Entre libros
Por Eva
 
Por fin era viernes, se había acabado una larga semana de trabajo, estaba deseando llegar a casa, darme un baño y salir a dar una vuelta, pasar por mi librería favorita, perderme entre los miles de libros y... verte a ti, allí, con un libro en una mano y una sonrisa en los labios al verme entrar.

Durante 6 meses había hecho todos los  viernes noche la misma ruta. Entrar, saludarte, preguntarte qué tal la semana, devolverte el libro y escuchar tus recomendaciones. Al principio sólo eras un chico amable, una cara agradable tras un mostrador, poco a poco te convertiste en alguien especial, no sabía absolutamente nada de ti, sólo tu nombre –David- y tu pasión por los libros.

Como siempre entré a la misma hora, las 19’30h, me gustaba ir a última hora, tener toda la librería para mí, bueno, y saber que estabamos tú y yo solos.. Aquella tarde estaba muy nublada, por un momento pensé en no ir, pero no podía pensar en pasar otra semana sin verte. Abrí la puerta del establecimiento y allí estabas, con un libro y tus aires de misterio.
 

-Hola David.
-Hola Eva, ¿qué tal la semana?.
-Agotadora, pero por fin es viernes. Necesito más tiempo, no he acabado de leer el último libro que me llevé, lo siento.
-No hay problema, te lo dejo un par de semanas más.
-No, con una será suficiente.
-Entonces no quieres llevarte ninguno más.
-No sé, voy a curiosear un rato por ahí, ¿hay algo nuevo esta semana?.
-Es mala época para sacar libros, ya esperan a Navidad, sólo faltan tres semanas.
-Bueno, de todas formas echaré un vistazo por ahí.
-Tú misma, estás en tu casa.

Cada vez estaba más nerviosa cuando hablaba contigo, mis piernas temblaban, mis manos sudaban, me fui hacía las estanterías del fondo mientras pensaba: -Eva, no seas tonta, no sabes nada de él, quizás esté casado y tenga cuatro críos o incluso es posible que su pareja se llame Juan, baja a la tierra, o le dices algo de una vez o dejas de imaginarte cosas-

Estuve mirando libros un buen rato, el tiempo se me pasó volando, se oía de fondo la lluvia y de vez en cuando algún trueno perdido; la intensidad de la tormenta fue en aumento. De repente una mano tocó mi hombro, no pude evitar sobresaltarme.

-Lo siento, no era mi intención asustarte.
-No te preocupes, no ha sido nada.
-¿Has venido en coche?
-¿Perdón?
-¿No te has dado cuenta de cómo llueve?, si has venido caminando llegarás empapada a casa.
-Pues no, no he pensado en traerme el coche, me apetecía pasear un rato.
-Yo, no sé cómo decírtelo, pero bueno, quizás te apetezca subir un rato a mi casa, hasta que deje de llover, o mejor podemos preparar algo y cenar juntos. Si no te parece mal, claro.
-No quisiera ser demasiada molestia.
-Para nada, me gustará que lo hagas.

Caray, seis meses pensando en cómo pedírselo y acababa de hacerlo él. Ya volvía a imaginar cosas, sólo era un buen chico al que le sabía mal que me mojara.

-No sabía que vivieras cerca de aquí.
-La casa era de mi abuela, una apasionada de los libros. Abajo está la librería y arriba es donde vivo. Te gustará, está repleta de libros, pero tienen un valor sentimental demasiado altos para ponerlos a la venta o en préstamo.

Subimos arriba, me enseñaste la casa, realmente era bonita, con muebles antiguos y con muchísimos libros en los que perderse.

Mis nervios poco a poco se fueron disipando con tu conversación y la confianza que me transmitías. Preparamos ensalada de pasta y filetes para cenar, de postre fresas con nata. Seguía lloviendo, no parecía que fuera a parar en breve. Durante la cena hablamos de ti, de la librería, de la gente que pasa por ella, de cómo se puede conocer a una persona por lo que lee. Me encantaba escucharte, la conversación era amena. De repente te pusiste a hablar de una cliente especial, a la que te gustaba atender, recomendarle libros, hablar unos minutos cada semana.

En ese momento me sentí fatal, pensé Eva, todas tus dudas acaban de disiparse, le interesa alguien, sólo estaba siendo amable contigo, nada más.

