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Conocí a Zoraida durante estas vacaciones de Navidad. Era un viernes por la noche e iba con mis amigos por la calle, en busca del siguiente local donde seguir con nuestra degustación de buen alcohol. Llegamos a uno con buena pinta, enfrente del cual había una gran algarabía procedente de un grupo de muchachas, de unos 18 años como mucho, que se reían y movían escandalosamente. Aunque parecían muy jóvenes, todas tenían un buen polvo y algunas estaban muy pero que muy buenas. Nos quedamos observándolas un rato, comentando las tetas tan grandes que tenían algunas para su edad.
Una de ellas llevaba un gorrito de Papa Noel encima de su rizada cabellera rubia. Corría de un lado a otro para hacer sonar el cascabel que colgaba de él. Sus pechos juguetones botaban dentro de su ceñido jersey. Al pasar por mi lado, yo le robé el gorro al vuelo. Sorprendida, se volvió hacia mí y me pidió que se lo devolviera con una voz que me pareció muy sexy. Yo me negaba y ella me rogaba como una chiquilla, entornando los ojos y poniendo cara de putita complaciente. Le prometí que se lo devolvería si me daba un beso en la boca. Ni corta ni perezosa, acercó sus jugosos labios a los míos. La apretujé contra mí y le pegué un buen morreo en medio de la calle, entre los vítores de mis amigos. Su aliento sabía a cerveza; seguramente la causa de tanta exaltación. En cuanto la solté, ella cogió su gorro, se lo puso y me abrazó volviéndome a besar, aunque esta vez fue ella la que recorrió toda mi boca con su lengua.
Cuando nos volvimos a separar, la miré bien y descubrí que la chica era una verdadera belleza: la piel muy lisa y blanca, las cejas depiladas muy finas dándole un aire de pícara, ojos verdes sutilmente perfilados con lápiz azul, a juego con el maquillaje azul claro sobre sus párpados, y unos carnosos labios pintados de rojo. Era pequeña pero tenía el cuerpo muy bien contorneado: unos buenos pechos erguidos, cintura estrecha y redondas caderas. Llevaba la minifalda del colegio, sin medias, sólo con unos calcetines, con lo que se podían contemplar sus bien formadas piernas. Deseaba comerme a aquel bombón.
Le sugerí que entrara conmigo y mis amigos al local y le invitaría a una copa. Me dijo que tenía que consultárselo a sus compañeras. Todas aceptaron y vinieron a presentarse. Nosotros sólo éramos cuatro y ellas en total diez, así que tocábamos a más de 2 tías cada uno. ¡Genial!
Aprovecharon el gran tumulto que formábamos todos juntos, para colarse en la discoteca sin enseñar ninguna el carnet. Una vez dentro, cogí fuertemente de la cintura a la del gorrito. Nos dirigimos directamente a la barra y pedimos consumiciones para todos. Mientras bebíamos le pregunté su nombre y su edad. Se llamaba Zoraida, tenía 17 años y estudiaba C.O.U. Me contó que quería ser periodista, justamente lo que yo estoy estudiando, así que me ofrecí a ayudarla cuando entrara en la Facultad. Me dijo que era muy amable y muy guapo. Puse mis manos en su nuca y con los pulgares empecé a acariciarle las mejillas. Ella se estremecía con su simple tacto. De nuevo, le propiné un largo beso. Le pregunté si tenia novio, pero ella me dijo que era demasiado joven para eso. A mí no me gusta putear a otro tío, aunque no lo conozca, enrollándome con su chica. Así, como Zoraida me aseguró no tener pareja, yo tenía vía libre para montarme en ella, como un taxi.
