EXPERIENCIA ALUCINANTE 
 por Ben Reilly Parker
Voy a participar yo también en esta página de relatos contándoos a todos sus lectores la experiencia sexual más “fuerte” que he tenido nunca. Soy Joaquín, de Zaragoza, y durante mucho tiempo me he estado muriendo de ganas por contarlo a alguien, y creo que éste es el momento y el lugar adecuado para ello.
 

Frecuentaba yo cierto pub en la zona centro de Zaragoza: amiguetes, chicas guapas, etc...  Una de estas veces me presentaron a Paloma. Morena, no muy alta, bien hecha, simpática y acaparadora de las miradas masculinas, y con buen gusto para eso de los trapitos. De sus siempre generosos escotes asomaban dos pechos desafiantes, ni muy grandes ni muy pequeños, sencillamente encantadores. Sus caderas jugaban con el aire de la sala y lograban estremecer a los mirones.
 

Entró un buen día en mi círculo de amistades, y poco a poco fuimos acercándonos. A los seis o siete meses de conocerla pude, por fin, follar con ella. Nos acostamos unas cinco o seis veces, y tal como vino desapareció.

Yo no sabía mucho de ella. Sabía que salía con un hombre casado y que cuando no se podían ver se venía con nosotros. Se comentó que se había casado, que era feliz y que ya no frecuentaba los bares.
 

Pasaron seis años sin saber nada de ella. Y un buen día, cuando ya había conseguido sacármela de la cabeza, en el lugar más insospechado y de la manera más puñeteramente casual Pituca y yo nos volvimos a encontrar. Fue en Valencia a donde me llevó un asunto de trabajo. ¡Vaya sorpresa!.

Yo por aquel entonces, tenía novia más que formal con la que me casé año y medio después. La alegría por el encuentro fue mutua, y el abrazo de los que no se olvidan. Me presentó a su pareja. Pensé que sería su marido pero estaba equivocado. Era un viejo amigo de ella, aquel casado de marras con el que ella se veía tiempo atrás. Un tipo bastante simpático.

Nos fuimos a tomar un café para celebrar el encuentro, y ya no paramos hasta la noche. Entonces insistieron en hacerme conocer lo mejorcito de la marcha nocturna valenciana. Ella conservaba su palmito, su elegancia, su estilo.

Luego ocurrió algo que casi hace que se me atragantara el vino: cenando en un restaurante de moda Paloma empezó a hablarle a Fernando, con toda la cara dura del mundo, de nuestras experiencias sexuales. Nuestros juegos íntimos cuando ella estaba loca por un polvo y él no estaba allí para satisfacerla... ¡ y todo esto al tipo le encantaba... !

De los tres el más joven era yo, con mis 31 años. Ella tenía 33 y Fernando unos 61 muy bien llevados, todavía fuerte y con buena figura. Él era un industrial bilbaíno con bastantes pelas (quiero decir : euros), y su matrimonio le permitía ciertas escapadillas de vez en cuando, siempre que no hubiera lugar a escándalos.

Después del último cubata nos despedimos hasta el día siguiente, no sin antes ser invitado a alojarme en el lujoso chalé que habían alquilado. Al día siguiente, después de realizados mis asuntos, dejé el hotel y me instalé en una de las habitaciones que tenían libres.

La jornada transcurrió tranquila, a excepción de las insinuantes miradas de Paloma, a las que yo empecé a corresponder. Aquella noche también nos fuimos a cenar por ahí. Fernando conocía innumerables establecimientos de hostelería, de distintas categorías, pero en todos se comía de maravilla. En uno de ellos y en mitad de la agradable cena, Paloma, por si sus miradas no fueran lo suficientemente expresivas, inició un juego de pies por debajo de la mesa que despejaba de una vez por todas la más mínima duda que aún quedara de que quería cachondeo.

Fernando, a todo esto, no estaba ayudando precisamente a calmar la lujuria de su amante. Él seguía con su tema favorito, o sea, hablar de las juergas y las fantasías sexuales que había hecho realidad gracias a Paloma.

Contaba por ejemplo, que había realizado dos videos porno caseros con ella como estrella absoluta, follando con tíos de todos  los colores, tamaños y complexiones físicas. Películas que, por supuesto, nunca llegariánn a salir al mercado y que quedaban para el disfrute exclusivo de la pareja y de algún que otro privilegiado amigo.