-Bueno, gracias por la cena y por la conversación, pero ya es tarde.
-¿Ya te vas?, no ha dejado de llover.
-No pasa nada, no tardaré mucho en llegar a casa. Gracias por todo.
-Eva, ¿te vas porque te he hablado de esa chica?.
En ese momento no pude hacer más que bajar la mirada, no sabía qué hacer, qué decir.
Cuando volví a mirarte, me acariciaste la mejilla, un escalofrío recorrió mi espalda.
-Eres una tontita, esa persona de la que te he hablado... eres tú. Me paso la semana deseando que llegue el viernes para verte entrar por la puerta y compartir contigo unos minutos. Nunca me atreví a decirte nada porque pensé que estarías con alguien, ni siquiera ahora sé si he metido la pata, quizás estés casada o comprometida, o...
-Yo... me sentía igual, pensaba que yo no era más que alguien a quien te gustaba recomendar libros, nada más.
-Mi pequeña tontita, tantos días imaginaba que te invitaba a cenar y por fin hoy me he atrevido, tenía miedo de que me dijeras que no podía ser.

En ese momento dejaste de acariciarme la mejilla para acariciar mis labios, me parecía mentira, pero tú sentías lo mismo que yo. Poco a poco te fuiste acercando a mí, despacio. Me miraste a los labios y después a los ojos, volviste a bajar la vista a mis labios. Me besaste muy dulcemente, muy suavemente. Me volviste a mirar y me dijiste:

-No te vayas, quédate conmigo, por favor.

Ahora fui yo la que te besé, no quería irme, para nada. Me cogiste de la mano y me llevaste al dormitorio. Allí me besaste  de nuevo, dulce, intenso, cálido, mientras tus manos acariciaban mi cuello, las mías se deslizaban por tu espalda. Me sentía tan bien. Poco a poco fui desabrochándote los botones de la camisa. Entonces tú me paraste y me dijiste:

-¿Estás segura?, no quiero que hagas nada que no te apetezca.
-Schiisstt, bésame.

Claro que estaba segura, en ese momento no había nada que me apeteciera más, que deseara con más fuerza.

Te acercaste a mí y me besaste en el cuello haciéndome vibrar. Mientras pasabas la lengua por debajo de mi oreja terminé de desabrocharte la camisa. La eché hacia atrás hasta que acabó en el suelo. Mis manos recorrían tu pecho, fuerte, cálido, seguro. Me sentía muy, muy bien. Me besaste en los labios, seguía siendo un beso dulce, pero ahora era más firme y seguro. Tus manos se introducían bajo mi camisa, acariciaste mis pechos por encima del sujetador, era tan intenso...

Empecé a desabrochar el cinturón de tu pantalón, pero se me resistía, hasta que te pedí ayuda:

-Por favor, se niega a ser desabrochado, me ayudas.
-Claro, mira, dame tus manos, es muy fácil.

Sin duda era muy fácil, pero mis manos decidieron acariciar algo que era evidente, mejor que pelearme con un cinturón.

Me encantaba lo que estaba notando, duro, muy duro. Cuando desabrochaste el pantalón, yo hice el resto. Los botones no se me resistieron, metí la mano dentro del slip mientras notaba como te contraías. Mientras yo hacía eso tu empezaste a desabrochar mi camisa, la sacaste suavemente. Ibas a desabrochar el sujetador cuando te paré y te dije que esperaras un momento. Te besé en los labios, después en la oreja, en el cuello y fui bajando, por el pecho, la barriga... hice que te sentaras en la cama y yo me arrodillé entre tus piernas. Te miré y pregunté:

-¿Puedo?
-Hazlo, por favor, estoy deseándolo.

Te sonreí y te di un ligero beso en la comisura de los labios. Mis manos recorrieron tu pecho, jugueteando con su vello. Poco a poco fueron bajando por las piernas, volvieron a subir, y se pararon en el centro. Me encantaba ver lo que tenía delante, estaba duro, caliente, rojo y era todo para mí. La cogí con la mano derecha, tu soltaste un ligero gemido. Moví la mano muy despacio hacia arriba y hacia abajo. Me acerqué poco a poco y muy suavemente rocé la punta con mi lengua, después bajé un poco más por el lateral izquierdo, subí e hice lo mismo por el derecho. Cuando llegué arriba la introduje poco a poco en la boca, notaba como tus manos acariciaban mi espalda. Empecé a chupar y succionar, primero despacio y después fui incrementando el ritmo. Me encantaba que me acariciaras el pelo mientras yo estaba entre tus piernas. Sin darme cuenta desabrochaste mi sujetador. Los tirantes cayeron hacia los lados. Me acariciaste el cuello y me dijiste:

-Eva, ven, sube, acércate.

