Por el ojo de la cerradura
 
Vengo de la calle, amor, aterida de frío. Mis piececitos, mis manos, mi rostro, están congelados y hasta mis pezoncitos se disparan, notándose en la superficie de mi blusa, en un aviso por ser atendidos, de ayudarles a elevar su calor corporal.

Lentamente me sumerjo en el baño de espuma, calentito, humeante, su olor el de la manzana. La piel de mi cuerpo desnudo se eriza al primer contacto con el agua que me recibe, acogedora, y un suspiro de puro placer se me escapa cuando lo dejo abandonarse en la envoltura de calor líquido.

Los eternos y personalísimos aromas contenidos en mis mil frasquitos de maravillas van a deslizarse sobre mi piel. Los acompaño parsimoniosa y lentamente con mi mano, pues no hay esponja que se asemeje al contacto humano.

Deslizo pues las texturas de colores disfrutando de cada movimiento, de cada rincón encontrado, de cada pose adoptada para alcanzar los lugares de mi cuerpo más recónditos. Masajeo con mis palmas las plantas de mis pies.

Mi dedo pulgar en movimientos circulares baila alrededor de mis tobillos. Hace cosquillas en los pequeños valles contenidos entre mis deditos. Uhmmmm, qué agradecidos mis pequeños pies, bien se merecen mis caricias y cuidados... a todas partes me llevan y algunas veces hasta he de pararles sus mismísimos pies! Ellos me miran asomados por sobre la superficie del agua, con ese look sexy que le dan mis uñas pintadas del color de la canela.

Ay! mis piernas, cómo reclaman mi atención!. Mis piernas son mi punto débil. Me hacen gritar de sensación cuando cada músculo de abre y se despereza bajo la suave presión de mis dedos hàbiles que saben trabajar con la delicadeza justa. Me detengo en la cavidad sensible que hay detràs de mi rodilla, la elevo ante mi mirada y recorro mi pierna comprobando la suavidad de la que està hecha. Mi pie me parece màs sexy todavía así en este contexto, con las puntitas de los dedos coronados por la espuma.

Con las rodillas dobladas y las piernas todo lo separadas que permite el espacio que me contiene, mis manos se dirijen hacia el interior de mis muslos. Unas leves caricias aquí no pueden evitar, sino màs bien incitar a que mi mente dispare flashes de escenas voluptuosas. Pienso en hacerlas realidad.

Nadie me ve. Estoy abandonada a darme placer.

Las palmas de mis dos manos abarcan y surcan, subiendo y bajando, cada uno de mis dos muslos ahora elevados sobre mis nalgas. Imagino entonces que me acompañas, tocando mis labios allí escondidos, con tenues sorbos, capaces de sonsacar mi dulce humedad.

Lo que mi mente y mi deseo acaban de crear en una erótica visión interior enciende mis mejillas. Noto el calor ascender por mi cuerpo hasta ellas, sonrosàndolas, y volver a regresar camino abajo hasta el lugar cercano donde se originó.

Lentamente, con suavidad, como a mi gusta hacérmelo.

Deslizo mis brazos por debajo, a los lados de mi cuerpo, hasta que mis manos alcanzan a recoger cada una un cachete, separàndolo muy despacito del otro, disfrutando enormemente de la sensación que provoca el agua caliente al introducirse entre mis labios entreabiertos. Bañando mi interior y acrecentando su calor.

Mis caderas bailan arriba y abajo, mis manos sujetan mis nalgas separando y abriendo mis labios cada vez un poquito màs, hasta que un torrente cálidode agua serpentea raudo por el cauce de mis paredes vaginales.

Mis ojos hasta ahora entrecerrados han vislumbrado un objeto, y otro flash de atrevimiento me acaricia.

Invadida por el placer que adivino venir me incorporo y, arrodillàndome sobre el suelo de la bañera tomo el objeto entre mis manos, y lo observo con deliberación carnal.

Abro los dos grifos dorados, salpicados de gotitas, y ajusto la temperatura y la presión necesarias.

Erguida sobre mis rodillas dobladas y separadas acerco el mango de la ducha a mi sexo entreabierto. Con una mano lo sostengo y pienso decididamente darle trabajo a mi otra mano libre. Suavemente con dos dedos separo despacito la distancia entre un labio y otro, y mi pequeño tesoro asoma entre ellos, su cabecita ansiosa de recibir la presión acuosa.

Lentamente me cuesta cada vez màs repirimir mi ritmo.

Mi clítoris recibe ahora una delicada ducha. Nada excepto el agua lo acaricia. Mis dedos separan mis labios y mis caderas van y vienen.

