Tormenta
por INCUBUS
 
Ambos cuerpos se funden en un abrazo frenético. Yacen tendidos sobre la enorme cama completamente desnudos; ella boca arriba, él recorriéndola toda con la boca. Ella libera el abrazo y busca el miembro endurecido de su dios con ambas manos, sus grandes y pesados pechos se comprimen entre sus brazos mientras trata de sujetar el enorme pene que merodea su sexo, llega hasta él, sonríe con ansiedad y comienza a masturbarlo lentamente.  A él le sobreviene un ligero espasmo, las caricias de la diosa sobre su pene le provocan una sensación de total libertad.  Se incorpora, quedando de rodillas, admirando el hermoso espectáculo de aquella masturbación deseada desde hace tanto. Las piernas de ella abiertas, los redondos pechos moldeándose lentamente entre sus brazos, el miembro que es frotado con intensidad.  Ella respira profundo, cierra los ojos, arquea la espalda y jala delicadamente el miembro hasta colocarlo sobre su vientre para tenerlo más cerca, está decidida a hacerlo crecer aún más.  El se deja llevar, relaja la cadera y permite que ella siga acariciando su miembro, sabe que eso es lo que ella desea.  Al cabo de unos minutos, el pene va adquiriendo un tamaño descomunal, duro como una roca, caliente. Ella disfruta cada instante del crecimiento; con una de sus manos masajea los enormes testículos que acarician su vientre, con la otra presiona el glande, enrojecido, vibrante.  Una gota de fluido emana lentamente del estrecho conducto que da vida al gigantesco miembro. Ella la recoge con la yema de su dedo medio, y moviéndolo en círculos humedece toda la superficie del glande con la pegajosa sustancia. La conexión entre ellos es única, ella disfruta esa masturbación tanto como él, está tan excitada que ha comenzado a abrir la boca y lamer sus labios, como recibiendo enormes penes imaginarios que nacen de la nada y que buscan desesperadamente su boca para ser lubricados por su lengua.  Una segunda gota de fluido se escapa del miembro, la humedad ha comenzado a formar una membrana casi invisible entre sus manos y el músculo que ahora se mueve con fuerza de arriba a abajo.  Ella abre finalmente los ojos y fija su mirada en sus manos que frotan sin cesar el miembro de su dios, luego busca su mirada, imposible encontrarla, él se encuentra con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, respirando rápidamente. El pene ha crecido tanto que las manos de ella parecen pequeñas en comparación, ha comenzado a recorrerlo en toda su longitud, comenzando en los testículos y terminando en la punta.

No necesitan hablar, su comunicación es más sublime, más delicada, infalible. Los dos entienden perfectamente cómo se sucederán los acontecimientos.  Ella desea ser penetrada, necesita sentir esa enorme masa de carne dentro de sí, sentirla luchando por entrar en su maravilloso conducto, desea experimentar la sensación del enorme glande dilatando el apretado tejido de su vagina para abrirse paso hacia su profundidad.  Pero su sed de penetración es tan grande que necesitará la rigidez del pene de su dios durante varias horas, y la única manera de lograrlo es liberar la fuerza incontenible que ya ruge dentro del cuerpo de su compañero, para después proceder a la gloriosa violación de la entrada de su sexo.  El lo sabe también; quiere complacerla, aunque entiende que debe liberarse primero, para dar a la diosa las horas de penetración que necesitará para alcanzar su orgasmo.

Es entonces que las fibras sensibles de ambos se sincronizan y sus cuerpos parecen adquirir voluntad propia.  Ella libera lentamente el gigantesco miembro de entre sus manos; el pene permanece erguido, vibrando, desafiante.  El abre los ojos y al bajar la mirada descubre que la diosa humedece sus labios con la lengua, es la invitación, la súplica de recibirlo dentro de su garganta.  El espectáculo de sus grandes y redondos pechos, sus bellos pezones endurecidos, el vientre agitado.  El comienza a acercarse, el pene surca el estómago de la diosa hasta llegar irrefrenable hasta la cálida hendidura entre sus senos. Ella toma sus pechos y aprisiona el miembro durante unos momentos entre ellos, siente su calor, su rigidez; siente también cómo aquellas gotas de fluido que han emanado del pene lubrican la hendidura de su pecho. El penetra los senos por unos momentos, los frota desde su interior, siente cómo la respiración de la diosa inflama esos pechos majestuosos, asfixiando por instantes el miembro que las viola.  Luego retira el pene y los recorre a cada uno con él, se detiene sobre los pezones, los humedece con su fluido. Ella sonríe con ansiedad y sin hablar reitera su deseo de recibirlo en la boca. Su lengua efectúa una danza irresistible que ha humedecido sus labios hasta convertirlos en un lecho imposible de rechazar para aquel poste que se aproxima.

