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Cuando íbamos en el coche ya sentía esa sensación. Cada vez que una de mis piernas rozaba a la otra, la fina media hacía de conductor eléctrico y, entre ambas, comenzaba a sentir ese cosquilleo especial, conocido. Ese calor indudablemente sexual, esa sensación de sexo apasionado rondándome con calor las mejillas, los muslos; anegándome de sudor las axilas, el pubis, bajo los pechos, la nuca.... Iba a haber sexo y eso se respiraba en el aire... y a mi me encantaba.Él llevaba unos pantalones vaqueros y una camiseta verde con cuello de pico mostrando a Bart Simpson en su faceta más dura. Yo no podía dejar de mirarle las piernas, de mirar de reojo como conducía. Iba callado, concentrado en la carretera, con ganas de llegar, más deprisa que el árbol de levas.
Aparcó y tiró de freno de mano, se volvió hacia mi en silencio y me miró un instante, con una mirada que parecía preguntar, parecía querer asegurarse en mis ojos de que no habría marcha atrás. Yo aparté la vista y abrí la puerta. Salí e inspiré con fuerza el olor de la noche. El perro comenzó a ladrar.
Abrió la verja, todo en silencio, y yo le seguí hasta la puerta de entrada. Se oía algún grillo, algún gato, no sé, quizás mi mente inventaba sonidos para burlar el nerviosismo.
La casa estaba templada, silenciosa, expectante. Él cerró la puerta tras de mí y echó la llave. Se quedó parado a mi espalda y pude sentir su respiración entre mi pelo.El salón era amplio, rústico y confortable, el hogar tenía unas brasas a punto de extinguirse porque dos cuerpos ardientes acaparaban todo el calor que cabía en aquella casa y eso fue porque nada más llegar, en el umbral de la puerta, sus manos se apoderaron de mi cuerpo, y yo solo sé que de alguna manera me giró y empezó a besarme, llevándome hasta el salón y echándome contra la pared. Su boca me tenía sitiada, se encontraba en mi cuello, me mordía suavemente mientras unos dedos desabrochaban los botones de mi camisa. Sus manos se posaron en mi pecho como si llevaran siglos deseando hacerlo y él las miraba; miraba como me acariciaba.
Me apretaba contra la pared y presionaba su sexo, enfundado en el pantalón vaquero, contra la frágil protección que la falda daba al mío propio.
Yo tenía los ojos cerrados y de pronto su boca se fue. Abrí despacio los párpados, como temerosa de lo que me pudiera encontrar y me topé con sus iris. Así sin dejar de mirarme se empezó a desatar los botones del pantalón. Sentí como mis mejillas ardían, porque a pesar del deseo brutal mi vergüenza pudo más que yo y le supliqué que me llevara a la cama.
Me encanta, me excita y a la vez me da miedo la fuerza de un hombre pero cuando me levantó llevándome enredada en su cintura disfruté de ese momento y lo guardé en los momentos de no borrar.
- De acuerdo, está bien, tu ganas - me dije – haz lo que quieras conmigo.
Y lo hizo, vaya si lo hizo, y lo hizo muy bien por cierto, porque me llevó a la cama y me desnudó por completo recorriendo con sus labios carnosos cada centímetro de mi cuerpo que la tela abandonaba y cuando su piel era una prolongación de la mía, cuando teníamos por fin a todos nuestros poros saludándose y dándose calor noté esa sensación que solo las mujeres conocemos, ese momento en el cual la presión cálida y suave del sexo de un hombre se abre paso en lo más profundo del cuerpo. Luego, muy despacito, sentir toda su longitud para apretarse uno al otro cuando los pubis están pegados.
Le abracé fuerte, con los brazos y las piernas y le pedí que no se moviera, que se quedara quietecito allí, dentro de mi, que me dejara tomarle confianza a su cuerpo... umm, y saborear ese momento.
Luego no, luego se movió, se movió despacito, mirándome con una mirada larga, como si derramara sus ojos en mi cuerpo. A mi me dio por sonreir y cerré los ojos, encantada mi vanidad de que mi cuerpo fuera repasado ávidamente por una mirada lasciva.Él, como todo hombre vió mi sonrisa y se picó como un niño ofendido y secretamente, aunque a gritos, tomó la determinación de tornar mi rictus risueño en desesperada mueca de pasión.
Aceleró y profundizó las acometidas, vigilando en todo momento mi respuesta. Yo me mantenía muy sería, con los dientes apretados y mirándole fijamente. Él notaba que me gustaba mucho pero quería verme perder los papeles, entonces, en vista de que no lo hacía yo, el mismo cogió una de mis manos y la acercó a mi sexo para que yo me tocara.
Yo sabía que a él le excitaba profundamente que yo me masturbara mientras lo hacíamos, por eso mismo no lo hacía. No estaba dispuesta a que aquello terminara en un santiamén.
Yo me negué y el insistió, volvía a negarme separando mi mano y entonces él hizo algo increíble.
Cogió mis manos por las muñecas y me inmovilizó. Yo luchaba por separarme, claro, incluso me puse un poco nerviosa pero cuando él veía que me empezaba a preocupar disminuía automáticamente la presión para hacerme ver que solo era un juego, no un abuso.
Y ahí me ganó, ahí me solté el pelo y me porté como una mujer, y empecé a decirle al oído todo lo del mundo. Lo mucho que me excitaba, lo que me hacía sentir, lo que me gustaba estar sintiendo eso con él... y todas esas barbaridades que nos decimos los amantes en la cama cuando perdemos la vergüenza y nos dejamos llevar.
Describir un orgasmo me parece un disparate. Es como describir un te quiero o una ola del mar. Por eso solo diré que los orgasmos fueron varios y únicos, que es lo importante en el sexo, al menos para mi; que lo que sientas con el amante, aunque lleves toda la vida con él, aunque le hayas conocido la noche anterior, es conseguir un momento único, un orgasmo único, inigualable, genial.
por Lince
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