Continué besándola y empecé a meterla mano con discreción. Primero, estuve tocándole el culo, prieto como una pelota de goma. Luego, seguí lamiéndole y mordiéndole el cuello, mientras subía lentamente mis manos hacia su pecho. Antes, al abrazarla en la calle y acariciarle la espalda, me había percatado de que no llevaba sujetador, lo cual explicaba el exagerado balanceo que me había llamado la atención al verla correr. Despacio, tenté las tetas por fuera de la ropa, hasta que noté que sus pezones se endurecían, atravesando el punto del jersey. Pasé a meter una mano por debajo, atento a su reacción. Cuando estaba a punto de pellizcarle el pezón, ella me sujetó los dedos. Para disuadirla, me puse a comerle la oreja, introduciéndole la lengua mojada en cada pliegue y calentándola con mi aliento. La cosa resultó, pues pronto me soltó, dejándome tocarle la teta. Casi toda me cabía en el cuenco de la mano. No tenía el pecho demasiado grande, pero era más que suficiente y, principalmente, estaba muy bien puesto. Se notaba que, dada su juventud, probablemente sus tetas no habían sido maneoseadas en muchas ocasiones, sino que mantenían aún toda la elasticidad de los pechos adolescentes. La estrujé suavemente varias veces, mientras seguía pasando mi lengua por todo su joven cuello. Al ir a meter la otra mano debajo del jersey, para asirme a su par de tetas, ella me sugirió, susurrándome al oído, que nos fuéramos a un rincón para estar más en privado.
Era difícil tener algo de privacidad en ese sitio, ya que la discoteca estaba hasta arriba. No obstante, en aquella esquina oscura, cercana a los lavabos de tíos, pasábamos un poco desapercibidos. Acontrallé a la piba contra la pared y seguimos por donde íbamos. Le subí el jersey para ver lo que antes había palpado. El panorama era muy excitante: tetas redonditas y erectas, sudorosas y palpitantes. Mordisqueé sus pezones en punta, con lo que ella empezó a gemir. Junté con las manos ambas tetas para poder chupar los dos botoncillos a la vez. Zoraida daba gemidos cada vez más altos, arropada por la música, que estaba a todo trapo.
Arqueó la espalda para sacar todo lo que podía el pecho para afuera y ponerme, más todavía, las tetas en la boca. Para comérselas, ya no necesitaba ayudarme con las manos. Pero, yo no soy de los que se quedan cruzados de brazos, así que comencé a trepar con los dedos a lo largo de sus muslos hasta alcanzar sus bragitas. Ella tampoco era manca, porque en ese punto ya me estaba dando tal magreo al culo que la picha se me alargaba por momentos, tal vez buscando ser acariciada por esas suaves manos, como se estira el tallo de una flor en busca de la luz.Sí, mi capullo estaba creciendo a pasos agigantados, con las caricias de la chica y sus suculentos pechos, pero, no era luz lo que quería, sino cobijarse en la oscura cueva que Zoraida tapaba con sus bragas. Pensando en ello, se las aparté con una mano, tanteé el chocho húmedo con la otra y deslicé el dedo anular hasta el chorreante agujero. Ella dio un grito de placer. Empecé a mover el dedito dentro. No podía moverlo mucho porque las paredes de su vagina eran muy espesas y se cerraban alrededor del anillo de plástico, con el que siempre corono el dedo que me abre el último coño dentro del cual he estado.
Entonces, me dio por pensar que aquella mujer de 17 añitos, con el chocho tan tirante, podría ser que estuviera sin desvirgar. De todas formas, todo eran suposiciones mías, porque yo nunca antes había estado con una tía virgen y no tenía ni idea de cómo son por dentro. Además, por la forma con la que se contoneaba, estaba claro que me estaba pidiendo más. Y yo no iba a dejar aquel coñito babeante intacto.
Encajé el dedo hasta donde pude y toqué una zona rugosa. Había encontrado su punto G. Presioné con ganas aquella almohadilla y escuché un intenso gemido, que me indicaba que ahí era donde más le gustaba. Apreté el dedo rápidamente contra el bulto, que se volvía cada vez más grande y esponjoso. Zoraida abrió las piernas y me apretujó la cara entre sus tetas. Mientras lamía sus pezones y pasaba mis labios humedecidos por sus pechos, incrementaba la velocidad con la que la follaba mi dedo. Estaba a punto de cambiar de dedo, cuando noté un flujo gelatinoso resbalando por mi mano y oí sus gritos de éxtasis sobrepasando la música.
