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Tras el fin de semana que pasé en casa de Javier, un fin de semana de completa entrega sexual por parte de los dos, transcurrió algún tiempo sin vernos. Yo volví a mi casa, en el norte, y él quedó en la suya, en la sierra de Madrid. Nuestros respectivos trabajos nos absorbían y no hubo posibilidad de estar solos, ya que –ya lo sabéis- ambos teníamos pareja.. Yo, sin embargo, echaba de menos nuestros encuentros.A finales de febrero, un febrero bastante lluvioso, Javier me escribió para comunicarme que tenía una semana de vacaciones y que iría a verme. Por suerte, mi novio tuvo, por motivos laborales, que salir de España durante cerca de un mes. No obstante, en aquella época yo estaba bastante liada: a mi trabajo en el estudio de arquitectura, en donde, como ingeniera industrial, me ocupaba del diseño de la seguridad pasiva de los edificios y de los presupuestos de materiales; se unía, tras salir a las cinco del estudio, el trabajo que estaba haciendo en la tienda de mi amiga Elsa, a la que estaba echando una mano en la nueva redistribución del local. Por todo ello, le comenté a Javier que sería mejor que viniera solamente para el fin de semana, ya que no iba a poder atenderle durante el resto de los días. Además, Elsa conocía a Daniel, mi novio, por lo que Javier y yo ni siquiera nos podríamos tocar, estando Elsa delante.
Tal como habíamos quedado, Javier llegó el viernes por la tarde. Nos habíamos citado en la tienda de Elsa y allí fue Javier a buscarme. Elsa y yo estábamos agotadas. Llevábamos trabajando más de quince días sin parar, terminando a las tantas de la noche y aquel viernes ya no podíamos más. Yo no pensaba más que en coger la cama para dormir y ni la presencia de Javier, aquella noche, conseguía despertar en mí el deseo. Javier, nada más vernos, entendió la situación y, aunque ardía en deseos de follarme, decidió que más valía dejarnos descansar. Fuimos a cenar a una sidrería y, aunque a pesar de mi origen, no me gusta, tomé sidra. Entre eso y el cansancio me caía de sueño. La sidrería estaba cerca de mi casa y llovía a mares, así que dije a Elsa que se quedara a dormir en mi casa. Elsa, tan dormida como yo, aceptó.
A pesar de que deseaba dormir con Javier, no hubo más remedio de acomodarnos de otra manera: Elsa y yo dormiríamos en la cama de matrimonio y Javier en el sofá-cama del salón. Nos lavamos los dientes y antes de darnos cuenta estábamos dormidas. Durante todo este tiempo, Javier se había comportado como un auténtico caballero: se había portado gentilmente con Elsa y, en ningún momento, me había hecho ningún tipo de insinuación. Yo, sin embargo, en el sopor del duermevela, antes de caer dormida, estaba pesarosa por saber a Javier solo en el salón.
(Es el momento de describir a Elsa y de recordaros cómo soy yo. Mido 1,55; una melena negra, rizada, que me llega hasta casi la cintura –según Javier, uno de mis mayores atractivos-; los ojos negros, chispeantes, que yo realzo utilizando sabiamente los cosméticos –“ojos bonitos”, me llama Javier- y una boca carnosa, generalmente, sonriendo. Soy delgada, con unos pechos pequeños, pero bien formados. Bajo mi cintura, un culo magnífico, que pone a los hombres a cien: redondo, carnoso, duro y unas piernas rectas. Visto siempre con tacones –soy bajita- y me encantan las minifaldas, los pantalones ceñidos al trasero, los tops y... los tangas.
Elsa es bastante diferente a mí. Mide 1,70 –somos el punto y la ‘i’- y sin ser gruesa es de formas rotundas. Morena, peinada con una media melena, de ojos color miel y con unos pechos enormes en forma de pera –hemos hecho top-less juntas-. Tiene una cintura estrecha y un culo, curiosamente, pequeño, pero perfecto –no tan atractivo como el mío, sin embargo- que se ajustan perfectamente a los vaqueros que suele llevar.)
El sábado no fue nada especial: nos levantamos tarde –ya descansadas- y fuimos a la tienda a trabajar, incluido Javier. Comimos y, por la tarde, en vista de que seguía lloviendo nos quedamos en casa charlando. Yo me desesperaba por no verme a solas con Javier y Javier, a pesar de sus esfuerzos, se le notaba igual. Ya, en la noche, decidimos ir a cenar, tomar una copa y -¡por fin!- Elsa comentó que, luego, se iría a su casa. Javier y yo nos miramos con toda la pasión de que éramos capaces: sabíamos lo que iba a pasar cuando estuviéramos solos.
