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Llegué a mi nuevo destino a principios de verano. El cuartel era más grande que el anterior en el que había estado y tenía ocho viviendas, además de un bello patio adornado con jardines de flores y árboles frutales. Nuestro pabellón también era más grande, y mi mujer y yo no tardamos muchos días en meter en él los muebles e instalarnos.Era un cuartel en el que había un Sargento y siete Guardias, contándome a mi. Y entre nosotros nos tendríamos que hacer compañía mutuamente, ya que el pueblo tenía unos seiscientos habitantes, y la mayoría eran ancianos. Por suerte, todos eramos jóvenes. Nuestras edades rondaban entre los veintitrés y veintinueve años, salvo el Sargento que tenía treinta y siete y su mujer que tenía unos treinta y cinco; y también todos éramos casados, con lo cual había algunos niños en el Cuartel, lo que sin duda le daba más alegría.
A la primera persona que conocimos, a parte del compañero que estaba el día que llegamos haciendo servicio en la Puerta, fue a la mujer del Sargento. Como estábamos pintando el pabellón, teníamos la puerta abierta, y como es planta baja, cuando ella pasó por allí, se asomó para saludarnos. Hicimos las presentaciones preceptivas y nos dio la bienvenida. Como traíamos algo de comida en una mini nevera, ella se ofreció a subirsela a su frigorífico hasta que nosotros conectáramos el nuestro y enfriara.
Después se fueron acercando a lo largo de la tarde el resto de compañeros y sus respectivas esposas para presentarse. Está mal que me fije en las mujeres de los compañeros, pero he de reconocer que las que más me impactaron fueron la mujer del Sargento y la mujer de un Guardia que vivía enfrente nuestra, que era muy bella. Cuando entró a presentarse, llevaba puesta una camiseta corta de tirantes y un pantalón corto de lycra negro ajustado. Además tenía el pelo largo y rizado, la piel muy blanca y unos encantadores ojos azules.
En cambio, la mujer del Sargento, que se llama Maica, tenía la piel morena, y el pelo corto y negro del mismo color que sus grandes ojos que le hacían un rostro bastante atractivo. Era delgadita, pero pude observar desde el principio que tenía unos graciosos pechos, que sin ser grandes, debían de estar deliciosos. De cintura delgada y caderas anchas, continuaba su cuerpo con unas largas y bellas piernas morenas. Recuerdo perfectamente como iba vestida ese primer día. Llevaba una camiseta ajustada con escote de pico, que dejaba ver el canal que formaban sus dos pechos apretados contra un sujetador que debía llevar debajo, y que dejaba señaladas sus formas en la camiseta.
También tenía puesta una falda estampada en colores rojos, de una tela muy fina, y que se le volaba un poco con la brisa del aire. La primera bella estampa que observé de Maica, fue cuando estaba en la puerta de mi pabellón, con la luz del día que le daba de espaldas y que hacía que la falda se clareara hasta el punto que le pude distinguir las bragas a través de la finísima tela de aquella, y las piernas, que aunque parecían delgadas por la parte que llevaba al descubierto, es decir, de rodilla para abajo, al trasluz se veía como iban aumentando su grosor conforme subían hasta desembocar en sus caderas y hacerle esa preciosa curva para que su cuerpo se volviera a estrechar en la cintura. Nunca antes había visto unas bragas tan claramente a través de una falda.
Fueron pasando las semanas, y todos los compañeros fuimos cogiendo confianza. Hicimos más amistad con unos que con otros, pero en general se respiraba un buen ambiente en aquel cuartel. Teníamos incluso un bar, en el que por las tardes nos juntábamos casi todos para tomar una cerveza y las mujeres para hablar de sus cosas.
Las mujeres hacían su corrillo, y muchas veces hablaban de la mujer del Sargento cuando ella no estaba. A unos les caía bien, como a mi y a otros no. Decían que era algo dominadora y algunas mujeres habían incluso llegado a afirmar que era algo provocativa. Yo la verdad, es que no la veía así. Sí es verdad que siempre que salía o entraba del cuartel, se quedaba un buen rato a hablar con el que hubiera en la oficina. Sin ir más lejos, conmigo se ha llegado a tirar tardes enteras hablando. Como aquella en la que llevaba otra de sus faldas, y perdí la cuenta de las veces que cruzó y descruzó las piernas mientras estuvo sentada conmigo.
