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Hacía ya algunos meses desde la última vez que Javier y yo nos habíamos visto y deseaba ardientemente volver a verle. Habíamos hablado por teléfono, nos habíamos escrito y, hasta en una ocasión, una de nuestra conversaciones telefónicas había terminado en sexo telefónico: pajeándonos a 400 km. El uno del otro mientras nos decíamos todo tipo de fantasías.Una tarde recibí una llamada suya.
-Olvido, este fin de semana me quedo solo. ¿Por qué no vienes a verme?- me preguntó Javier. Y en su voz adiviné el deseo que le poseía. Evidentemente, no me iba a negar.
- De acuerdo. Cogeré el tren el viernes al mediodía. Para las nueve aproximadamente estaré allí. Espero que me vayas a recoger a la estación.
- Desde luego. Sabes que estaré allí una hora antes de que llegues –me respondió.
- ¡Ah! Y esta vez espero que estés de acuerdo en que te sometas a alguna de mis fantasías –le dije.
- ¿Cuál?
- Eso ya lo verás cuando llegue.
Esperé toda la semana ansiosamente a que llegara el viernes y no pude evitar masturbarme todos los días, imaginando lo que me esperaba. Por fin llegó el día esperado. Me vestí para la ocasión, para causarle la mejor de las impresiones a mi “más que amigo”, a mi más íntimo amigo: Javier.
Me duché y masajeé todo mi cuerpo con un aceite perfumado. Mi trasero y mi chochito apenas iban ocultos por un tanga que además era muy alto de pierna. Mis pechos se encerraban en un sujetador de encaje. Había que redondear la jugada. Unas medias negras con liguero, una ajustadísima minifalda con abertura lateral y un corpiño carmesí hacían el resto. Unos botines de tacón hacían el resto. Me maquillé bien. Mirándome al espejo me di cuenta de que estaba realmente espléndida: sabía que sin desnudarme siquiera Javier iba a tener una buena erección.
El viaje fue pesado, más por la impaciencia que por el viaje en sí y gracias a una chica que viajó a mi lado y con la que pude conversar. Al llegar a la estación me despedía de ella y me comentó que si ella fuera un hombre me hubiera tirado los tejos. Se lo agradecí y me sorprendió ese comentario (algún tiempo después me acordaría mucho de esas palabras). Como Javier me había prometido estaba en la estación esperándome. Me lancé en sus brazos, pero sólo le permití que me diera un beso en la mejilla: estaba dispuesta a hacerle sufrir un poco y, además:
- Pero, Javier, estamos en público y no se como te permites esas confianzas conmigo: creo que no te he dado pie para ello- le dije con una pícara sonrisa que le anunciaba que estaba dispuesta a todo.
- Tienes razón –me contestó riendo.
Fuimos a su casa. Vivía en un pueblo de la sierra de Madrid, en un ático desde el que se divisaba, en los días claros, a lo lejos, las torres Kio.
La cena ya estaba preparada, al igual que el cava, la única bebida alcohólica que de verdad me gustaba. Durante la cena me ocupé de que mi falda, ya de por sí corta, lo fuera un poco más, dejando ver el final de mis medias. Javier no perdía detalle y se iba excitando según la cena iba acabando.
Nos sentamos en el sofá y pudimos mirar por las ventanas del ático como nevaba. Javier se acercó a mí y, poniendo su mano en una de mis piernas, me besó. Su lengua navegó en mi boca y yo la recibí gustosa: como siempre aquellos besos de Javier me hacían flotar. No obstante, no estaba dispuesta a rendirme fácilmente y, aunque estaba deseando que Javier siguiera adelante, me separé de él.
- Ahora has de estarte quietín. Te dije que quería algo de ti, así que calla - le dije.
- De acuerdo. Soy todo oídos, pero date prisa, porque ya estoy a cien.
- Bien: te he traído un regalo- le dije, mientras me levantaba y sacaba un paquetito de mi bolso- Toma, es para ti.
Javier me miró sorprendido y comenzó a abrir el regalo. Dentro del paquete había un tanga blanco. Javier me miró sonriendo.
- ¿Y esto? –me preguntó
- A ti te excita verme con tanga, ¿verdad? De hecho, más de una vez me has comido el coñito sin quitármelo y te excita mirarme cuando estoy sólo con el tanga. ¿Crees que las mujeres somos distintas? A nosotras también nos gusta ver un cuerpo bonito con una prenda sugerente –le expliqué.
Javier me escuchaba atentamente. He de decir que, a pesar de que Javier ya había entrado en la treintena hacía tiempo, seguía conservando en su cuerpo la fortaleza de su juventud deportiva. Aún ahora practicaba deporte y mis manos y mi boca lo habían comprobado al recorrer su cuerpo. Tenía una espalda ancha, unos hombros desarrollados, al igual que sus brazos y sus piernas y unos pectorales que, incluso con jersey, se podían admirar. Su estómago, aún no siendo plano, dejaba adivinar unos buenos abdominales bajo una ligera capa de grasa.
Tenía, no obstante, un defecto. Era bastante piloso y el vello le cubría el pecho: yo me había propuesto arreglarlo. Fui a la habitación y volví con mi neceser.
- Bien, Javier, prepárate. Te voy a depilar.
- ¿Qué? ¿Estás loca?-balbuceó.
- Bueno, tú verás: o me das gusto o no me tocas-le dije muy seria.
continuara
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