altas negras, también de cuero, lo que me daba un aire de "sadismo", que ni bien Martín me vio, le hizo volar su imaginación.Al rato llega Ignacio y nos sentamos a la mesa a degustar la cena. El fondue tiene la característica que al ser queso derretido y mezclado con alcohol, sus calorías hacen efecto enseguida y al poco tiempo ya estábamos todos muy voluptuosos.
Pasamos al living a beber una taza de café para despabilarnos un poco, pues el vino de la cena nos provoco una soñolencia y queríamos leer las historias.Los cuentos fueron subiendo de tono, aumentando también el calor ambiental.Luego de leídos y comentados los relatos, decidimos jugar a algo para divertirnos un poco.La idea fue de Ignacio, jugar a la Gallinita Ciega, quien sería la Gallinita o el Gallo, era la persona que obtenía la baraja más baja.
Marcela fue la "beneficiada", el juego consistía en vendarle los ojos, darla vueltas para que se mareara un poco y perdiera la orientación y debía encontrar a alguno de nosotros, la persona a quien tocase, con ella debería tener sexo.Con un pañuelo de seda negro le vendamos los ojos, le dimos unas cuantas vueltas y nos fuimos escondiendo, a tientas nos iba buscando, para fortuna de Martín, fue a él a quien encontró primero.
La prenda consistió en que le hiciera una fellatio en presencia de todos, pero ella debería permanecer vendada, así de esta manera no sabría a cual de los hombres le había tocado. Se arrodilló a sus pies, a tientas fue descubriendo su miembro viril, que ya estaba tieso y con sus manos lo fue tanteando como queriendo reconocerlo, lentamente lo fue saboreando y deglutiéndolo. Lo mamó hasta no dejar una sola gota de esperma en él, luego Martín se levanto, acomodó sus ropas y se sentó. Le quitamos el pañuelo a Marcela, la felicitamos por el buen trabajo realizado, pero no le dijimos quien había sido el favorecido.
Barajamos nuevamente las cartas y las repartimos, quien recibió la menor naipe fue Ignacio. Le vendamos los ojos y reiniciamos el juego. Sus manos inquietas encontraron fácilmente el cuerpo de Marcela. Con sus ojos vendamos fue recorriendo el cuerpo de su presa, para que le fuera más difícil descubrir quién era, tanto Marcela como yo estabamos desnudas. Si bien somos diferentes anatómicamente, le era laborioso reconocer cual de las dos éramos. La acostó sobre el sillón y fue deambulando con su lengua por todo su ser, deteniéndose en sus senos, en su entrepierna, parecía un perro rastrero registrando a su captura. Ver a Ignacio y Marcela de esa manera, despertó en mi unas ganas delirantes de ser penetrada, gozada, pero una de las reglas del juego era, que los demás participantes solo podían mirar, hasta esperar su turno, si es que le tocaba alguna vez.
La estrategia de Ignacio fue deleitarse con ese cuerpo que se le brindaba, disfrutar lo más posible, hacer desear a su trofeo, pero no permitirle llegar al orgasmo. Dio vuelta a Marcela recorrió su columna vertebral en todo su largo, introdujo sus dedos y su lengua en su coño y su ano, ella se retorcía de placer, cuando percibía que su respiración se iba acelerando y llegaría al climax, se retiraba unos segundos y luego volvía a retomar su trabajo.
Cuando sus dedos pudieron comprobar que el ano de Marcela estaba lo suficientemente dilatado, metió toda su verga hasta que sus huevos golpeaban en sus nalgas. Los gemidos de placer de ambos, produjeron que me mojara aún más, caminaba por la habitación como si el estar en movimiento, me daría un poco de paz. Martín sentado en el sillón de enfrente se regocijaba con tal función, él estaba más tranquilo, pues poco tiempo antes le habían hecho una buena mamada.
La leche de Ignacio broto de su pene como un volcán en erupción cubriendo toda la espalda de Marcela. Ella desesperadamente hurgaba en su vagina, a fin de aliviar su enardecimiento, pero su victimario no se lo permitió.Volvimos todos a nuestras posiciones, luego de desvendar a Ignacio le preguntamos si descubrió a su víctima, se rió y dijo:
- seguro fue Marcela, por sus aullidos de placer.
