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Javier me miraba con la mayor cara de sorpresa que jamás le había visto, sin poder articular palabra. Inició una tímida protesta:-Pero, bueno...
No obstante, al ver en mi cara un mohín entre enfadado y caprichoso, se rindió a mi capricho. Yo sabía que, íntimamente, no le importaba. Por dos razones: una) le apetecía verse depilado y, dos) creo que le excitaba la idea de que una mujer le aplicara un tratamiento de belleza.
Preparé los utensilios: polvos de talco, espátula, cera tibia, crema hidratante... En fin todo lo necesario para dejarle como un auténtico ‘boy’. Le hice desnudarse, dejándole tan sólo con su ropa interior, un boxer negro ajustado, que ya m encargaría yo luego de quitarle y sustituirlo por el tanga. Se tumbó en el sofá y le ordené ponerse de espaldas dispuesta a comenzar con su pequeño martirio.
Comencé por depilarle el culo. Los tirones de la cera provocaban en Javier ligeros respingos de dolor, pero no me apiadé de él y no paré de extenderle cera y de tirar sin ninguna compasión.
- Joder, Olvido, esto hace daño. Podrías tener un poco más de cuidado –protestó.
- Bueno, así te enteras de lo que pasamos nosotras al depilarnos. Porque bien que os gusta ver y acariciar a una mujer bien depiladita. Y, no te quejes, que todo sufrimiento tiene su premio –le dije, mientras que como la cosa más natural del mundo le magreaba el culo, que había quedado espléndido. Me moría de ganas de comérselo, pero tenía que acabar mi tarea. Le quité el escaso vello que tenía en la espalda y me dispuse a depilarle el pecho y eso sí que le iba a hacer sufrir.
Le di la vuelta y le recorté un poco el vello. Calenté la cera y comencé a depilarle con toda la atención y la pulcritud de la que podría ser capaz cualquier estethicienne profesional. Ahora sí, cada tirón provocaba en Javier pequeños gemidos de dolor y rictus de sufrimiento en su rostro. Su pecho, agitado por la respiración, subía y bajaba. Estaba a punto de acabar, cuando mis ojos se posaron en su paquete. Era extraordinario: Javier tenía una tremenda erección, que amenazaba con dejar su polla al descubierto. Sin dejar adivinar mi turbación, terminé mi tarea. Al finalizar, observé mi tarea: desde luego, su cuerpo estaba refulgente, límpido, sin un solo pelo. Javier gimió ligeramente. Ahora, sí clavé mis ojos en su estupenda verga.
- Pero, Javier, no me esperaba esto. Nunca dejarás de sorprenderme –le dije, con un ligero tono irónico.
- Olvido, me corro... –acertó a decir.
Liberé su polla del elástico del boxer e inmediatamente se irguió como el estandarte de un navío de combate. Su glande estaba inflamado y tenía un bonito color violáceo, señal inequívoca de su excitación.
- Bien, habrá que dar un desahogo a tanta tensión –comenté riendo, mientras me disponía a realizarle una mamada. Me incliné sobre su polla y la sumergí en mi boca. Con un grito Javier se corrió. Me sorprendí, por la prontitud y por la violencia: con un golpe de caderas, Javier había metido todo su instrumento hasta el fondo de mi boca. No me arredré y me dispuse a mamársela hasta el final. Se la chupé, saboreando con fruición todo aquel líquido tibio, espeso y algo salado que expulsaba a borbotones. Fue una gran mamada.
Le dejé recuperarse y sonriendo le señalé el tanga, que le esperaba sobre el sofá. Se lo puso. Me sorprendió lo bien que le quedaba; mejor de lo que yo había esperado. Su paquete se ocultaba apenas y sus glúteos duros y bien formados quedaban al aire. No pude más. Me lancé sobre él buscando su boca como una posesa. Nuestras lenguas se encontraron con desesperación y, al poco tiempo, habían repasado nuestros cuellos, nuestros labios, nuestra boca. Javier, apasionadamente, me desprendió el corpiño y me desabrochó el sujetador, buscando con su boca mis pezones que estaban ya duros como piedras. Yo, mientras tanto, le amasaba el culo, acariciándole, al mismo, tiempo su agujero. Caímos entrelazados en el sofá. Javier me arrancó la espalda y me hizo dar la vuelta. Me besó la esplada y bajó hasta mi culo. Comenzó a besarlo e introdujo su lengua en él. ¡Cómo esperaba ese momento! Me fue chupando el culo, llenando mi agujero de toda su saliva, dilatándolo, haciéndome gozar como una loca. Su lengua exploraba todos los rincones del agujero de mi culo, que se iba abriendo para él. Sin previo, aviso introdujo dos dedos.