Me incorporé, mi sujetador cayó del todo. Me besaste en el cuello mientras tus manos acariciaban mis pechos desnudos. Todavía estaba temblando por lo que acababa de pasar y ya notaba nuevas sensaciones. Desabrochaste muy suavemente mis pantalones, los bajaste, primero saqué una pierna, luego la otra. Me tumbaste en la cama con mucha ternura, mientras tus manos acariciaban mis costados. Me besabas en el cuello, mis dedos se enredaban en tu pelo. Fuiste bajando la mano derecha hasta llegar a mi pecho donde jugueteaste con el pezón mientras mi espalda se arqueaba. Bajaste la lengua por mi cuello, despacio, muy suavemente, cada vez más cerca... Besaste primero la aureola, después el pezón, lo mordisqueaste suavemente; sentí un ligero dolor pero me encantó. Después de unos minutos continuaste bajando. Tus manos recorrían mis muslos con destreza, haciéndome agitar de placer. Abriste muy delicadamente mis piernas, tus dedos jugaron con mi vello unos segundos, para después sumergirte en mi sexo. Notaba como tu lengua acariciaba mi clítoris, y como cada vez estaba más mojada. Uno de tus dedos se introdujo en mi vagina muy suavemente, me encantaba lo que estabas haciendo; sacaste el dedo para pasarlo por mis labios, estaba ligeramente salado, pero era agradable la sensación. De nuevo estabas abajo, separaste suavemente los labios para acariciarlos con tu lengua, en ese momento mis límites del placer se desvanecieron para dar paso a un cúmulo de sensaciones. Metiste otro dedo, y después otro, empezaste a meterlos y sacarlos con cuidado, despacio, incrementando el ritmo progresivamente.

-David, por favor, hazlo, te deseo.
-Paciencia, relájate.

Seguiste sacando y metiendo tus dedos durante unos minutos, minutos interminables de placer.
Te incorporaste y me besaste en el cuello, en la oreja, en los labios. Estabas encima de mí y poco a poco noté como me ibas penetrando, con mucho cuidado, con mucho cariño, hasta que estuviste totalmente dentro de mí. Entonces empezamos a movernos, los dos al mismo ritmo, sintiendo, vibrando. Me encantaba lo que tus ojos transmitían, placer, deseo, ternura. La pasión y el ritmo iban aumentando.

-David, espera.

Te besé primero sólo ligeramente, después mis labios abrieron los tuyos, mi lengua jugueteó con la tuya, en un beso cálido y muy, muy húmedo.
Te tumbaste, yo me incorporé, bajé un poco y te besé en el pene, tan dulce, tan caliente. Me fui sentando poco a poco encima de ti, notando como iba entrando despacio, hasta el fondo. Empecé a moverme arriba y abajo mientras tus manos apretaban mis pechos. Me encantaba lo que estaba sintiendo, lo que sabía que tú sentías, lo que veía en tus ojos. Notaba tus escalofríos, eran mis escalofríos. Mis manos cogieron las tuyas, bajé un poco, te besé en los labios. Con las manos entrelazadas seguí subiendo y bajando, aumentando el ritmo cada vez más. Mis gemidos se confundían con los tuyos. Hasta que finalmente llegamos los dos  a la cima. Tus contracciones eran las mías, tus sentidos eran los míos. Los dos fundidos en un mismo placer. Te besé en la comisura de los labios y me tumbé a tu lado, con la cabeza apoyada en tu pecho que aún agitado subía y bajaba, sentía el latido de tu corazón. Me encantaba sentirte tan cerca, tan próxima, tan mío mientras me acariciabas el pelo.

Estuvimos sin decir nada durante unos minutos, sólo abrazados. Nuestras respiraciones se relajaron.

En ese momento me besaste en los labios y me susurraste al oído.

-Te he comentado que tengo una bañera redonda, creo que sería cuestión de presentártela, cuando vuelva a ser yo claro, es decir, dentro de 10 minutos... –sonrisa picarona-
-Me encantará conocerla, creo que podríamos llegar a ser muy buenas amigas...
 

Eva
 
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