Cenamos y, cuando nos dirigíamos a beber algo, nos cayó encima la mayor tormenta que yo recuerdo. Corrimos buscando un taxi y quedamos empapados. Elsa parecía un gatito abandonado, chorreando, y yo fui incapaz de decirle que se fuera. Decidimos ir, de nuevo, a casa y yo dije adiós, definitivamente, a mi noche con Javier.
Cuando llegamos a casa estábamos muertos de frío. Decidimos que, mientras que Elsa y yo nos duchásemos para entrar en calor, Javier prepararía una infusión caliente. Dicho y hecho. Elsa y yo entramos en el baño a ducharnos. Es curioso el grado de intimidad que se puede establecer entre dos mujeres. No creo que ningún hombre entré a ducharse con otro, salvo en las duchas de un gimnasio y, sin embargo, allí estábamos dos mujeres desnudas, dispuestas a ducharse, con un tremendo grado de complicidad. La ducha fue estupenda y, mientras yo notaba caer el agua caliente por mi cuerpo, Elsa me hablaba a través de la mampara. No supe muy bien lo que me contaba, porque el calor del agua y mis pensamientos hacia Javier me excitaron. Sentía caer el agua y acariciaba mis pechos, mi vientre, ligeramente mi vulva, mientras las ensoñaciones de sexo con Javier me llevaban lejos de allí. Me sentía mojada y no sólo por el agua. De aquel paraíso artificial me sacó Elsa:
- Venga, Olvido, sal ya, que quedo yo.
Salí algo arrebolada de la ducha, lo que no pasó desapercibido a Elsa:
- ¿Tan caliente estaba el agua? Sales roja como un cangrejo.
Me reí para mis adentros ante la explicación de Elsa. Me sequé, mientras ella rápidamente se duchaba. Cuando Elsa salió, no se anduvo por las ramas:
- ¿Qué hay entre Javier y tú? –me preguntó de sopetón.
- ¿Por qué dices eso? –le respondí, azorada, intentando parecer sorprendida.
- ¿Crees que nací ayer? Me he dado cuenta cómo os mirabais. Parecía que os follábais con la mirada –me respondió con todo descaro.
Así que se había dado cuenta. Preferí no seguir disimulando y decidí contárselo. Pero, antes Elsa me pidió que le extendiera la leche hidratante por el cuerpo. Aquello sí que fue definitivo. Según iba extendiendo la leche hidratante por el cuerpo y le contaba las relaciones entre Javier y yo, noté cómo mi excitación iba en aumento y me sorprendí mirando a Elsa como antes no había mirado a ninguna mujer. Mis manos se demoraban más de lo normal en su espalda, en su cuello. Y Elsa...
- Dame también por los pechos –me dijo.
Yo ya estaba lo suficientemente caliente y desinhibida como para negarme. Empecé a acariciarle los pechos, esos pechos grandes, todavía en su sitio, duros y con unos pezones rosas, que se iban tornando marrones con las caricias. No sé cómo me atreví, pero acerqué mis labios a los labios de Elsa y no retiró su boca. Su lengua, dulcemente, con cuidado, invadió mi boca. No sabía lo que estaba haciendo, pero me gustaba y más cuando la mano de Elsa comenzó a acariciarme con delicadeza el rostro. Creí caerme al suelo. Me mareaba, el baño me daba vueltas.
- Tranquila –me susurró Elsa.
Sus manos descendían por mi cuerpo y me acariciaba la cintura, las caderas, apretando, ligeramente, mi culo. Yo ardía en deseos de acariciarla, tanto como que ella siguiera. Despacio, muy despacio, su boca besó mis pechos, mordiéndolos delicadamente, ensalivándolos, dejando que su lengua recorriese mis pequeños pechos. Su mano derecha, jugando, se iba acercando a mi vulva. Rozó mi clítoris y pegué un respingo.
- Quieta, no te preocupes –me dijo.