Una vez más los naipes fueron distribuidos, ésta vez me tocó a mí. Me vendaron los ojos, me dieron una cuantas vueltas para desorientarme y salí a buscar mi caza. Mis manos se toparon con una espalda, pausadamente fui recorriéndola para sentir si me era conocida, solo pude comprobar que era un hombre. Como Martín e Ignacio, tienen diferente corte de cabello, se habían colocado unos gorros a fin de ser más difícil descubrirlos. Continué explorando con mis dedos ese cuerpo desnudo. Ambos se habían puesto el mismo perfume, para confundirme. Olfatee todo su cuerpo, lo lamí, lo fui devorando centímetro por centímetro su piel, simulando no saber quién era, tratando de divulgar el secreto de mi captura. Lo goce sin apremios, deteniéndome en cada rincón, en cada agujero, repasé cada vello púbico, tome su glande y me lo introduje totalmente en mi boca, tal un bocado lo fui saboreando, moviéndolo de un lado a otro dentro de mi cavidad; podía sentir sus gemidos, su cuerpo menearse debajo de mí. Como una domadora que quiere adiestrar a su caballo salvaje, me monté sobre él, lo cabalgué hasta dejarlo exhausto.
Tendida sobre él, agotada por el inmensurable placer disfrutado, rompo las reglas y sin quitarme el pañuelo que no me permitía ver, di crédito a mis otros sentidos y le susurré al oído, no hay hombre en esta tierra que me dé más placer, Martín.
Decidimos tomar un descanso, terminar de beber el vino y escuchar un poco de música. Nuestros cuerpos semidesnudos esparcidos por la habitación daban un aire de morbidez. Martín como anfitrión reinicio la recreación, pero esta vez con una variante, todos tendríamos los ojos vendados y todos buscaríamos a todos. Así comenzamos la casería, los pechos de Marcela rozaron mi espalda, al tiempo que sus manos se aferraban a mis caderas, como queriéndome susurrar algo su lengua se poso en mi oreja, jugando con mi lóbulo y mi orificio auditivo. Sentir ese apéndice muscular dentro de mi oído, me estremeció totalmente, dejé que jugueteara allí un rato. La sorprendí asiendo sus pechos con mis manos, no podíamos vernos, pero nuestros otros cuatro sentidos fueron nuestros ojos. Nos palpamos, nos olimos, nos saboreamos, nos oímos.
Al terminar la noche, extenuados por tanto placer dado y recibido, nos quedamos solos con Martín tendidos en la cama, no queriendo dormirnos, por miedo de olvidar lo vivido. Cuando el sueño estaba venciéndome, Martín me dice...
- lo que más me excito esta noche fue verte a ti y a Marcela gozarse.
Cuando nos dimos cuenta con Ignacio que ustedes se habían encontrado, nos quitamos los pañuelos y nos sentamos a ver que hacían. Marcela te tomó por tu cintura, lentamente fue bajando su mano hasta tu Monte de Venus, lo fue explorando con sus dedos hasta internarse en tu cueva húmeda, caliente, se quedó allí hurgando, se llevaba los dedos a su boca saboreando tus jugos.
Debo confesar que me daba celos ver como te disfrutaba, pero era sumamente estimulante la exhibición. Su lengua se metía en tu oreja, dejándote sorda a los ruidos externos, luego te diste vuelta y pasaste de ser la presa a ser la cazadora. La tumbaste sobre el suelo y la hiciste tuya.
Se retorcía de placer cada vez que tus manos y tu lengua la tocaban, abriste sus piernas y te internaste en su segunda boca, la cual te atrapó como la miel a la abeja. La vaciaste, no dejaste de lamer hasta que dejó escapar su último quejido de placer.Eran dos perras en celo, dos lobas hambrientas, satisfaciéndose mutuamente. Dos lobas hambrientas, dos lobas hambrientas...., recordando esas palabras desperté a la mañana, queriendo nuevamente saciar mi avidez.
Paula
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