Tocar las estrellas
 por Lince
Cuando le vi ya hubo algo que me atrajo como un imán. Era de esas veces en las que te obligas a no volver la cabeza pero el punto donde se centra tu atención tira de ti de una manera tan irremediable que no puedes evitar mirar y remirar.

Camisa blanca, mediría uno noventa, el pelo negro y los ojos oscuros, inapreciable su exacto color a tal distancia. Pantalón tejano ceñido; por primera vez me descubrí mirando el paquete de un hombre al examinarlo por primera vez. Manos inmensas que sostenían una copa color limón. Arrebatadoramente guapo. Sonrisa de anunció de dentífrico, perfil griego y barbilla cuadrada.
¡ Y no me quitaba ojo!.

La sala estaba abarrotada y sin duda él era lo más bonito que había en todo el Púb.; quizás en la tierra. Era bello hasta decir basta. Y no paraba de mirarme. Cada vez que me daba la vuelta y le enfocaba me encontraba sus ojos perdidos en mis caderas o en mis labios o en mis ojos.

Llegó un momento en que yo no estaba por mis amigos y ya me dio todo igual. Aquel hombre me tenía hechizada, hipnotizada y yo no podía escapar.

Coloqué una sandalia transparente con tacón de ocho centímetros justo delante de la otra y comencé a caminar contoneando mis caderas. Decidida, ardiente, segura de mí.
Él me miraba desde su atalaya confiado y mi seguridad iba en aumento.

Cuando me besó en la boca, sin mediar palabra, sin abrazarme, con los ojos cerrados, solo sujetándome por la mandíbula, mi seguridad, mi alma, mi pasado, mi sed, mi pena, mi suerte, mi razón y mi muerte se fueron al garete y yo no fui nada. Solo fui lo que él quiso que fuera, solo sentí el aporte sanguíneo que como el caudal del río amarillo fluía decidido, con toda su fuerza hacia un solo punto de mi cuerpo. Hasta el único punto de mi cuerpo que ahora importaba.

Y luego él me cogió de la mano y me sacó de allí. Yo pude sentir que su camisa era seda, que sus manos eran fuertes  y cálidas y que producía ese efecto hipnótico con todo aquel que encontraba a su paso porque a su avance, todas las personas de ese sótano atiborrado de humo, se apartaban sigilosas y en silencio para luego seguir con sus cosas.

La puerta se abrió y nunca antes había habido una luna llena tan llena y tan enorme. Ocupaba todo el cielo, alumbraba como un foco y su cara, bajo esa luz selenita parecía sacada del cielo.

Se detuvo un momento con los ojos cerrados respirando, inhalando la noche, empapándose de su aroma y luego volvió a apretarme la muñeca y tiró de mí, para llevarme corriendo a la playa.

Era una playa como las de mi niñez, de arena fina y suave, fresca por la noche, blanca, limpia de mareas; una arena que agradecía la piel desnuda.

Estuvimos un rato corriendo por la punta de las olas, yo con las sandalias transparentes en la mano  derecha, junto con  la esquina de mi vestido de gasa blanca, volanteado en escote y espalda, que se unía a mí como una segunda piel al contacto con el agua de las olas. Él hacía como que no me podía coger, reíamos, era todo como una película de los años ochenta. Yo estaba esperando cuando me despertaría y me daría de bruces con la realidad.

Me cogió de la cintura y me hizo caer, colocándose encima de mí. Volvió a besarme, y volvió a apoderarse de mí, de mis ideas y de mis fuerzas. Me levantó en brazos hasta depositarme sobre arena seca. El aire olía a sal, a flora de playa, a alga.

Sus manos eran delicadas, de finos dedos que recorrieron con sus yemas todas las costuras de mi vestido cual extraño sastre de medianoche. La gasa me abandonó por los hombros y todo su recorrido ascendente fue acompañado de sus dos manos morenas, deteniéndose en mis pechos cual hambriento gourmet que recoge fruta largamente anhelada con la mayor delicadeza.
Su lengua se posó en mi pezón derecho, pequeña montañita marrón que comenzó a elevarse y a tomar consistencia pétrea.

Luego le tocó el turno a mi pezón izquierdo, que siempre ha tenido la libertad de reaccionar como le dicta su propia conciencia y con el que se tuvo que esmerar más largo tiempo su boca para conseguir que su aspecto fuera similar al de su gemelo.

Dejó un momento mi pecho y comenzó a desabrocharse uno a uno los bonotes nácar de su camisa blanca. Su torso era hercúleo, a mi boca le era imposible negarse a morderlo, a lamerlo, a acariciarlo.

Se tocó la hebilla del cinturón mirándome. Yo cerré los ojos y sus vaqueros desaparecieron. Colocó la camisa blanca de seda debajo de mi cuerpo y asió los bordes de mi tanga de encaje blanco, bajándolo con mimo por mis caderas, muslos, rodillas, pantorrillas y besándome cada tobillo al abandonar éste mi piel.
Ahora mi nariz percibía el olor del mar mezclado con el de hombre.

Olía como a una mezcla suave de canela, cuero, lavanda y pachulí y su pelo era negro como el azabache puro. Yo pude verlo cuando su cabeza comenzó a descender por mi cuerpo regando de besos mis hombros, deteniéndose a hacer escala en mi pecho, haciendo un crucero en mi cintura y despeñándose en caída libre por las laderas de mis muslos para acabar en mi sexo.
Su lengua parecía estar en su casa, se movía con tal destreza que producía corrientes eléctricas que se expandían en oleadas cálidas por todo mi cuerpo.

Me tuvo rozando las estrellas hasta que el placer máximo estalló como un volcán dentro de mi cuerpo.
Me quedé tendida, boqueando como una sirena varada y recuperando la conciencia.

Justo cuando mis poros estaban empezando a librarse de la película de sudor que los protegía y pugnaban por recuperar aire, la calidez de su sexo invadió el mío y solo pude abrir los ojos un instante para ver los suyos y abandonarme otra vez al placer de su masculinidad. Sus envites fueron lentos al principio, tranquilos como las olas que llegaban rotas a la playa creando espuma blanca. Después su delicadeza tornó a frenesí y yo solo recuerdo que fui feliz, que me entregué, que sentí otra vez que tocaba las estrellas y que mi cuerpo era pura levedad.

Los recuerdos posteriores son difusos, hubo algo que me lastimó en el cuello, a la altura de la yugular, algo doloroso pero a la vez ardiente y placentero.

Ahora solo salgo por las noches, dos colmillos me proporcionan sustento y vida. Quizás en algún oscuro bar podamos encontrarnos y yo te haga a ti, que me estás leyendo, tocar las estrellas.
 
 

 por Lince
 

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