Yo no estaba preocupada, sólo quería que sus dedos me penetraran. Y ella lo hizo. Primero uno, luego dos. Entraba y salía de mi chocho, con toda facilidad, sabiendo donde detenerse, cómo seguir –se notaba su experiencia masturbándose-. Me hizo sentarme en la encimera del lavabo y aplicó su boca a mi coño. ¡Dios! Quería correrme ya. Mis manos sujetaban su cabeza, intentando que su lengua entrara hasta el fondo de mi coño, pero, Elsa, sabiamente, se limitó a lamerme los labios, a mordisquearme el clítoris, a, de vez en cuando, dejar que su lengua explorara ligeramente el interior de mi chocho. Casi sin querer, me dejé ir. Una sensación de plenitud subió desde mi coño a mi cabeza, invadiendo mis entrañas. En vez de los gritos que acompañaban los orgasmos con Javier, aquella vez no hubo más que suspiros. Me corría, me corría, con la lengua de una mujer, mi amiga Elsa, en mi coño.
¡Eh! ¿Qué pasa? – la voz de Javier, me sacó de mi inconsciencia.
Llevábamos media hora en el baño. Elsa me besó en la boca, mientras me decía:
-Ha sido maravilloso. Espero poder terminar otro día con más calma. Tienes un cuerpo capaz de enloquecer a hombres y a mujeres.
Al oír aquello, me acordé de mi vecina en el tren cuando fui a visitar a Javier a su casa. Medio riéndonos nos pusimos los tangas, unas camisetas y las batas y salimos del baño, excitadas todavía y temiendo que Javier adivinase, aunque fuera mínimamente, lo que había ocurrido. Pero, estaba demasiado preocupado por ducharse él también y cuando nos vio salir sólo masculló, masculinamente ofendido:
- Ya os vale, joder.- Y entró en el baño a toda prisa.
Javier se había esmerado: había hecho chocolate bien caliente y humeaba en el cazo, esperando para ser servido. Javier salió enseguida, con su corto pelo mojado y todavía algo molesto.
-Andad, guapas, que si me descuido, duermo empapado- nos dijo.
Elsa y yo nos miramos con complicidad. Serví tres tazones de chocolate y pasamos al salón a tomarlos. Elsa y yo nos sentamos en el sofá, mientras que Javier, según su costumbre, lo hizo en el suelo, sobre la alfombra. El chocolate estaba delicioso, amargo y caliente: lo único que faltaba para aumentar nuestra excitación. Javier encendió un cigarrillo y me miró con cara de despecho. Elsa, sonriendo pícaramente, le dijo a Javier:
- Olvido está estupenda, ¿no te parece, Javier?-
Javier la miró con asombro, sin saber muy bien que pasaba allí.
- ¿Por qué lo dices?-
-No hay más que verla- contestó Elsa, mientras acariciaba mi pelo y mi cara
Yo no sabía dónde meterme. La audacia de Elsa me parecía ahora mayor que en el baño. En definitiva, antes había sido yo la que había empezado, pero ahora Elsa parecía desencadenada. Sin embargo, me gustaba lo que estaba haciendo mi buena amiga, mi reciente amante. Javier nos miraba: no sabía que le asombraba más, si la osadía de Elsa o mi indolencia, dejando llevar por la situación.
- Pero, ¿qué os proponéis?- preguntó Javier, sin saber muy bien a qué carta quedarse.
Por toda respuesta, Elsa acercó su boca a la mía y me besó suavemente. Su lengua buscó a la mía, la encontró y nos besamos con dulzura, pero con pasión. Mi excitación, que no se había apagado, volvió a reavivarse. Miré a Javier. Estaba asombrado, pero por su mirada –yo ya le conocía- se estaba poniendo cachondo.
- Acércate,- le invitó Elsa –en esta fiesta podemos participar los tres.-
Javier no se hizo de rogar. Se levantó y comprobé que su erección era evidente. “Este es mi Javier”, pensé para mí. Cogió a Elsa por el cuello y la besó. Un aguijón de celos recorrió mi cuerpo, al ver que elegía a Elsa en primer lugar, pero desapareció enseguida, sustituida por la excitación, viendo como Javier magreaba expertamente uno de los pechos de Elsa. Me uní al juego. Separé la boca de Elsa de la de Javier y besé a mi amiga, mientras levantaba los faldones de la bata de Javier y le acariciaba la verga, por encima de los calzoncillos. ¡Joder! Aquello me estaba poniendo muy, pero que muy cachonda. Mi chocho estaba completamente mojado, inundado por mis jugos. Javier nos propuso ir a la cama. No nos lo hicimos repetir. Por el pasillo, tambaleándonos, nos íbamos besando, acariciándonos, explorando nuestros cuerpos. Caímos sobre la cama, formando un amasijo de miembros..
