RUIDO
 por Lince
El ruido era ensordecedor. Decenas de máquinas textiles funcionaban a la vez en una gran nave con una acústica que quintuplicaba los golpes. Las correas chirriantes, los brazos giratorios, los piñones ajustándose y la matraca de motores a su máxima potencia componían una sinfonía imposible que llenaba el local y se escapaba por dos grades portones, abiertos de par en par para lograr un poco de corriente en aquel abrasador día de agosto.

El empleado que me acompañaba me dejó sola en medio de aquel vendaval de ruidos y se acercó a una de las máquinas. Dio una leve patada a una figura tumbada bajo lo que parecía una bobina inmensa y le gritó algo imposible de descifrar para mi desde aquella distancia. Luego me saludó con una mano y se fue, perdiéndose su sombra a la  intemperie de aquel incesante clamor metálico.

Él salió de debajo de la máquina y yo entonces supe que era la viva imagen del deseo materializada por fin en una realidad tangible. Llevaba el mono azul atado con las mangas a la cintura y estaba lleno de grasa y sudor. En su mano derecha una llave inglesa . Y esa mirada... Se acercó a mi con los ojos muy abiertos.

Había empezado a caer el sol y el calor remitía. Yo llevaba un ligero vestidito de tirantes, de color marfil, vaporoso y muy cortito, con pequeñas florecitas estampadas. El pelo recogido en dos trenzas ya bastante desechas  y unas sandalias rojas sin tacón.

Me dijo algo pero le hice gesto de no entender ni palabra, el ruido era ensordecedor. Se acercó a mi y se paró en el último momento para no mancharme de grasa. Pegó sus labios a mi oído y me preguntó divertido:

-¿Qué haces aquí?

Yo le miré. Tuve que contenerme para no tocarle. Sus hombros y sus brazos parecían jugosos, parecían decirme “muérdeme” bajo esa película de sudor y grasa. Le miré a los ojos y vi que me había pillado casi literalmente relamiéndome. Me sonrojé. El sonrió y se cruzó de brazos. Esperaba una respuesta.

Yo fui a contestarle y me di cuenta que tendría que pegarme a él para salvar aquella marea sonora, pero como probablemente me iba a manchar de grasa si me acercaba demasiado opté por rodearle y ponerme a su espalda. También pegué mis labios a su oreja (pequeña, dulce, deliciosa) y de dije con picardía:

- Siempre he querido saber donde trabajas.

Él se giró y abrió los brazos enseñándome todo aquel barullo. Pareció que a su señal, como si fuera un director de orquesta, todos los motores se dispararan, los pistones subieran con más velocidad y las correas chirriaran con más fuerza.

 Yo le miré, él me miró. Sonrió. Volvió a cruzarse de brazos y se llevó una mano a la barbilla.

- ¿Qué quieres?- dijo. Y yo leí sus labios.

Sin pensármelo dos veces me llevé las manos a la espalda y deshice el nudo que ceñía el vestido a mi cuerpo.
Él abrió muchísimo los ojos y cuando yo hice ademán de coger las puntas de la falda para sacarme el vestido, dejó caer la llave inglesa al suelo de tierra y cogiéndome de la mano me llevó entre dos máquinas. En la esquina de mi falda quedó una mancha de grasa negra. Se me quedó mirando muy muy extrañado, evidentemente no se creía que yo estuviera haciendo eso. Yo le besé, se puede decir que me lancé a su cuello. Y me perdí en aquellos labios y mordí aquella lengua y me ahogué en su saliva. Le besé con los ojos cerrados, apretándome a su cuerpo con todas mi fuerzas, rozando mi sexo contra el suyo y enredando una de mis piernas en una de las suyas. Él reaccionó, se separó un poco y vio mi vestido lleno de grasa.

-Habrá que quitarlo, dije yo. – Y él leyó mis labios.

El vestido quedó echo un guiñapo en el suelo y mi cuerpo blanco se distinguiría a distancia entre todas las máquinas verdes con manchas de grasa y aceite. Él se acercó y con gran delicadeza, extraña realmente para una figura tan ruda, me acarició el pecho. Quedaron líneas de grasa en la piel suave y blanca. Los dos las miramos y decidimos al unísono hacer de mi cuerpo un lienzo donde plasmar el recorrido de las manos de un amante ansioso. Yo liberé el nudo de su mono y pude comprobar para mi intensa satisfacción que no llevaba absolutamente nada debajo. Otro elemento sumamente excitante para sumar a toda la situación...

Había una parte de su cuerpo que no estaba manchada de grasa. Me puse en cuclillas y me la llevé a la boca. Él se apoyó en la máquina y se dejó hacer. Yo disfruté, disfruté un montón de su sabor, de su textura, de su suavidad. Jugué con mi lengua a hacer círculos a su alrededor. Junté saliva y la extendí por toda su longitud...

...  pero  quería disfrutarla de otra manera y me incorporé.

Abrió los ojos, que había cerrado por estar entregándose a la felación y me cogió de los antebrazos con fuerza, quizás con demasiada fuerza. Me sorprendió; me excitó.

Luego yo tenía las piernas enredadas en su cintura y él estaba dándomelo todo. Yo me hacía daño en la espalda con las tuercas de la máquina pero aún eso me hacía vibrar porque toda la situación era salvajemente excitante y yo tuve mi primer orgasmo a los cinco minutos de tenerle dentro.

Él es un caballero, se lo puedo asegurar y se aseguró de darme mucho mucho mucho placer antes de dárselo a sí mismo. Me obsequió con los más indecentes placeres de la carne. No dejó ni un minuto de tenerme donde él quería, que era lo que a mi me gustaba. Se apretaba contra mi cuerpo,  me mordía los hombros, el cuello; me deshizo del todo las trenzas y me agarró del pelo... Cada vez que un nuevo orgasmo me llenaba, él se detenía un segundo para dejarme disfrutarlo y luego volvía a llenarme el cuerpo de aquel calor, aquella lujuria que solo él sabe darme.

No sé cuanto duró todo aquello, cuantas veces me sacó de la realidad terrena para sumergirme en su océano de pasión. No sé que cosas nos dijimos, no sé cuantas veces le pedí más, no sé si susurraba a mi oído que le volvía loco o lo gritaba a pleno pulmón, no sé si quedó alguna parte de nuestros cuerpos por explorar, no sé.

Solo sé que estábamos en una fábrica textil, el mecánico y yo, en agosto, entre dos máquinas y parecía que hiciéramos gemir con nosotros a toda aquella maquinaria.

Después me dejó un mono de trabajo y salimos de allí, llenos de grasa, de semen, de sudor y de saliva.

Y en mi piel el autógrafo de tan maravilloso artista.

 por Lince
 

Volver al Indice de LINCE