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El día de Nicky es el 28 de Octubre. Ese día nos quedamos en casa y me sorprende con lo 1º que se le ocurre.Nicky, mi bella Nicky, un ángel de pelo rojo como el fuego que estalla en chispeantes gotas de pasión. Una pasión desenfrenada y original. ¿Para qué negarlo?
Nicky, mi dulce Nicky, una pelirroja de finos labios suaves y con una piel que es duna caliente bajo el sol.
Cierto día, cierto día de Nicky, me descubrió hasta dónde puede llegar su titánica voluptuosidad.
La ví tendida en el suelo, con una blusa blanca demasiado grande para ella y unas braguitas azules bellamente decoradas. Estaba tendida sobre una manta roja con ribetes dorados y encima de ella, una bolsa térmica grisácea y unas velas rojas y lechosas. Me dijo que apagara la luz. Era el día de Nicky. Era su día.
A la luz de las velas se acercó a mí y acarició levemente sus labios contra los míos. Yo me eché hacia delante buscando más fruto de su amor pero ella se separó. Ningún problema. Al fin y al cabo, era el día de Nicky.
De debajo de la manta en un lento movimiento, sacó un pequeño pañuelo morado. Yo le conozco de otros días de Nicky pero le miro fijamente a la luz de las velas. Nunca me ha parecido más fascinante, más bello, más poderoso.Me hace tumbarme y me anuda el pañuelo en torno a los ojos. La oscuridad se apodera de mí pero la oigo suspirar y sentir la caricia de sus labios sobre mi mejilla, apenas un dulce contacto. Mi piel, sin embargo, se eriza. Me doy cuenta de que, en ausencia de la vista, mis otros sentidos me transmiten más información a la vez de lo que habían hecho nunca. Huelo el aroma de las velas al consumirse, oigo la respiración tranquila de Nicky, siento el contacto del aire y la luz sobre mí.
De repente me besa... pero no es un beso corriente, me besa con una fresa. Se desliza sobre mis labios mientras los separo ansioso por comerme la fruta del pecado, un pecado más poderoso que la manzana de Eva. Bordea mis labios, juega por mi barbilla y vuelve a mis labios. Jadeo ansioso y por fin, la fresa cae sobre mi boca. Intento masticar deprisa pero me doy cuenta de que no puedo. Con agradecimiento, Nicky besa rápida y suavemente mis labios.
Ella se levanta. Lo noto, lo noto como nunca lo hubiese notado. La veo con la mente sonreírme y levantarse, pasándose la mano por el fuego que es su pelo, por el rescoldo de invierno, que diría Ben Hascom ante Beberly Marsh.
La noto sentarse e inclinarse sobre mí. Y de nuevo, otro beso de fresa surca mis labios, recuerdos infantiles e inocentes cruzan por mis labios, sencillos juegos de vainilla, juegos azules de seda, que acaban en mi boca, que se deslizan por mi boca impregnando todo mi ser.
Y llega otro beso de fresa. Y otro.
Se detiene. Se oye un ruido y de nuevo se inclina. Sus labios acarician los míos, cubiertos de nata que ha extendido sobre los suyos. Me relamo y sonrío. El día de Nicky.
Se sienta a horcajadas sobre mí y me acaricia el mentón. De nuevo el ruido y uno de sus dedos, envuelto en el traje de nata, exploran mis labios y mi boca, se detienen y vuelve a explorar como un aventurero que recorre parajes desconocidos con el espíritu de un niño. Empieza a bailar sentada mientras su dedo acaricia mi lengua con frenesí.
Entonces se inclina y me besa. Nos besamos. Explota el mundo, se desintegra el universo, sólo un alma, sólo un cuerpo, sólo un ser con el poder de un dios y el fuego de un volcán. Y luego, otro beso de fresa.
El día de Nicky.
Besos de fresa y nata.
El día de Nicky.
El día de Nicky.
por The Jack Frost
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