Uno de esos días que tanto entra y sale del cuartel, y que se para a hablar conmigo en la oficina, dio la casualidad que yo estaba ojeando una revista de ropa de señoras, y estaba detenido mirando las fotos de las modelos en ropa interior. Al verme me dijo:
- ¿Qué haces viendo eso?.¿Es qué te vas a comprar algo?
- Sí, claro -, le dije bromeando. Y se puso a mirar conmigo los camisones, corpiños, bragas y demás lencería que la revista vendía..
-Tu lo que quieres es comprar a la que hay dentro -, me dijo.
- No, no hace falta pagar para tener una tía tan buena como éstas. Las hay que lo hacen gratis y disfrutamos los dos –
- ¿Qué pasa, que no te gusta como lo haces con tu mujer? -, siguió bromeando.
- Sí, yo con mi mujer disfruto mucho y los dos nos lo pasamos muy bien. Pero no me negarás que el morbo que da hacerlo con otra persona diferente es mucho mayor. A lo mejor el placer físico es el mismo, pero eso unido al morbo, lo hace que sea más intenso-.
- Quizás sí de más morbo. Pero no creo que merezca la pena complicarse la vida así -, me dijo.
- No es complicación. Dos personas se dan placer mutuamente un rato, sin más compromiso ni obligación de repetir. O me dirás que si yo te comiera tu almeja ahora mismo aquí, no te daría más morbo que si te la comiera tu marido-.
No sé si estábamos ya en serio o en broma, pero lo cierto es que a mi me gustaba esa conversación.
- No creo que necesite eso. Mi marido me tiene muy satisfecha. Además, yo soy mucha mujer para ti -, me dijo riéndose.
- A lo mejor nos acostábamos los dos y yo no podía contigo, pero a lo mejor te gustaba más que cuando te lo hace tu marido. Eso sólo hay una manera de saberlo y es probando -.
- Pues creo que me quedaré con la duda. Bueno, me voy que tengo que comprar el pan y me van a cerrar. Luego nos vemos-.
- Bueno, yo también voy a cerrar ya. Hasta luego -. Nos despedimos y ella se fue. Al rato, yo también me fui a comer a mi pabellón sin dejar de pensar en la conversación que habíamos tenido. Espero que no se lo contara a su marido, ya que él era mi jefe y no me gustaría que se enterara de que había hablado de aquello con su mujer.
Fueron pasando los días y mi relación con el Sargento seguía igual, así que supuse que su mujer no le había dicho nada. Lo que si cambió fue mi relación con ella. Desde aquella conversación, parecía que tuviéramos más confianza, o por lo menos, eso me parecía a mí. Cada vez le gustaba más a ella pararse a hablar conmigo. Incluso parece que le veía los escotes más grandes, hasta tal punto que un día se agachó delante de mí a coger algo que se la había caído, y le pude ver un precioso sujetador violeta de encaje.
Además, cuando hablábamos y me enseñaba alguna revista, se acercaba mucho, incluso se apoyaba en mis rodillas o me cogía de la mano unos segundos para indicarme que la acompañara a ayudarle a coger algo que ella no podía. O quizás antes también hacía todas estas cosas pero yo no me había dado cuenta hasta entonces.
Un día estábamos todos cenando en el bar. Comimos y bebimos mucho. Y después pasamos a los cubatas. Nos tomamos unos cuantos, hasta que algunos se empezaron a ir a sus pabellones, bien porque tenían que madrugar o bien porque estaban cansados. El Sargento se había ido hacía ya un buen rato, y mi mujer dijo que iba a darse una ducha y a acostarse. Lo cierto es que al final de la noche, sólo quedamos dos compañeros y yo, y dos mujeres de otros compañeros, una de ellas Maica. Estuvimos un buen rato hablando y riendo. Incluso jugando a las cartas y al parchís. Al cabo de un buen rato, tan solo estábamos ya Maica, la mujer de otro compañero y yo. Los tres seguimos jugando y hablando otro rato, y no sé como, la conversación nos llevó a tratar temas de sexo.
