El inicio del sexo de Marta
Por El doctor
 
Eran las tres y Marta había llegado un poco tarde a comer, su padre le llamo seriamente la atención por su retraso de cinco minutos, aunque si hubiera sabido los verdaderos motivos de su retraso, tal vez la comida se habría fastidiado para todos aquel día. Marta obedeció a su padre y se sentó a comer entre su hermana mayor y su madre, la comida fue animada por las noticias que traía María (la hermana mayor) sobre la posibilidad de dejar la carrera para ir a trabajar a una empresa de Marketing. A Marta no le importaba su hermana, se llevaban diez años y entre ellas ahora esa diferencia era un abismo; de todas maneras su mente no cesaba de recordar las palabras que había oído hoy, al regresar a casa con sus amigas.

Ella era una chica normal, como cualquier chica de trece años; era muy estudiosa, eso sí, y no le importaba no ser miembro de ningún club de fans, ni le importaba ir sin maquillaje y con la ropa antigua de su hermana, Marta vivía en un cuento de hadas arropada por sus padres y con las pocas amigas que como ella, seguían pensando en ir al parque en vez de a la discoteca.

Marta tenía un cuerpo bastante formado para su edad, y aunque siempre protegido y oculto por capas de tejidos generosos en ocultar su belleza, pues bastaba una simple mirada para saber que debajo de aquel montón de angelical ropa, se escondía un cuerpo de Diosa. Sus pechos aún inocentes y en crecimiento, duros como una manzana y suaves como el resto de su piel, luchaban por hacerse ver debajo del vestido. Su piel era pálida, limpia, inmaculada, lisa, pura, sin una imperfección. Perfecta.

Además toda su vida era igual que ella, un ejemplo de metodismo y rectitud, un modelo de inocencia y virtud.

Pero aquel día algo había ocurrido, un tema había salido en la conversación de regreso a su casa y ahora le martilleaba la cabeza. Se puso a estudiar aunque no podía hacer nada para evitar que aquello regresara constantemente a su memoria y a su estomago. ¿Qué le estaba pasando?.

Haciendo un esfuerzo, logro esquivar todos aquellos pensamientos que inundaban su mente y logró concentrarse en los libros que tenía encima de la mesa; cuando terminó se sintió orgullosa de su control sobre todas las situaciones, de su habilidad para concentrase en el estudio que tan buenos resultados le había dado estos años en el colegio.

Pero llegó la noche, el día transcurrió sin mas sobresaltos, su madre le vino a dar el beso de buenas noches y cerró la puerta, dejando tras de sí a una niña inocente y ruborosa, aunque la oscuridad se iba a transformar en algo mas esa noche. Algo iba a ocurrir.
Marta envuelta en su pijama, daba vueltas en la cama intentando dormir, cuando le atacó de nuevo aquella conversación, recordaba cada palabra y cada indicación, empezó a estar nerviosa, estaba sola en aquella habitación y las dudas comenzaron a asomarse a su interior.

Tras una lucha feroz contra el miedo y la vergüenza, Marta bajo su mano derecha hacia sus piernas y empezó a acariciar la suave seda del pijama, una y otra vez, cada vez mas cerca de su pubis. Un calor que no había sentido antes, le llegó desde el estómago. Rápidamente retiro la mano y se puso a temblar, estaba sudando y su corazón le latía a ritmos insospechados, las palabras de sus amigas retumbaban en su interior y el miedo se apoderaba de sus piernas.

Pero aquel ardor aumentaba, aquello tomaba forma en su cabeza, estaba sola, sus padres estaban en el salón viendo alguna seria, y ella quería huir de aquella sensación, pero no podía. Estaba atrapando sus manos, su cuerpo, su mente. Una mano se hundió bajo su camiseta y acarició furtivamente aquellos pechos tan redondos y duros, los dedos estaban presos de una actividad febril, y atraparon un pezón tras otro, lo pellizcaron, lo acariciaron; estaban muy duros y aquel calor seguía en aumento.