Paró de chillar y se quedó sin respiración. La miré y le pregunté que qué tal. Me respondió con una bonita sonrisa que había sido increíble, pero que en un instante había sentido como si se hubiera hecho pis. Aún tenía el dedo dentro de su ardiente coño. Se lo saqué y le mostré mi mano empapada del líquido lechoso que había echado. Me lamí un poco entre los dedos.
-¡Te he hecho eyacular, chavala!, le dije, ¡y ahora me toca a mí!
Humedecí sus gruesos labios con su corrida en mis dedos. Zoraida me los lamió uno a uno, mientras me bajaba la cremallera para pillar mi dura verga. Primero me la estuvo sobando por fuera del calzoncillo. Puso cara entre sorprendida y viciosa cuando comprobó las magníficas dimensiones que había adquirido mi polla. Buscó la raja del slip y por ahí me la sacó. Allí estábamos los dos: ella enseñando las tetas y yo con el cipote fuera, rodeados de gente bailando y divirtiéndose ajenos a nuestra juerga privada.
Con su pulgar extendió las gotas de semen que empezaban a asomarse alrededor de mi inflado glande. Después, ahondó más su mano en los calzones para jugar con mis huevos. A continuación, abrazó mi ancha tranca con sus cinco dedos y se dispuso a machacármela. Estaba a punto de correrme, imaginando que eran sus jugosos labios, con los que seguía chupando mis dedos, los que hacían bajar y subir la piel de mi pene una y otra vez. Si me corría ahora, pensaba, me daría tiempo a recuperarme tomándome otra copa, antes de llevármela al baño para follarla de verdad.
De repente, soltó mi picha y se bajó apresuradamente el jersey, mirando a uno de los lados. Había tres tipos observándonos con los ojos como platos. Le dije que pasara de ellos y que siguiéramos con lo nuestro, pero Zoraida ya se cortó. Le dije que nos podíamos esconder en el cuarto de baño, pero no la convencía ya que decía que en ese local la conocían.
Con las ganas que tenía de tirármela, no dudé en ir a pedirle prestado el coche a uno de mis amigos. Hice señas a Jesús para que se acercara y le expliqué la situación. Él lo comprendió y me dio las llaves de su Peugeot. Recogí a Zoraida rápidamente y le dije que nos íbamos los dos a otro sitio. Al principio se opuso a marcharse por no dejar solas a sus amigas. Pero le dije que el lugar al que íbamos estaba cerca, con lo que luego podríamos volver. Además, le hice ver que ellas no se iban a dar cuenta de nuestra ausencia, puesto que la mayoría de sus compañeras, las que no estaban demasiado borrachas, parecían disfrutar del trato que les daba mis amigos, quienes tampoco perdían el tiempo.
Al pasar por el medio del grupito, para despedirnos temporalmente, Jesús, que sabía dónde íbamos en realidad y que conoce mis gustos sexuales por algunas experiencias íntimas que le he contado, se le ocurrió decir: Me podríais llevar con vosotros y hacemos un trío. Viendo la oportunidad, añadí: Si la pibita quiere, la complaceremos los dos. Zoraida estaba demasiado aturdida para responder con la mente, pero su chocho fogoso contestó en su lugar: Mejor, cuanta más compañía mejor.Jesús le tomó la palabra y se salió con nosotros de la disco. Cuando ya estábamos en la puerta, la chica empezó a arrepentirse y dijo que había sido una broma. Pero, Jesús no bromeaba e insistió en acompañarnos ya que el coche era suyo.