Ellas exponían que no entendían a los hombres que se iban a los clubs de prostitutas. Que allí sólo había focos de infección de enfermedades y que deberían estar muy desesperados. Yo intenté romper una lanza a favor de los hombres, aunque no compartiera la idea de ir a los clubs de alterne, diciendo que algunos buscaban en las prostitutas lo que no se atrevían a pedirle a sus mujeres. Pero ellas no me entendían.
- Yo creo que mi marido tiene bastante confianza en mí como para pedirme lo que quiera. Otra cosa es que a mí me guste y quiera o no quiera hacerlo -, dijo Maica.
- Pues eso es lo que pasa. Que algunos hombres querrán probar otras cosas y sus mujeres no les permitirán practicarlo con ellas, y tienen que ir a buscarlo fuera -, le contesté yo.
- Sí, es que algunos hombres piden unas cosas muy raras. Menos mal que mi marido y yo somos muy tradicionales y no nos gustan los experimentos con el sexo. Si a él le gustara, tendríamos un problema, porque hay ciertas cosas que yo no haría. Por ejemplo, nunca me dejaría penetrar por atrás -, dijo nuestra compañera de conversación.
- Bueno, eso es de lo menos malo que te pueden pedir -, dijo Maica.
- ¿Qué pasa, que a ti te gusta por detrás? -, preguntó la otra mujer.
- A mi si. Pero en mi caso es al revés. Es a mi marido al que no le gusta penetrarme por detrás. -, le contestó Maica.
-Pues usando la misma regla de tres que con los hombres, tu tendrías que hacer lo que algunos y buscar eso fuera -, le dije sutilmente. Maica compartió conmigo una mirada cómplice y me dijo:
- Yo no soy así. Prefiero aguantarme sin practicar sexo anal, que ponerle los cuernos a mi marido -.
No sé por qué, pero a mi me sonó poco creíble aquello.
- Pues yo no lo probaría -, dijo la otra chica.. - Ni eso, ni otras muchas cosas que le gustan a algunos y que a mi me darían asco, como la lluvia dorada y esas cosas... -.
Maica se quedó callada y no contestó a aquello.
- Hombre, en principio parece una cosa desagradable, pero habría que probarlo y verse en la situación. En un momento de máxima excitación, uno nunca sabe lo que podría hacer. A lo mejor en ese momento, te lo hacen y te gusta -, les dije yo. Maica asentía, pero a la otra chica no parecía convencerle mucho mis argumentos.
Después de un largo rato de charla, decidimos que era tarde y que había que irse a dormir.
A los pocos días, estaba yo en la oficina del cuartel despachando unos documentos, ya que el Sargento estaba de patrulla y me tenía que encargar yo de ellos. Lo hacía con gusto, porque así de paso me entretenía algo. A las nueve y media de la mañana, bajó la hija del Sargento como todos los días para ir al colegio, y detrás bajó su madre para despedirla. Cuando la niña se fue, Maica entró en la oficina y me preguntó si había llegado el correo.
- Todavía no. Es temprano todavía, suele llegar a las once o las doce de la mañana -, le dije yo.
- Bueno, cuando venga me avisas. Me han mandado un documento importante que tengo que entregar en el ayuntamiento hoy antes de que cierren y me corre prisa -.
- Descuida, cuando venga el cartero te llamo -. Dicho esto, Maica salió de la oficina para subir a su pabellón, y yo no pude dejar de mirar su precioso culo que guardaba bajo aquellos pantalones ajustados mientras se alejaba.
A la hora de costumbre, llegó el cartero. Me saludó y estuvimos hablando un rato. Me dio la correspondencia, y dijo que había un sobre certificado para la mujer del Sargento y que ella tendría que firmar.
Acto seguido, llamé desde el timbre que hay en la oficina y que comunica con todos los pabellones, pero Maica no contestaba. Insistí algunas veces más, y al ver que no había respuesta, le dije al cartero que ya firmaba yo y que me encargaría de darle la carta a ella lo antes posible.
Una vez que el cartero se fue, le dije al compañero que estaba de servicio de puertas que iba a subirle a Maica un sobre, que era importante y lo estaba esperando. Al subir a su pabellón, me encontré con la puerta cerrada pero con las llaves puestas en la cerradura, como era costumbre. Llamé al timbre varias veces, pero ella no parecía oírme. Por un momento pensé que a lo mejor había salido sin yo darme cuenta, pero rápidamente descarté esa idea porque se escuchaba música en el interior de su vivienda.
