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Habíamos madrugado mucho ya que teníamos que recorrer varios kilómetros hasta llegar a nuestro destino, un recóndito lugar en una sierra del norte de España. Aunque el clima de la zona es algo rebelde, esa mañana de verano amaneció sorprendentemente calurosa.Antes de repasar todo lo que habíamos metido en el coche, dirigí un vistazo a mi compañera de viaje, para mi sorpresa había elegido una faldita corta (si es que se podía llamar falda a aquello); al sentarse a mi lado sus piernas abiertas eran como un acantilado sobre el abismo de su tanga.
Mientras conducía camino del paraíso me recreaba en el espléndido espectáculo de su cuello y su escote, tan profundamente me absorbieron sus pechos hipnotizantes que mi espejo retrovisor era ya inútil para ver los coches que rodaban tras de mí.
Ella no tardó en darse cuenta que aquel espejo no tenía otro uso que perderse entre sus pechos y sus piernas, una mirada de complicidad se cruzó en el espejo y un beso en mis labios me indicó que mientras no me estrellara, podría recrearme cuanto quisiera.
-Hace mucho calor ¿no crees? – me dijo – y para deleite mío, su camiseta salió volando a la parte trasera del automóvil. Reduje mi velocidad, ya que si hubiera ido al ritmo de mi corazón me habría salido de la carretera en más de una ocasión.
Dos llamas ardían en su mirada cuando se cruzaron con la mía, y en su sonrisa se reconocía la satisfacción de la noche anterior.
-Puf, que calor.......- repitió con voz infantil – y antes de que me diera cuenta su sujetador acabó sobre su camiseta, en el asiento de atrás.
Esa curva casi acabó con la excursión, pero mis reflejos estuvieron rápidos y pude evitar salirme de la carretera. Mis manos volvieron a mover el retrovisor y pude ver aquel pecho que volvía loco a mi sexo. Mis hormonas brindaron a su salud y mi cuerpo entero sintió el sabor de sus pezones que nunca olvidaba mi paladar.
Mientras mi boca rememoraba su sabor, ella acarició sus senos con pícara desvergüenza. Sus dedos tocaron mis labios y pidieron entrar para acariciar mi lengua y tomar un poco de mi savia. Con su líquido volvieron victoriosos hacia su origen y mi saliva rodeó sus pezones, permitiendo una cálida y suave caricia. Luego nuestras salivas se mezclaron en sus pechos y sus dedos recorrieron sus perlas erizadas por el placer.
En esas estaba cuando con su mano bajó el retrovisor y lo llevó con maestría a la zona de su vientre, antes de hacerlo volví a ver las llamas de sus ojos y me quemé de nuevo.
Ahora una mano desaparecía por debajo de aquella minifalda, y la otra tocaba mi pierna derecha. En el tiempo que transcurrió entre que miré a la carretera y aquella mano en mi pierna, algo salió volando en el interior del coche y aterrizó entre mis piernas, no necesité ayuda para saber que sobre mí había terminado su falda.
Ahora mis ojos no podían separarse de aquella tanga blanca que entre sus piernas se hundía para mayor deleite de cualquiera que pudiera contemplarlo.
Un coche pitó ruidosamente cuando me adelantó debido a la lentitud de mi paso, y es que yo no quería matarme ni quería perder un segundo de aquel espectáculo.
El espectáculo continuo tras un largo beso en la boca y un intento de tocar aquel cuerpo excitante que se retorcía a mi derecha. Mis manos fueron rechazadas y solo me pidieron que siguiera mirando.
Y eso era lo que hacía al ver sus manos estirar la tela del tanga y acariciar su vello y eso era lo que hacía al ver sus manos entrar en la puerta del cielo de su sexo.
Aquella tela blanca debía impedir bien el movimiento de sus manos pues terminó en el volante... y sus piernas terminaron sobre mí. Ella se recostó (algo incómoda, pensé yo) contra su puerta, dejando su sexo a la altura de la palanca de cambios.
Sus manos lo acariciaban mientras yo conducía y pasaba el cartel de 5 kilómetros hasta nuestro destino; ¿Quién puede fijarse en letrero alguno cuando siente a su lado latir aquello que tanto se desea?, su vello bien cuidado, cortito, perfilaba bien sus labios, los mismos que se abrían a mi vista y mostraban el rosa de su sexo.
Una zona sin curvas hizo que mi mano acariciara sus muslos y que mis dedos se hundieran en su interior. Probé el sabor de su deseo cuando a continuación los hundí en mi boca, mi saliva recogió toda su savia y aportó más leña al fuego de su sexo.
Sus pies trataron de masturbarme, sin mucho éxito pues al poco de comenzar a jugar sobre mí, vi como sus caderas se movían al ritmo conocido del clímax, su voz se entrecortó y sus quejidos indicaban la presencia de aquello que fue buscando.
Y gritando se corrió.
Sus dedos mojados abrieron su interior a mi vista mientras temblaban por la presencia del orgasmo.
En la cuneta un coche estaba parado, dentro el conductor se inclinó sobre el sexo húmedo y caliente de su acompañante que aún se reponía del último orgasmo, y su lengua cariñosa hizo que otro viniera desde el centro mismo del placer.
Dos kilómetros faltaban para llegar a aquel lugar de ensueño.
Su respiración, sus jadeos y el gemido de su voz indicaron que sin haber llegado, acababa de llegar.
Continuará.....
El doctor
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