Nos fuimos los tres al callejón donde había aparcado y nos sentamos en la parte trasera, con Zoraida en medio. Ella y yo nos besábamos, mientras que Jesús le acariciaba los muslos. Le quité el jersey de una vez, dejando al descubierto sus bonitos pechos. Yo le amasaba una teta y Jesús le chupaba la otra. Zoraida tiraba de nuestras camisetas intentando desnudarnos. Estando entre colegas es absurdo tener pudor, así que me quité la camiseta, los pantalones y el slip; todo, salvo los calcetines. Jesús me imitó y también se quedó en pelotas. Los dos nos pusimos de rodillas en el asiento, con los rabos empinados apuntando a Zoraida. Miró a ambos, comparando. Puede que Jesús tuviera el cipote más largo que yo, pero el mío estaba gordo a reventar. A Zoraida se le notaba encantada con aquellas dos trancas frente a ella y supo cómo reaccionar. Empezó a masturbarnos a la vez; primero con la mano, después a lengüetazos y, por último, chupando una y otra polla alternativamente.
Yo no aguantaba más. O bien se la metía en el coño, o me explotaba en su cara. Prefería descargar dentro de ella. Jesús, previendo mis intenciones, tumbó a la chavala dulcemente. Él le remangó la minifalda y yo le bajé las bragas. Tenía los pelos del coño rubitos. Esa visión me puso todavía más cachondo, puesto que era el primer chocho dorado que me iba a follar.
Saqué un condón de uno de los bolsillos de mi pantalón. Al ir a abrirlo, Zoraida me lo impidió. Mejor; si ella no quería usar la gomita, sería para no perder nada de sensibilidad. Me acomodé encima de ella suavemente. No me tumbé del todo sobre la chica, sino que me quedé en una posición similar a la de hacer flexiones. No quería aplastarla con mi peso, puesto que ella parecía muy delicada, mientras que yo estoy muy fornido desde que voy al gimnasio. Restregué mi pubis contra el suyo, de manera que mi rígida verga frotaba su raja. Ambos estábamos muy lubricados con nuestros respectivos jugos, con lo que el roce entre nuestros sexos daba muchísimo placer. Asombrosamente, mi tranca seguía aumentando de tamaño, al igual que su clítoris, por lo que pronto tropezaron.
En ese instante, Zoraida me pidió que parara. Pero, ya se sabe que cuando las mujeres te dicen que no, en el fondo quieren decir que sí. Por eso, coloqué la cabeza hinchada de mi polla a la entrada del agujerito. No obstante, esta vez su negativa iba en serio. Se zafó de Jesús, que la estaba sujetando por las tetas, y se incorporó.
¿He hecho algo mal?, le pregunté. Zoraida estaba temblando y sudando. Sus labios brillantes susurraban algo. ¿Qué te pasa?, le preguntamos los dos al unísono. Parecía dubitativa en contestar, pero, al fin habló: Soy virgen; nunca he hecho el amor y no sé si me atrevo.
Jesús la calmó contándole que tampoco él lo había hecho nunca, lo cual era completamente mentira, pero que estaba seguro de que debía molar un montón. Le acarició la cara y el cabello, y la alabó un poquito, resaltando que aquel cuerpo tan perfecto estaba ya totalmente preparado para gozar con el sexo. Zoraida se sintió muy halagada con las palabras de Jesús. Este amigo mío siempre ha tenido muy buena labia con las tías. Le confesó que, mientras estábamos todos en la discoteca, él se había enamorado de una de sus amigas, que resultaba ser la íntima de Zoraida. Jesús le contó que deseaba más que nada en el mundo poder hacer el amor con esa chica, pero temía no saber satisfacerla. Por eso, le dijo que le haría un gran favor si ella y yo lo hacíamos para que él aprendiera de un experto como yo frente a una primeriza.
El rollo que se marcó mereció la pena, porque Zoraida se lo tragó, se amansó y volvió a acostarse en el asiento con las piernas abiertas. Ahora todos nos habíamos tranquilizados, pero también nos habíamos quedado un poco fríos. La larga polla de Jesús ya se estaba doblando. Mi pene permanecía tieso, aunque había perdido algo de anchura. Hurgué el coño de Zoraida y me di cuenta de que estaba quedándose seco. Pero en seguida la motivé diciendo: No te preocupes, nena, porque volveré a sacar leche de tu chocho en un santiamén; pero, tú tienes que hacer lo mismo con mi picha.Me di la vuelta para hacer un 69: metí la nariz en su conejo y mi cipote en la boca de Zoraida. Vi que Jesús se hacía mientras una paja para endurecerse la tranca. El coño peludo olía fuertemente a sexo. Abrí bien la vulva. También en el chocho tenía unos labios enormes. Se los lamí e intenté introducir mi lengua en la boca de su vagina, comprobando que no estaba muy dada de sí. Empezaba a creerme que la historia que se marcaba Zoraida sobre su virginidad era cierta, pero, cuando la tía comenzó a mamármela como la mejor puta profesional, me convencí a mí mismo de que todo era un cuento para no llegar a la penetración. Aquello no lo iba a permitir, yo tenía intención de mojar esa noche. Con ese fin, le comí el coño con tal habilidad que no tardó nada en volverse a correr, rezumando por todas partes.