Elsa y Javier tomaron la iniciativa. Me desnudaron entre los dos, mientras sus manos y sus lenguas hacían de mí un cúmulo de placer, sin que yo supiera muy bien quien me besaba o quien me acariciaba en cada momento. Recorrían mi cuerpo, sin dejarme hacer, manejándome a su antojo, haciéndome sentir lo nunca sentido por mí. Sus bocas fueron resbalando por mi cintura antes de encontrarse a la entrada de mi vulva. Mi chocho ardía en deseos y literalmente. Sus lenguas se juntaban, mientras me proporcionaban un infinito placer que me subía hasta las entrañas, haciendo que me mordisquease mi labio inferior, ebria de placer, en una locura lúcida, que me hacía flotar en una nube, al tiempo que cada uno de mis poros absorbían todas y cada una de las caricias que aquello dos magníficos amantes me daban, con mi mente clara fijándose en cada una de las placenteras sensaciones que me llegaban. Mi vulva empapaba la cama y una de las dos lenguas exploraba ahora mi culo, mientras la otra se demoraba en el interior de mi coño. Sabía que Javier se estaba dedicando a mi culo: Elsa aún no conocía todos mis secretos, aunque pronto los conocería. Javier fue mojando mi culo, para que estuviera tan lubricado como mi chocho. Estaba a punto de estallar, pero me retuve.
Javier me comía el culo y yo estaba enloqueciendo. Elsa se alzó hasta mi rostro y con su boca llena de mis flujos me besó. Una especie de orgasmo recorrió todo mi ser. Javier seguía monopolizando mi culo, mientras Elsa y yo nos besábamos. Busqué los pechos de Elsa. Comencé a besar sus tetas, en toda su extensión, mordisqueé sus pezones, lamí las dos coronas marrones ya de la excitación, mientras sus pezones, duros como piedras, estaban ya completamente erectos.
- ¿Dónde está el enculador? –preguntó Javier con voz ronca por la lujuria.
Se refería al consolador anal que habíamos utilizado en su casa y que yo me había traído a la mía. Reptando por la cama, me acerqué a la mesilla para buscarlo, así como el lubricador. Mientras tanto, Elsa, para no estar ociosa, se había metido la polla de Javier en la boca y le estaba haciendo una magnífica mamada. La cara de Javier, con los ojos entrecerrados, demostraba el placer que le estaba invadiendo. No quise interrumpirles. Mi vulva estaba necesitando compañía, así que me introduje el consolador en el coño, mientras observaba como Elsa se la estaba mamando a Javier. Aquello era el colmo: me estaba follando yo misma, observando como mi mejor amiga se estaba comiendo la polla de mi amante de siempre. Yo estaba a punto de explotar. No podía más: mi boca pedía también acción. Me acerqué por detrás a Elsa, le separé las piernas y comencé a comerle el coño, sin dejar, sin embargo, de follarme con el consolador. Nunca había probado el sabor de un coño y puedo aseguraros que me encantó. Aprendí a darle placer a una mujer, recordando cómo Javier me comía a mí el coño. Elsa gemía, a pesar de tener la boca ocupada por la magnífica verga de Javier. La excitación de Elsa iba en aumento: culeaba de una forma espléndida, lo que acrecentó en mi la excitación. Deseaba meterme el consolador hasta el fondo de mi coño. Javier gemía fuera de sí. Elsa no pudo más y comenzó a correrse, mientras llenaba mi boca de su exquisito flujo. Yo no pude más y exploté, enloquecida de placer. Mientras Elsa y yo nos corríamos casi simultáneamente, Javier comenzó a acrecentar el ritmo de la mamada, empujando con su culo, para que su polla entrara bien en la boca de Elsa. Mi Javier se iba a correr.
- Olvido ven aquí. Quiero correrme en ti –dijo a duras penas.
Sacó su polla de la boca de Elsa y la metió en la mía. Yo estaba orgullosa de que me eligiera a mí para correrse. Se la chupé, mientras acariciaba sus huevos. Su eyaculación no se hizo esperar y toda la tensión contenida explotó en mi boca. La corrida de Javier fue de las que hacen época. Su semen llenó toda su boca, resbalando incluso por las comisuras de mis labios: yo no podía con toda aquella cantidad de semen. Menos mal que Elsa vino en mi ayuda y, así, se dedicó a lamer el semen sobrante de mi boca. Javier estaba agotado, pero Elsa no.
- Olvido, déjale que se recupere, si puede,- dijo Elsa con maldad- que tú y yo podemos continuar.