Pero su mayor proeza, o al menos la que a mí me parece más excitante, fue una aventura en la que estando en una megadiscoteca, Paloma, nadie sabe cómo diablos, se las ingenió para, primero lograr acercarse poco a poco a una de las más bellas chicas de la pista. Segundo, ganarse su simpatía y confianza para conseguir sacarla de su grupo de amigas y de los buitres que la rodeaban. Y tercero, seducirla poco a poco, para acabar un par de horas más tarde por llevarla al apartamento donde Fernando, hacia ya rato que se instaló en el armario, desde donde pudo presenciar, con todo detalle, cómo le hacía el amor a la ya totalmente entregada chica de cuerpo escultural. No pude reprimir una erección de caballo que casi atraviesa el pantalón. Así era Paloma, tan terriblemente sexy como para fascinar incluso a otra persona de su mismo sexo.

 - Parece que a nuestro amigo le gustan nuestros juegos, ¿eh...?- dijo Fernando mirando bajo la mesa y señalándome la tienda de campaña, mientras yo, totalmente ruborizado no sabía para donde mirar.  - No pasa nada, chico. Es más, me halaga que sea así. Si quieres te enseñamos esta noche los videos de Paloma... Ya verás, ya verás... Hay una escena genial en que un chinito de pene minúsculo le taladra el ano mientras un negro con su gigantesca verga casi le revienta el coño tratando de meterle todo aquello.

¡Cariño...! Se me ocurre algo mejor que eso... - le interrumpió Paloma - Estoy ya harta de ver esos vídeos... ¿Por qué no hacemos algo especial ? Podemos invitar a nuestro amigo a que participe en una de nuestras aventuras... ¿Qué os parece..., hacemos esta noche un juego a tres...?

Fernando y yo nos miramos. Él sonrió pícaramente. Evidentemente todo dependía ya de mi respuesta. Yo nunca había participado en ningún trío sexual ni nada de eso. Esto era para mí algo muy fuerte. Sin embargo, no voy a negar que en algún que otro sueño o fantasía erótica he hecho parejas, tríos, cuartetos, orgías..., hasta he follado con hombres de borroso rostro y con animales. Pero sólo son fantasías..., y  ya se sabe, cuanto más perversas y descabelladas son, mejor. La realidad es otra cosa muy distinta. A mí no me gustan los hombres. Nunca me he sentido sexualmente atraído por ningún representante del género masculino. Pero esa noche empecé a pensar que, como un juguete más, podría resultar hasta interesante.

Porque la cosa estaba clara... No se trataba más que de un juego. Pura, simple, morbosa y excitante  diversión. La sola idea de una noche de sexo total con Paloma, ya de por sí justificaría  incluso el tener que compartirla con su amante.

Después de un momento de duda, sonreí.

“¡De acuerdo!” -dije con entusiasmo- “pero, Fernando, siento decirte que esta noche te quedarás sin postre...”
 

No había prisa. Estuvimos el resto de la noche calentando el ambiente. Fuimos a ver un espectáculo erótico, y luego, ya en casa, Fernando insistió en que nos sentáramos cómodamente en el tresillo para tomar las últimas copas y ver una de las películas en la que la calentorra de Paloma daba una lección de ninfomanía.

Las escenas se iban sucediendo mientras nos mirábamos y apurábamos las copas. Yo me debatía entre la risa y la excitación que me producía esta cinta tan torpe y a la vez simpáticamente dirigida por el propio Fernando, en la que se entreveían más ilusión y buena voluntad que talento.

Paloma no le prestaba mucha atención a la película. Sentada entre Fernando y yo empezó a acariciarnos el paquete. Ayudada por la película le costó bien poco hacer que luciera un espectacular bulto en mi pantalón, así que se centró en su amante, y en ella misma.

Se quitó la blusa y la minifalda, con una mano magreaba a Fernando y con la otra se daba placer a sí misma, tocándose por encima de las braguitas.

“Venid aquí y abrazadme los dos...” -nos ordenó Pituca. Y así lo hicimos. Los tres unidos, de pie, y atrapamos en medio de ambos su carne caliente en ropa interior. Pronto todos perderíamos la vestimenta.