Me levanté, sacándole con cuidado de la boca mi polla, que había recuperado todo su vigor. Jesús le indicó a Zoraida que sería mejor que se sentara encima de mí, para que la metida fuera como la seda. La chica así lo hizo. Yo sabía que Jesús lo quería así para que no le mancháramos el coche por si, en verdad Zoraida estaba sin usar, ella se ponía a sangrar al penetrarla.
Alcé un poco a Zoraida, que apenas pesaba nada, para coger el rabo y colocarlo en el punto adecuado. Jesús la sostenía el culo y le lamía las nalgas. Tuve algunas dificultades para que entrara. Zoraida daba algún quejido leve, mientras que su conejo chorreaba como un manantial. Jesús untaba con el líquido que brotaba de su raja la del culo. Cuando logré meterla, sentí más placer que nunca. Tanta presión contra mi verga me producía una sensación orgásmica. Las bolsas de mis testículos estaban cargadas al límite, pero quise aguantar un poco más para que Zoraida también disfrutara al máximo conmigo. Fuera o no aquella su primera vez, no iba a olvidarla. La agarré de la cintura e introduje el cimborrio hasta el fondo. Ella se quejó y se puso rígida. Creía que le había hecho daño. Mi creencia ingenua se volvió a difuminar cuando Zoraida comenzó a contornearse con fantástica sutileza, para rozarse con mi pollón en su interior y con mis abultados cojones externamente frotando su vulva. Se movía con brutalidad. Parecía que me follara ella a mí, en vez de al revés. Jesús se apartó ante tal brusquedad. Zoraida comenzó a gritar como una salvaje al llegar al orgasmo y yo ya descargué. Le inundé de semen todo su estrecho túnel. Yo me quedé tan a gusto, pero Zoraida no había terminado.
Hasta que mi cipote no se quedó fláccido del todo, ella no se quitó de encima. Me puso el chocho, colmado de corrida, en la cara. Sorbí un poco aquella sustancia entre salada y picante. Mientras, la nena se fue a comerse a Jesús. Acercó sus labios de mamona al pene alzado de mi amigo y se lo tragó entero. Con los dedos ella misma se abrió la almeja y se dispuso a golpearse el clítoris con el índice. Su cabeza iba y venía al ritmo frenético con el que se masturbaba. Jesús gemía cada vez con más intensidad hasta que soltó el pepinazo sobre el lindo rostro de Zoraida, que había pasado de ángel a zorrón en aquella noche. Ella tuvo otro orgasmo y me pringó al apoyar su coño extendido sobre mi pecho.
Jesús sacó unos clinex de la guantera para limpiarnos. Entonces, vi que en la punta de la polla tenía sangre. ¿Le había roto el himen a Zoraida? Fui a tocarle el conejo para comprobar si la sangre era de ahí, pero ya se había puesto las bragas. Jesús nos metió prisa para vestirnos porque habíamos tardado demasiado y nos esperaban los demás en la disco. Mientras nos dirigíamos hacia allá, le pregunté a Zoraida: ¿Entonces, eras virgen?. Y ella me contestó, con cara de inocente pero con un brillo lujurioso en sus ojos claros: Sí, antes lo fui.La duda la despejaré muy pronto, porque, al volver a la discoteca, Zoraida le presentó a su mejor amiga a Jesús y los cuatro hemos vuelto a quedar.
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