Pero estaban demasiado ásperos, sus dedos se hundieron en su boca, sus labios recorrieron su superficie humedeciéndolos, su lengua en un gesto instintivo los acarició, entregando en cada movimiento un poco de aquella saliva dulce y virgen. Y sus manos temblorosas volvieron a recorrer circularmente las pequeñas semillas que coronaban aquellos magníficos senos, produciendo un cosquilleo que se adueño de su pecho; su excitación volvió a dispararse, se junto el ardor de su vientre con el de su mente para llevarla un paso mas allá.

Emborrachada por la sensación de placer que le producían las caricias en sus senos, y enajenada por su excitación comenzó a bajar sus manos por debajo de las sabanas hacia la fuente de aquel intenso calor. En la oscuridad de aquella habitación el miedo estaba perdiendo la batalla, las manos de Marta estaban acariciando su ombligo y proseguían temblorosa pero decididamente su camino. Su cabeza se ladeaba de un lado a otro de la almohada como pidiendo clemencia por el duro castigo al que iba a ser sometida, y comenzó o morderse los labios suavemente.

La habitación su familia, su colegio, sus amigos, sus problemas desaparecieron de su pensamiento, en aquel momento solo existían en su mente las palabras de sus amigas, (que tomaban cuerpo a medida que comenzaba a sentir), su cuerpo y aquel infierno que sentía debajo de su piel.

Frenéticamente retiro el pantalón del pijama junto con su ropa interior, moviendo las piernas hasta bajarlos a la altura de sus tobillos; ahora no se interponga nada entre su ardor y sus manos, las cuales comenzaron a realizar caricias en las cercanías de su vulva. Sus piernas comenzaron a moverse inquietas por debajo de la sabana. Desapareció el miedo y comenzó a disfrutar con cada caricia, sus dedos comenzaron a rozar sus labios mayores; echó la cabeza hacia atrás, arqueando su cuerpo y un pequeño gemido salió de sus labios.

- ¡Marta! ¿Estas aún despierta?- Preguntó su madre instantes después de abrir bruscamente la puerta.

Marta enmudeció por unos instantes; muerta de miedo había retirado las manos de su vulva al oír la puerta, y la sábana impedía ver a su madre su desnudez, pero la sensación de miedo que le invadió tras aquella intrusión en su intimidad, le impidió contestar en primera instancia.

- ¿Marta?.

- ¿Si mama?.

Su madre se acercó y la dijo:

- Buenas noches princesa- y la besó.

Marta estaba muerta de miedo, estaba desnuda debajo de aquella sábana y su madre podía descubrirlo. Pero no fue así y su madre se marchó acto seguido.

El pánico dejo paso a la inseguridad y tras subirse el pantalón, la sensación de miedo y de vergüenza recorrió su cuerpo durante horas, hasta que por fin se tranquilizó lo suficiente como para quedarse dormida.

Pasaron dos semanas y Marta ni siquiera se atrevió a recordar lo sucedido. Pero el ardiente deseo que estaba en su cuerpo, tarde o temprano tendría que volver, y ella lo sabía.

Esa misma noche, se despertó a media noche, estaba sudando y lo estaba sintiendo otra vez. El miedo irrumpió con mas fuerza que la vez anterior, pero del mismo modo, el deseo se volvió incontenible. Sus padres ya estaban durmiendo, eran las dos de la mañana. Ahora sí que nadie le podía molestar. Estaba completamente sola. Dejando a un lado el miedo, marta decidió que tenía que saber lo que le estaba pasando, aquello tendría un fin, y se le antojaba muy dulce como para que nada se lo arrebatara.
Sus manos dejaron de temblar, sus ojos se cerraron y al compás de la melodía que surgía  de su interior, comenzó a desabrochar uno a uno los botones de su pijama, dejando correr su imaginación botón a botón, transportándose lejos del miedo. Acercándose a las orillas del placer.

