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Al final nos decidimos a fumar el último porro. Eran ya pasadas las seis de la madrugada pero no teníamos sueño; nos habían pasado demasiadas cosas como para dormir.El piso no estaba ni mucho menos fresco. El gato dormitaba sobre la alfombra, al pie de las escaleras y al vernos levantó la cabeza y se nos quedó mirando fijamente. Lo cierto es que me hizo sentirme mal. Jordi me apretó los hombros. Pasamos al salón.
Teníamos un pacto tácito para no dejarnos llevar. Estábamos dispuestos a respetarlo y nos sentamos uno en cada esquina del sillón. Manolo García sonaba despacito en la cadena, nos envolvía con su voz a pesar de mis quejas porque yo prefería que fuera Sabina el que nos acompañara en aquel amanecer. Al final cedí porque sabía que aquella música me dejaba mantenerme con los pies en el suelo y disfrutar de la compañía.
Me levanté a por una botella de agua mientras Jordi se ponía a la faena. Aproveché para levantar un poco más la persiana para ver el amanecer.
La llama le iluminó los ojos semi cerrados. Me recosté en el sillón y le miré mientras fumaba con los ojos cerrados. Me miró y sonrió. Alargó un brazo y me tocó una rodilla. Dejó reposar la mano encima de mi rótula y empezó a canturrear bajito.
Poco a poco, como un gatito, sin que yo pudiera ni darme cuenta empezó a invadir mi espacio, como un guerrillero silencioso. Cuando abrí los ojos sus brazos me tenían sitiada y su boca había empezado una excursión por mi espalda. Me dejé hacer como una gata mansa, aparté mi melena y depositó su cabeza en mi hombro abrazándome por la cintura. Manolo García rompía el silencio.
Trataba de no dejar que su boca conquistara la mía, jugábamos al ratón y al gato a medio centímetro nuestros labios. Finalmente vencí al acoso y me abandoné a sus besos, sentía que aquella boca debía ser mía y mordía sus labios y apresaba su lengua entre los míos. Instintivamente abrí las piernas y se colocó entre ellas, descargando su peso sobre mi cuerpo. Me volvía loca esa sensación de estar a merced de su fuerza.
Me cogió los brazos y me los estiró, sujetándomelos con una sola mano mientras deslizaba la otra desde mi oreja, pasando por mi pecho, deteniéndose en mi cintura hasta el centro de mi cuerpo, que apretaba por encima del vestido.
Entonces sentí que deseaba sentir su piel con la mía más que nada en este mundo y la ropa desapareció y nos quedamos desnudos, solo arropados por la tibia luz del amanecer inminente. Ahora el deseo me nublaba los sentidos y empecé a suplicar las caricias, a buscar su boca, a apretar mi cuerpo contra el suyo.
Se hizo esperar, me hizo sufrir todo lo que pude resistir y cuando estuvo dentro de mi no pude más que sonreír para acto seguido abrir los ojos y verle. Mirar sus ojos, mirar su boca, mirar sus hombros, sus manos, su estómago, su sexo en el mío. Ver como se movía, como me acariciaba, como gemía, como apretaba sus dientes, como sus cejas se arqueaban al oír mis gemidos...
Lo que empezó como una danza sensual, suave y cálida se convirtió en una marejada de calor, de sudor y de saliva. Él sabía lo que yo quería y como lo quería y me lo dio sin reservas.
El orgasmo fue revelador, como un terremoto, como una explosión cuya onda expansiva recorrió mi cuerpo; mis muslos, mis rodillas, mis pezones, mi espalda, mis labios y mi pelo sintieron aquella vibración, aquel calor, aquel placer que Jordi gratuitamente me brindaba.
Se detuvo un instante y me miró en silencio. Luego puso esa cara de vicio que tanto me gusta y se lanzó a la búsqueda de un segundo trozo de cielo para mí y su propia parcela de placer, que yo tenía escondida y estaba dispuesta a regalarle.
Cuando me desperté estaba en mi cama, sola, con el camisón. En la silla reposaba la ropa del día anterior, no había rastro de mi vestido. Miré el reloj: las cinco y media. Nosotros habíamos llegados a las seis y diez. Me levante pronta y fui al salón a buscarle, a buscar rastros que me hicieran ver que no había sido un sueño.
En el sillón descansaba el gato, ronroneando levemente. No habíamos roto el pacto, aún no éramos uno del otro, aún no habíamos llegado a la cumbre del placer juntos. Todo era un sueño, un sueño maravilloso, pero un sueño.
por Lince
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