Fernando, ya desnudo, balanceaba su polla un tanto blanda de izquierda a derecha. Sus huevos pendían grandes y hermosotes cubiertos por gran cantidad de pelo. Visto desde atrás no era muy velludo, pero sí podía presumir de tener el culo bastante poblado.

Yo fui el último en reaccionar pues no sabía qué hacer, cómo empezar. Paloma me ayudó a quitarme la ropa, y al fin desnudo reconocí que la polla de Fernando era bastante más grande que la mía, pero él me animaba diciéndome: “Lo importante es que tú funciones bien porque yo ando un poco bajo de volumen...”. Él tenía su vista puesta en mi verga que, no midiendo más de 14 centímetros nunca fallaba y se ponía bien gorda en un segundo.

“¿Puedo...?”- Fernando pidió permiso para coger mi pene. Tras un segundo de inquietud, asentí con una sonrisa moviendo la cabeza. Entonces empezó a masturbarme moviéndola de arriba a abajo suavemente. Al instante, de su semierecta flaccidez paso a desafiantemente tiesa y poderosa, ante la admiración de Fernando que la empuñaba como una pequeña espada.

Mientras tanto, Pituca se encargó de ponernos a cien por hora besándonos y acariciándonos. Intentó que la polla de Fernando se empinara, pero siguió penduleando sin adquirir la forma deseada.

Ella deseaba ya una buena polla, así que me tumbó boca arriba en el sofá, y después de darme un par de meneos con la mano introdujo mi sexo en su boca. Se la tragó prácticamente hasta las pelotas, después dedicó su atención a la cabeza de mi verga, acariciándola con sus labios y la lengua. Dio un par de chupaditas más y luego rodeó mi polla con la mano de Fernando para que me masturbara mientras ella y yo nos besábamos apasionadamente.

Era maravilloso. Era como si no hubiera pasado el tiempo. Me sentía igual que la primera vez que besaba a esta maravillosa mujer. Pero obviamente no era así, había que compartirla, y después del morreo Paloma se volvió a Fernando. Quiso hacer reaccionar el pene de su amante para que la pudiera penetrar, pero no lo consiguió ni con la mano ni con la boca. Hacía falta algo más morboso.

“Joaquín, seguro que me empalmaría con la imagen de otro macho mamándome la polla.” - me decía Fernando mientras me acariciaba los muslos con una mano y me masajea la verga con la otra.

Yo me temía que llegara este momento. Justo ahora que habíamos creado esta atmósfera cálida. Justo ahora que se podía respirar sexo, que había sexo en la atmósfera de la sala y estábamos todos lanzados. Me negué, por supuesto lo más amablemente que pude, y lo estropeé todo.

En aquel momento fue como si se hubiesen encendido todas las luces y nos hubiéramos despertado de nuestro sueño. Yo creí que todo esto había quedado claro desde un principio, aunque entendí perfectamente el enfado de Fernando. Me di cuenta de que no era más que un intruso que se había colado en la intimidad de una pareja. Estaba en la casa de mi anfitrión, disfrutando de su hospitalidad, follándome a su novia y no dando nada a cambio.
 

“Fernando, el chico es un novato todavía en estas cosas, vayamos poco a  poco ¿vale...?, dejemos que vaya aprendiendo de nosotros...”- dijo Paloma intentando evitar la catástrofe - “Además..., creo recordar que hacerle una buena mamada a alguien de tu mismo sexo era algo terrible e inconfesablemente  excitante. Tú mismo me lo escribiste en aquella carta hace dos  años, cuando me contabas cómo se lo hiciste a aquel chico la primera vez para probar... ¿no te acuerdas...?”

Paloma cogió a su amante por la cabeza y lo acercó a mis genitales. Él se dejó hacer, aunque aún visiblemente malhumorado. Primero sentí su respiración en mis muslos y en los huevos. Después sentí el tacto de su mano cogiendo mi ahora pequeño y deshinchado pene, para reticentemente, ir llevándoselo a la boca. La situación tenía un morbo increíble. Mi polla fue recobrando su vigor a medida que él la chupaba. Y así fue creciendo en su boca hasta que se puso más grande y dura que nunca. Fernando se fue entusiasmando poco a poco y ya no paró. En cada embestida que daba se la metía hasta el fondo de la garganta produciéndome un placer indescriptible. Cuando se cansó de engullirla se dedicó a lamerla de arriba a abajo y a chuparme el descubierto y rojo glande, despacito, suave y profundamente, como un caramelo, saboreándolo.