Botón tras botón dejaba su torso desnudo, y cada botón era una caricia; primero fue el ombligo para despues ir subiendo hacia el pecho, y cuando lo desabrocho totalmente, comenzó a tocar su pecho poco a poco, aumentando a cada segundo el  movimiento de sus manos. Los rodeó y apretó, los acarició por instinto, suavemente y mordió el cuello del pijama para no destrozarse los labios.

Pero ella ya había sentido eso, ya conocía aquel placer, aquellas cosquillas que recorrían sus pechos, y su sexo la estaba llamando, desconocía aquella sensación que surgía de entre sus piernas, allí estaba el misterio y allí acudió sin dilación.

Retiro rápidamente su pantalón y su ropa interior, esta vez por completo, y arqueó las piernas hasta que tomaron la forma de una uve; deslizo su mano por encima de su pubis y hundió sus dedos en la vulva, el placer incontenible que sentía hizo que sus piernas descendieran y se volvieran a arquear, deshaciendo las sábanas con sus movimientos. Sus piernas parecía que le estaban diciendo que siguiera....que entrara.

El cuello del pijama se había humedecido con la saliva que al morder se había resbalado entre sus labios; esa misma saliva humedeció los dedos índice y corazón de su mano derecha y permitió que estos se introdujeran en su vulva separando los labios mayores. Marta volvió a humedecerlos y los frotó suave y rítmicamente, recorriendo toda su superficie interior. Entonces el placer tomo el control de su cuerpo, se adueño de ella y empezó a actuar por instinto, como un animal salvaje, ella no sabía que hacer pero sus manos lo sabían bien. Muy bien.

Por tercera vez cubrió con saliva sus dedos y los llevó por encima de los labios menores, por encima de la entrada a su interior, y allí descubrió aún mas placer, rozó el clítoris y se incorporó por la sacudida de emociones que se produjeron en ese punto de su cuerpo.

Comenzó a acariciarlo y a mover sus dedos de abajo a arriba sobre él, haciendo movimientos concéntricos, se arqueaba y movió la cabeza d un lado a otro en cada movimiento sobre el clítoris. Acababa de iniciar un camino sin retorno, el placer había alcanzado un nivel que ella jamás había soñado y que parecía seguir en aumento.

Siguió sus movimientos sobre él, pero ya no estaban regados por su dulce saliva sino por aquello que recorría de su interior, acariciaba sus labios, recorría las proximidades de su vagina, y hundiendo sus dedos en ella, recogía la savia que su sexo le ofrecía. A medida que introducía la punta de sus dedos en la vagina, la sensación de que algo le faltaba iba en aumento, estaba insatisfecha, necesitaba más; pero de nuevo un roce con el clítoris le llevó a subir un nivel.

Sus pulsaciones se dispararon, la respiración había dejado hacia ya tiempo de ser normal, ahora respiraba por la boca, entrecortadamente, jadeosamente, sus piernas se movían de arriba abajo arrastrando las sabanas que cayeron a sus pies dejándola desnuda sobre la cama; sus dedos seguían recorriendo su clítoris mientras que ella miraba el techo con los ojos cerrados jadeando y pidiendo por Dios que aquello acabara, necesitaba algo que no quería llegar.

La cuenta atrás había terminado, de repente, su placer se multiplicó, su respiración se contuvo, aquello que sentía aumentaba, aumentaba, aumentaba, sus piernas comenzaron a temblar y su cuerpo entero se arqueo quedando elevado por los pies y los hombros. Una profunda respiración y un pequeño grito de placer dieron paso a respiraciones rápidas y a pequeños gemidos. Una mano frotó frenética el clítoris mientras que la otra introdujo sus dedos dentro de su boca, pero necesitaba más, su placer subía, subía, estaba arriba, aún no, más, más, gritó y todo su cuerpo tembló mientras algo explotó en su interior.

El doctor
 
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