“Quiero chuparlo, dámelo en la boca, déjame mamarlo...”

De pronto todo se convierte en glande y labios, saliva que humedece la cabeza del enorme miembro, que con cada movimiento entra más y más dentro de aquella boca que chupa con intensidad. Saliva y carne que brilla, una lengua que busca ansiosa el orificio por donde ha de derramarse el alimento que ella tanto necesita, esa sustancia blanca y espesa que la llenará de vida. Ella desea beber de aquel pene y ha comenzado a hacerlo: traga lentamente la mezcla de saliva y del líquido que precede al delicioso semen de su dios.  Dentro de su boca todo es un caldo en el cual se sumerge cada vez con más fuerza el miembro de él, que espera pacientemente a que se desate la tormenta.  El pene llena su boca, su lengua lo rodea, sus labios lo aprisionan, el caldo comienza a derramarse por las comisuras de la diosa, que ha comenzado a gemir en anticipación de la inundación.  Ella permanece con los ojos cerrados y se concentra en chupar sólo el enorme glande que parece fundirse con sus carnosos labios, una única masa de carne que está a punto de desencadenar una reacción química tan poderosa como aquellos testículos que por momentos rozan los enormes senos debajo de ellos.

Llegó el momento, ambos lo saben. Ella coloca sus manos sobre el vientre del dios que ha comenzado a convulsionarse, como queriendo evitar que se derrumbe sobre ella, dejando entonces el resto de la batalla sólo entre el pene desbocado y su boca que desea recibirlo todo. El arremete su miembro cada vez con mayor fuerza dentro de la boca de la diosa, que sin hablar ha comenzado a invitarlo:

“Llena mi boca con tu semen, lo deseo tanto... dame de beber, aliméntame con tu leche, con esa leche caliente que me da vida.  Culmina este acto de amor con un torrente de esperma que me llene”.

El mueve el pene en círculos dentro de la boca de la diosa, sabe que sólo le quedan algunos segundos antes de que se libere la tormenta.  Responde a la súplica de la diosa: retira lentamente el pene, ella persigue aquél glande inflamado como temiendo perderlo para siempre. Una membrana de saliva se extiende entre la cabeza del miembro y los labios de ella, que espera la primera entrega de la semilla.

Es tanta la cantidad de semen acumulada dentro de su cuerpo, que el flujo comienza a emanar lenta y pesadamente del conducto que se dilata a su máxima posibilidad.  Ella observa fascinada el espectáculo del pene de su dios, apenas a unos centímetros de sus labios, empapándose del blanco fluido que ella ansía.     El glande se convierte en una masa de semen caliente que comienza a escurrir sobre la boca que espera ansiosa.  El contrae los músculos y lanza un enorme borbotón de esperma que cae pesado dentro de la boca de la diosa.  Ella siente la cálida masa de semen sobre su lengua y de inmediato comienza a tragar...

“¡Dame toda tu leche!”

Antes de la explosión definitiva, él coloca el enorme glande sobre los labios de la diosa.

“Bébelo todo, traga toda mi leche, ahógate en la tormenta de semen que te daré”. 

Ella besa suavemente el glande en señal de aprobación y entonces se desencadena la explosión.  Un grueso chorro de semen se estrella contra la boca de la diosa, que al recibirlo abre los labios, formando una espesa membrana de esperma dentro de la hermosa circunferencia de sus labios. El segundo torrente rompe la membrana y convierte aquella boca en un pozo dentro del cual se vierte el contenido de una cascada de leche pegajosa y caliente. En un par de segundos el esperma comienza a derramarse fuera de la boca de la diosa, que traga y chupa el miembro con pasión.  Teniéndolo dentro, abre los ojos y mira a su compañero...

“No te detengas, dame más leche, báñame con tu semen, cúbreme con tus fluidos, quiero beberlo todo, quiero seguir chupando el jugo de tu verga”.