Era evidente su poca experiencia en ello, pero daba igual, al fin consiguió una buena erección. Sacó el duro trozo de carne  que le ocupaba la boca para llamar corriendo a Paloma. Ésta se abrió de  piernas y labios vaginales para acoger en la calidez de interior los más de ¡veinte centímetros de tranca! de Fernando. Era,  además, una verdadera monstruosidad de gorda cuando conseguía alcanzar su tamaño máximo.

Luego Paloma se colocó encima para cabalgar a su amante.

“Ahora, Joaquín, ponte detrás de mí y métemela despacito por el culo..., así me sentiré follada por mis dos agujeros”. - decía Pituca entre gemidos mientras subía y bajaba con aquella tranca en su interior.

Me puse un condón. Lo unté de gel lubricante y separé las nalgas de ella para hacer lo mismo con su agujerito anal. Mientras tanto veía aquel pollazo entrar y salir de la húmeda raja de Paloma.

Aprovechando que pararon para cambiar de postura coital me coloqué detrás de Pituca. Ella se puso a cuatro patas en el sofá y relajó su trasero en espera de la enculada. Primero introduje un dedo en la entrada de su ano, previamente lubricado, para ir acostumbrándolo. Después le metí otro y más tarde los retiré para sustituirlos por mi polla. Con una ligera presión  sobre el agujero hice pasar, primero el glande y más tarde el resto, a través de su relajado esfínter.  Pituca abrió las piernas y se sentó sobre el nabo de Fernando, flexionó entonces las piernas despacito hasta que su coño se tragó del todo la enorme tranca que tenía debajo. Quedamos los tres así, unidos por la misma follada durante un buen rato, como en la película de Fernando...

Era tremendamente excitante pero algo incómodo. Pituca reposó sobre su novio y me dejó vía libre para follar su prieto ano a placer. Mientras entraba y salía de su puerta trasera rozaba mis huevos con los de Fernando, lo que aumentaba mi sensación de placer. El olor a sexo y el calor de nuestros cuerpos inundaba la habitación. No pude aguantar mucho más y acabé corriéndome entre jadeos. Fue un orgasmo sensacional. Dejé unos instantes mi verga en su recto mientras me concentraba en los pequeños espasmos de placer que aún recibía. Retiré mi pene, tiré el preservativo a la basura y fui al cuarto de baño para lavarme.

Ellos continuaban jodiendo mientras tanto. Pituca llevaba la voz cantante y cabalgaba a  su amante mientras éste le estimulaba los pechos con las manos.

Me quedé un rato observándolos, hasta que Fernando llegó al clímax.

Poco después, tumbado en el sofá donde me recuperaba, oía las voces y risas de los dos mientras se aseaban en el baño. Pituca regresó con ropa interior en una mano y cosméticos en la otra. Vino hacia mí, desnuda, bellísima, con una sonrisa maliciosa en los labios y la idea de disfrazarme de mujer. Me pintó los labios, me puso braguitas, sujetador y zapatos negros de tacón alto. Di un par de vueltas por la habitación contoneándome y tratando de ser lo más sexy posible, y lo conseguí. Puse a los dos supercachondos.

Fernando se colocó detrás de mí. No hizo falta decirle que aquella penetración que él pretendía hacerme fuera sólo fingida, entre otras cosas porque su polla aún no se había recuperado, y si costó trabajo que se empalmara la primera vez esta sería aún peor. Juntó su pecho con mi espalda y con sus fuertes brazos abrazó mi torso desde atrás. Con su pubis en mis nalgas hacía como el que me jodía, y yo le seguía el juego jadeando de gusto.

Paloma estaba tan excitada que no paraba de tocarse los pezones y su húmeda rajita ante aquella visión. El hecho de tener el coñito totalmente depilado hacía que su masturbación fuera un espectáculo enloquecedor.

Mientras, Fernando seguía embistiendo mi trasero, con su verga aún en coma, cada vez más enérgicamente. Al tiempo que con una mano acariciaba mis tetillas con la otra me sobaba los cojones. No le costó mucho conseguir de mí una nueva erección. Meneó mi porra hasta conseguir que volviera a adquirir todo su tamaño.