Cogí mi consolador y se lo introduje en el chocho. No entró: simplemente el coño de Elsa lo succionó. Mi amiga cada vez me sorprendía más. Ella, al tiempo, se dedicó a comerme el coño, aunque viendo lo que, anteriormente, había hecho Javier, de vez en vez, se daba una vuelta por mi culo. Javier, a nuestro lado, se recuperaba de su tremenda corrida. Yo veía el chochito de Elsa, la entrada de su vulva inflamada de excitación, el flujo de su coño saliendo de su chocho y el consolador entrando y saliendo. Al mismo tiempo, notaba su boca en mi vulva y como, de nuevo, mi chocho se empapaba. A pesar del placer me daba cuenta de lo que estaba pasando: estaba follando a una mujer, mientras ella me comía el coño y el culo, mientras un hombre yacía a mi lado. No entendía nada de lo que estaba pasando, ni por qué pasaba, pero, en aquel momento, lo único que me importaba era dar y recibir placer. Al rato noté las manos de Javier en mi culo. Me volví y le miré: nos sonreímos. Javier tomó para sí mi culo, dejando para Elsa sólo mi chocho. De nuevo, me estaban emborrachando de placer. Noté como mi culo se dilataba, al tiempo que Javier introducía uno, dos, tres dedos en mi agujero. ¡Cabrón, cómo conocía mi cuerpo!
- Olvido, te voy a encular – afirmó Javier.
Joder. Me volví un poco asustada: hasta ahora en mi culo había entrado la lengua y los dedos de Javier, la lengua de Elsa, el enculador, pero la polla de Javier en mi culo me asustaba un poco. Elsa pareció encantada con la idea.
-No te preocupes, bonita, yo te ayudo-me dijo mi amiga.
Con mucho cuidado, Elsa comenzó a extender el lubricador por el agujero de mi culo, metiendo sus dedos en él para suavizarlo en toda su longitud. Javier miraba y se acariciaba lentamente su polla, una polla que, aunque nunca fue pequeña, ahora me parecía gigantesca. El lubricador produjo en mi culo una sensación de frescor, algo parecido a la menta y un ligero cosquilleo muy agradable.
- Cuando quieras, Javier, todo el culo es para ti –animó Elsa a mi amante.
Javier acercó su verga a mi culo, apretó un poco contra la entrada de mi agujero y, ¡joder!, aquel miembro se deslizó majestuosamente por el interior de mi culo. Aquello me dolió e instintivamente intenté apartarme, pero Elsa me agarraba y no dejó que me separase de la polla de Javier.
- Ah no, amiga mía, el culo era lo único virgen que tenías y tiene que dejar de serlo- comentó con un cierto sadismo Elsa.
Javier no paraba de empujar y el dolor primero estaba siendo sustituido por placer. Al principio, placer y dolor iban unidos; más tarde, el dolor desapareció, mientras el placer aumentaba; por último, mi culo brincaba de gusto con la polla de Javier dentro. Elsa, al comprobar, que ya no hacía falta sujetarme, cogió el consolador de nuevo y me lo metió en el coño. Yo no cabía en mi de gozo y, casi sin querer, sin darme cuenta apenas, me corrí. Grité como una loca, mientras mis dos agujeros se llenaban de mis propios flujos y un placer inmenso me inundaba. Javier y Elsa no paraban, pero yo ya no les sentía, tan sólo sentía mi propio placer, olvidado casi mi cuerpo, convertido en aquel momento en un paraíso de sexo. Javier no aguantó tampoco más y con un último empujón derramó todo su semen en el interior de mi culo. Me sentía arder por dentro, mientras Javier terminaba de correrse.
Caímos en la cama, los tres agotados, sudorosos, las piernas entrelazadas. Elsa me besó, mientras me decía:
- Tenemos que quedar más a menudo, Olvido: las amigas no deben pasar mucho tiempo sin verse.
Miré a Javier. Como siempre, después de un orgasmo me miraba con especial dulzura. Me abrazó, nos besamos y muy despacio me susurró al oído:
- ¿Sabes una cosa, ojos bonitos? Mañana por la mañana me iré, pero, recuerda que, ocurra lo que ocurra, pase lo que pase, pienses lo que pienses, nunca te olvidaré: por esta noche y por todas las que me has regalado y por despertar a tu lado viendo tu rostro.
Sabía que Javier no mentía y, aunque la vida diera muchas vueltas, en su corazón siempre estaría yo, su Olvido. Me separé de Elsa completamente y le besé como nunca había besado, ni nunca lo he vuelto a hacer.
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