El pene eyacula sin parar, gruesos chorros de semen empapan la hermosa cara de la diosa, su boca, sus labios, su lengua que lucha por salir a flote, sus pechos mojados brillan cubiertos de esperma; sólo se escuchan los líquidos sonidos de la eyaculación cayendo sobre la impecable piel de la diosa y sus esfuerzos por tragar todo aquello.

El retira el miembro por un segundo eyaculando todavía, ella lo toma y lo coloca justo sobre sus labios, mientras recibe con la lengua los borbotones de crema viscosa que siguen emanando del conducto.  Aquella sustancia la estimula y la enloquece, está completamente fuera de sí...

“Voy a mamar tu verga que se derrama, tu leche caliente dentro de mi boca, voy a chuparla, voy a llenar mi garganta con tu semen, voy a mamar tus bolas, voy a mamar el esperma pegajoso y a tragarlo; mírame, mira como chupo tu leche... dame más semen, todo tu semen, mira cómo brota de mi boca, mi lengua cubierta con tu leche que me quema...”

El está completamente enloquecido, pero sabe que todavía vendrá un último espasmo. Toma a la diosa de las muñecas y separa sus brazos, de modo que no haya entre ellos más que aquél pene fuera de control y la boca insaciable; echa su cuerpo hacia adelante, dejándola a ella inmóvil sobre el lecho, con el miembro que escurre justo sobre ella, dejando sobre su cara y labios rastros calientes del semen que fluye. Ella jadea rápidamente, sus grandes pechos se ensanchan y contraen, parece estar a punto de perder el conocimiento dentro del estupor de lujuria que la sobrepasa.  El balancea el miembro sobre la cara de la diosa, que con sus labios lo busca desesperadamente, quiere tragarlo antes de que lance su última descarga. Los inflamados testículos comienzan a contraerse una vez más, ella puede percibirlo; lucha por liberar sus brazos de las manos del dios que la sujetan con fuerza:

“Suéltame, necesito las manos para meter tu verga en mi boca, apretarla, sentir su calor, masturbarla y bañarla con su propio semen, quiero acariciar tus bolas, déjame hacerlo, déjame masturbarte para empaparme las manos con tu semen, suéltame...”

Tras exhalar profundamente, el dios da su respuesta categórica:

“Lo harás con la boca, quiero que termines de vaciarme con la boca”.

A pesar de su avidez por tocar aquél manantial de semen, la diosa acepta.  Todavía jadeando arquea la espalda y levanta los pechos empapados, los muestra orgullosa, los ofrece. Su vientre tenso se agita al ritmo de su respiración, con la lengua recorre sus labios y trata de alcanzar el miembro que se agita sobre su boca, su hermosa cabellera revuelta remata aquél rostro perfecto. El siente una descarga que se origina en lo más profundo de sus testículos, siente cómo el líquido espeso comienza a llenarlo de nuevo, se relaja, acerca lentamente el pene a la boca de la diosa, permitiéndole por fin alcanzarlo.  Ella abre los labios y jadea por unos instantes sobre el glande en ebullición...

“Estoy lista, derrámate en mi boca...”

Las venas del miembro se inflaman hasta adquirir un tono purpúreo, los testículos se contraen y la última descarga es liberada con fuerza.  La diosa comienza a chupar el glande intensamente, al mismo tiempo traga, saborea la viscosa eyaculación; por un instante abre la boca para respirar y libera un gemido de intenso placer, ha comenzado a agitarse, el semen escurre por sus mejillas, por en medio de sus pechos, llegando hasta el vientre.  El aprieta los testículos para expulsar hasta la última gota, el líquido fluye directamente desde sus glándulas hasta la garganta de ella.

Finalmente, la tormenta cede.  El libera los brazos de la diosa que sigue chupando el miembro que ha terminado de vaciarse; después de un rato lo retira de su boca exhausta.  El toma su pene con una mano y acaricia a la diosa con él, primero su cara, los labios inflamados, después remueve con el glande su semen de aquellos gloriosos pechos que respiran ahora más tranquilos; los toma con ambas manos, los aprieta y se empapa con el líquido que escurre de ellos.

La diosa abre los ojos, lo mira y dice en voz baja:

“Ahora vas a penetrarme y no pararás hasta que yo te lo permita”.

 
INCUBUS
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