Escucho mis propios sonidos de placer femenino Y deseo por fin sentir como se abre mi cueva. Me ayudo buscando con mis dedos. Descubro que mi esencia de fémina es arrastrada por la cascada de agua, bajando ambas por el camino entre mis muslos.

Sé que esa sensación invasora, mi cavidad màs íntima así abierta mientras el agua estimula mi perlita, me va a pedir màs y màs, hasta desear como nunca sentirme penetrada por dentro.

Mi espalda arqueada en extremo hacia adelante, mis caderas y culito moviéndose adelante y atràs en un ritmo un tanto màs acelerado, un placer cosquilleante conquistando mis territorios secretos, unos suspiros ahogados que pugan por respirar convertidos en una sucesión de gemidos teñidos por el sonido del gozo difícilmente contenido.

Voluntariamente contenido, pues quiero màs, me detengo. Apago las cosquillas al cerrar los grifos del placer.

Entonces recorro mi sexo por dentro y por fuera, contrastando la dulce suavidad de miel interna con la sutil rasposidad de mi vello púbico, libremente con mis dos manos. Acarciando y tranquilizando mi clítoris tremendamente excitado, dàndole un nuevo ritmo màs pausado, unos lentos masajes circulares a su alrededor que hacen el placer màs soportable.

Se me escapa un leve gritito pues me doy cuenta de que incluso así voy a llegar a donde no quiero ir todavía. No sin imaginar, no sin sentirme penetrada.

Alcanzo a coger otro objeto de la estantería. Su superficie es suave, lisa y fría, metàlica y dorada. Una vez se deslice en mi interior la fricción elevarà su temperatura y sé que cuando haya terminado su trabajo y lo acaricie con gratitud, me quemarà entre los dedos.

Una vez màs abro mi sexo ardiente y mirando con propósito lascivo lo observo perderse dentro de mi. Desde donde estoy puedo ver mi clítoris hinchado, sonrojado, abiertamente expuesto fuera de su envoltura. Y mi vibrador dorado acariciando su base una y otra vez, con suavidad y lentitud primeras, al aventurarse en mi interior, entrando y saliendo sin prisa, en toda su extensión. Hasta el fondo de mi, hasta afuera de mi.

Pongo en marcha su sistema vibratorio y unas ondas de placer me recorren incansables, absolutamente toda. Cuando me llega hasta el final lo noto muy dentro de mi. Cuando lo devuelvo al exterior no puedo evitar acariciarme con su extremo vibrante la puntita de mi clítoris.

Miro como me doy placer y no me pierdo movimiento alguno ni sensación. Disfruto muchísimo de este momento de intimidad conmigo misma.

El ritmo de mi penetración se acelera por instinto, desde donde estoy puedo escuchar el sonido producido por mi sexo apretando fuertemente el objeto que lo penetra, contrayendo los músculos en un intento de no dejar escapar el placer, de llevarlo màs y màs adentro aún.

Y con los dedos de mi mano libre ahora sí que acaricio, fricciono y ayudo a mi perlita a sentir. Mis movimientos ya no quieren màs ser controlados. Me abandono al ritmo salvaje al percibir y detenerme a escuchar el sonido que produce mi flujo al ser penetrada.

Friccionando mi clítoris con urgente abandono y clavandome y atravesàndome, totalmente penetrada y abierta y sin embargo cerràndome desesperadamente alrededor de tu miembro imaginado, deseado, cabalgàndote.

Me dejo ir finalmente.

Escucho mi orgasmo explotar en un largo y entrecortado gemido. Mi cuerpo es sacudido de la cabeza a los pies y mis adentros se tornan en un fuego trémulo. A cada oleada de placer suspiro tu nombre con voz arrastrada, penetràndome aún con tu nombre, hasta caer deplomada de nuevo dentro del agua.

Su calidez me envuelve y devuelve descanso a mi cuerpo y mis sentidos hace un momento desatados.

A unos metros de mi, vuelves a mirar por el ojo de la cerradura, y una última imagen de te provoca hasta el extremo.

Mi cuerpo extendido, relajado, envuelto de agua y espuma. Sobre la superficie líquida asoman mis dos senos coronados de dos hermosos, duros, erguidos, apetecibles pezoncitos marrones.

En tu mano, notas los latidos en el pulso de tu miembro, y se agita visiblemente a cada latido de tu corazón. Està erguido como una torre desde tu vientre y los testículos anhelando de dolor el ser vaciados. Estàs próximo al orgasmo, con el vientre ardiendo, el glande reluciente y de un color rosa oscuro, la punta desbordando ya continuamente tu esencia de hombre.
 

MICHELLE
callejon.oscuro@mailcity.com Volver al Indice de Michelle