- ¡Uhmmm! –gemí.
Javier no se dio por enterado y siguió metiendo y sacando sus dedos. De pronto, note algo más grueso y largo introducirse en él. La sorpresa se apoderó de mí. Me volví.
- ¡Eh! ¿Qué haces? –le pregunté, intrigada.
Javier me respondió riendo, mientras me mostraba un consolador anal, que sostenía en su mano:
-¿Acaso creías que eras tú la única que tenías sorpresas? ¿Quieres que siga?
Como toda respuesta, me giré de nuevo y le mostré toda la extensión de mi culo. ¡Joder, cómo me gustaba! Estaba tan excitada, que Javier no tuvo necesidad de aplicarme el lubricador que tenía para facilitar la labor: el consolador entraba y salía de mi culo, como si formara parte de él. Me estaba excitando cada vez más y Javier no paraba de meter aquel artilugio en mi culo. Ahora, con sus manos libres para otros menesteres, Javier buscó mi raja. Separando la tirilla del tanga, metió sus dedos en mi chocho. No hubo resistencia: estaba totalmente mojada y sus dedos pudieron entrar con toda facilidad. Pero Javier, prefirió comerme el coño. Cuando acercó su boca, se detuvo un momento al encontrarse con mi última sorpresa. Me había afeitado el chocho. Sabía que Javier lo deseaba desde hacía tiempo y me había decidido a hacerle a aquel regalo, un regalo sólo para él. Javier se repuso y comenzó a lamerme los labios mayores y a meterme la lengua, sorbiendo todos los fluidos que yo dejaba escapar. Mientras, no paraba de mover el enculador. Yo no podía más: aquel hombre me iba a agotar.
- Javier, no puedo más, me voy a correr –le dije, como advertencia.
No dijo nada: su respuesta fue meterme más el enculador, mientras chupaba con verdadera ansia mi depilado coñito. Una oleada de placer sacudió todo mi cuerpo: desde los dedos de los pies, hasta la raíz de mis cabellos descargas eléctricas me invadían. Aquello me estaba enloqueciendo. Grité y grité, mientras Javier no paraba de obsequiarme con un profundo y duradero orgasmo. Me fui tranquilizando.
Pero, Javier no estaba dispuesto a parar, por lo menos, de momento.
- Vamos, Olvido, quiero follarte –me dijo, con voz ronca.
Me dispuse a quitarme los botines –todavía estaba con ellos, las medias, el liguero y el tanga-, pero Javier me lo impidió.
- No, no te descalces. Quiero metértela como en las películas “porno”: no te desnudes más. Ponte a cuatro patas.
Le obedecí. Su polla totalmente erecta entró en mí, al tanto, que el consolador seguía haciendo de las suyas en mi culo. Yo lo notaba dilatadísimo y el agujero debía ser ya de un tamaño considerable. Yo apenas me había recuperado del orgasmo anterior y noté como, de nuevo, el calor del placer me volvía a invadir.
Javier empujaba con sus caderas, al tiempo que metía y sacaba el enculador. ¡Dios!, cómo sabía este hombre manejar los tiempos de una buena follada. Me estaba haciendo perder el sentido.
- Sigue, sigue –le exigí- Dios, cómo me pones. Métemelo todo.
No sabía como podía haber vivido sin que me dieran por culo: nunca podía haber imaginado que diera tanto placer. Ya no podía más: me iba a correr.
- Javier, me voy a correr... –casi no pude terminar la frase. Un orgasmo tremendo, telúrico me invadió. No sabía cómo me llamaba, ni dónde estaba: sólo sentía que, al mismo tiempo, me estaban follando y dando por culo y que sólo vivía para ello. Javier tampoco pudo aguantar más. Un chorro de semen caliente inundó mi coño, mientras que yo, loca, culeaba como una putita. Javier me clavaba las uñas en la cadera, al correrse.
Caímos en el sofá, desfallecidos, sudorosos. Me incorporé y apoyándome en un codo, miré a Javier. Encendí un cigarrillo.
- Creo que este fin de semana va a ser movidito –dije.
Javier sonrió. Y cogiendo el consolador, continué:
- Y no creas que vas a ser tú solo el único que vas a utilizar este juguete.
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