Dada la importancia de la carta, decidí abrir la puerta y entrar. La volví a llamar una vez dentro, pero no obtuve respuesta ninguna. Caminé despacio hacia la habitación de donde provenía la música, y vi que estaba la puerta entre abierta. Miré en su interior y me di cuenta sobresaltado de que era el cuarto de baño. El corazón se me puso a cien. Me acerqué algo más a la puerta, y miré dentro sin hacer demasiado ruido. Me dio un vuelco el corazón cuando pude ver a Maica de espaldas, desnuda, con un pie apoyado en el filo de la bañera de la que seguramente acababa de salir, secándose con una toalla las piernas, y enseñándome, sin ella saberlo, su hermoso culo.
Al ver que casi me iba dar algo, llamé con los nudillos a la puerta y me retiré de ella. Maica apagó la música y contestó algo asustada:
- ¿Quién es? -.
- Maica, perdona, soy yo, Tino. El cartero te acaba de traer una carta certificada y te llevamos llamando unos quince minutos. Como no contestabas he decidido entrar. Como me dijiste que era algo importante...-
En ese momento, ella abrió la puerta y salió con una toalla rosa liada al cuerpo, que le tapaba desde los pechos hasta casi las caderas, dejando la totalidad de sus piernas al descubierto y casi su vello púbico.
- Ah, hola. Gracias. Es que me estaba duchando y con la música no he escuchado nada. Vamos a ver si es el documento que necesito -, y Maica caminó por el pasillo para llegar al salón. Mientras andaba, yo la seguí, y no paraba de mirarla. Su toalla apenas le tapaba el culo y al caminar casi se le veía. Ella llevaba en una mano la carta, y con la otra se sujetaba la toalla al pecho.
Al llegar al salón, se sentó en el sofa y rápidamente, mientras con una mano apretaba la toalla contra su pubis, cruzó las piernas. Que lástima que no pude llegar a verle nada. Pero en esta posición tenía una panorámica de sus piernas espectacular. Se le veían los muslos hasta la altura del culo.
- Sí, esto es. Necesito presentarlo esta mañana en el ayuntamiento antes de que cierren -, dijo. Con un bolígrafo terminó de rellenar algo, apoyándose el papel en la rodilla que tenía cruzada. Acto seguido y con mucho cuidado de no mostrar nada, se levantó del sofá.
- Bueno, voy a vestirme en un momento y a salir corriendo. Gracias por traérmela. -, me dijo, como invitándome a salir.
- Pues nada, si necesitas algo me lo dices. Voy a seguir con lo mio-, y me fui de su pabellón. Bajando las escaleras, tuve que esperar un rato para que se me bajara algo la erección por lo que acababa de ver. La verdad es que esa mujer me daba mucho morbo y estaba buenísima.
Por la tarde, mi mujer decidió ir con una amiga a la plaza del pueblo a tomar café. Yo, sabiendo que tardaría bastante, decidí ducharme tranquilamente y disfrutar del agua caliente. Dejé las llaves en la cerradura, por si ella venía antes de que yo saliera de la ducha. Puse música, y encendí el calentador. No tardé en estar desnudo debajo del agua, que casi me quemaba pero que me producía una sensación agradable. Mientras me enjabonaba, fantaseaba con la imagen de Maica que había visto esa misma mañana. Me la imaginaba en su salón, leyendo aquella carta, y de repente rompiéndola, levantándose del sofá y tirando la toalla al suelo.
Sólo de imaginarlo tenía la polla dura. Me eché jabón en la mano, y comencé a masturbarme hasta casi llegar a la eyaculación. Dejaba pasar un rato, y seguía machacándomela pensando en ella. Después de casi media hora, corté el agua, descorrí las cortinas y cogí una toalla para ir secándome. Y en ésto que al mirar al espejo, pude ver reflejada la cara de Maica que me espiaba por la puerta entreabierta. No me lo podía creer.
Decidí soltar la toalla y me dirigí hacia la puerta.
- Hola Maica -, le dije, totalmente desnudo. Ella se asustó un poco y se puso algo colorada. Llevaba puesto un jersey de punto de cuello alto sin mangas, de color naranja, tan ajustado que se le marcaban muy bien los pechos. Y unos pantalones beige, combinados con unas botas negras de tacón.
- Perdona, es que te traía la película que me dejaste ayer, que ya la hemos visto. He estado llamando a la puerta, pero tu tampoco me has escuchado. Te ha pasado lo mismo que a mi esta mañana -, me dijo.
- No importa. A mi no me da tanto corte como a ti, que me veas desnudo -.
- Bueno, tu no me has visto a mi tampoco -.
- Eso es lo que tu no sabes. Porque esta mañana, antes de llamar a tu cuarto de baño, te estuve espiando un rato como tu a mi ahora. La lastima es que sólo pude verte de espaldas, pero fue suficiente para pensar que tienes un cuerpo precioso -, le dije yo.
- Tu también tienes un cuerpo precioso -, me dijo ella sin ninguna vergüenza.
- Supongo que mejor que el de tu marido, ¿no?. Al ser yo más joven. ¿Y mi sexo que te parece? -, le pregunté abiertamente.
Ella me miró bien antes de contestar y sonrió:
- La verdad es que es más grande que la de mi marido -.
- Y porque todavía no la has visto al cien por cien. Pero espera y verás -.
Y diciendo ésto, comencé a menearmela, hasta que no tardó en ponerse totalmente tiesa y apuntando hacia ella.
- ¿Ves?. Así es más grande -.
- Ya lo veo. Está muy bien. Y seguro que es muy durita -, me dijo ella.
- Compruébalo. Tócala, no te cortes -. Y no se cortó. Me cogió la polla y siguió meneándomela suavemente.
- Umm, está muy dura. Me gusta -.
- Pues cuando quieras es toda para tí -, le dije yo.
- No voy a ponerle los cuernos a mi marido contigo, pero ¿me dejas que te la mame?. Eso no implica nada -.
- Bueno, si consideras que chuparla no son cuernos, adelante -. Y tras yo decir ésto, ella se agachó delante mía y sin soltarla, comenzó a pasarme la lengua suavemente mientras me la meneaba.
No tardó en engullirla entera y comenzar a comersela salvajemente. Era una gran mamada. Yo la miraba a ella desde arriba y más me excitaba.
- Maica, creo que no voy a poder aguatar. Voy a correrme -. Pero ella, en lugar de dejármela, la agarró y siguió chupando un rato más, hasta que notó que estaba a punto de salir mi líquido blanco, y se la sacó. Pero no se la despegó de la cara más de diez centímetros y mientras seguía meneándomela, abrió su boca y recogió parte de mi semen, mientras que otra parte le salpicó en la cara y en el pelo. Yo me descargué a gusto.
Ella se levantó y con su mano, recogió parte del semen de la cara y el pelo y se lo metió en la boca. Yo, con una toalla, terminé de limpiarla.
- Gracias. Ha sido una gran mamada. Desnúdate y déjame hacerte disfrutar ahora yo a ti-, le dije.
- No, ya te he dicho que no le voy a poner los cuernos a mi marido. Además, el sexo es para disfrutarlo, no para hacerlo aquí deprisa y corriendo, temiendo que llegue tu mujer -, me explicó ella.
- Bueno, pues por lo menos déjame que algún día te lleve a un hotel. Sería cumplir mi fantasía -.
- No. Conténtate con esta mamada-.
- Si quisieras te podría llevar a un hotel lujoso, con una gran habitación. Te compraría un vestido y ropa interior. Y cenaríamos allí -, dije.
- Umm. Suena bien. Es tentadora la oferta, pero también es cara -.
- No me importa. Yo lo pagaría todo. Es una fantasía que tengo desde que te conocí. Luego te podrías quedar toda la ropa que te comprase-.
- Déjame que me lo piense -, me dijo ella.
- Piénsatelo y cuando quieras, sabes que me tienes dispuesto -.
La verdad es que era una buena oferta la que le hice. No creo que se pudiera resistir y más habiéndome demostrado que tenía ganas de juerga, aunque ella no lo reconociese.
Rigodón
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