“¡Ya no puedo más, que alguien me folle...! - jadeó Pituca. Y mientras decía esto introdujo dos dedos en su vagina y otro en su culo. Empezó a follarse ella misma hasta que le aparté los dedos de su vagina y los sustituí por mi polla, dejándole sólo el dedo que tenía en el ano.

Fernando salió un momento. Regresó con un vibrador, y tras retirar el último dedo, insertó torpemente el chisme en el recto de Paloma. No le gustó, y no tardó en sacárselo algo dolorida. Paloma me pidió que la descabalgara y se fue hacia  Fernando hecha una furia. Éste, a su vez, no paraba de reír y de burlarse de la cara que ella había puesto  cuando la enculó con el dichoso aparatito. Estuvieron jugando al ratón y al gato por toda la habitación hasta que él, presa de un ataque de risa, no tuvo más remedio que rendirse.

Pituca puso un poco de gel lubricante en el vibrador y otro poco en el culo de Fernando. Le introdujo lentamente el aparato en el agujerito del culo y empezó a follarselo lentamente. Mientras le ofreció a su amante el coñito, bien abierto, para que se lo lamiera. Y así estuvieron un buen rato. En postura  de “69” algo extraña que permitía la enculada de Fernando y que éste le comiera el chumino a Paloma. Estaban absortos en su juego. Con los ojos cerrados, se olvidaron del mundo.

Por un instante me sentí un extraño. Pero estaba muy caliente y confiado. Así que, lentamente, me acerqué a ellos. Me prepararé para un nuevo asalto poniéndome un preservativo y untándolo de lubricante. Paloma, al verme, dejó el vibrador a mi cargo y se concentró en las sensaciones de placer que la embargaban. Seguí unos segundos follando a Fernando con su vibrador, hasta que me decidí. Retiré el aparato, y aprovechando el sitio que éste había hecho lo enculé hasta el fondo sin dificultad.

Al instante, el monstruo que Fernando tenía entre las piernas volvió a despertar. Nada más verlo Pituca se lo metió en la boca y empezó a hacerle una mamada como sólo ella sabe, para poco después introducirlo en su coño.

Parecíamos estar ensartados por una flecha. Yo follando a Fernando mientras éste jodía a Pituca.

Nuestro compañero de sexo no pudo aguantar mucho más rato la doble sensación que estaba recibiendo y se corrió chillando como un animal. Yo notaba las poderosas contracciones de su esfínter en mi polla, y por un instante pensé que me la iba a partir en dos. Saqué mi polla para que Fernando pudiera ir al lavabo.

Pituca, visiblemente insatisfecha, me quitó el preservativo y me tendió con ella en la alfombra del salón para hacer un espectacular “69”. Ella se quedó boca arriba en el suelo con mi polla en su boca mientras yo, sobre ella, tenía la cabeza entre sus piernas. Le estiré los labios vaginales y me deleité con la visión de las interioridades de su sexo y el perverso olor a hembra que desprendía.

La hice llegar al éxtasis rápidamente enterrando mi cara en su coño, devorándole la vulva, chupándole el clítoris, lamiendo toda su húmeda raja. Permanecimos en aquella postura mientras ella seguía estremeciéndose por el largamente esperado orgasmo que mi boca le había proporcionado. Una vez recuperada siguió con la mamada. Con los ojos cerrados me concentré en el placer que recibía. Fernando se acercó por atrás. Paloma lo vio y aceleró el ritmo de la felación. Empecé a gemir de  gusto. Parecía estar en una nube de placer. Justo en ese momento Fernando separó mis nalgas y  comenzó a lamerme el ano y zonas colindantes hasta que por fin penetró mi culo con su lengua.

Fue una experiencia alucinante. No sé como no me morí allí mismo de placer. Sentir una caliente y húmeda lengua en la entrada de mi ano mientras me corría en la boca Pituca... Jamas en mi vida sentí un orgasmo tan potente. Mi cuerpo fue sacudido por lo que pareció una descarga de 2.000 voltios, hasta que caí rendido al suelo. Al final: ¡todos a la ducha!. Fue algo que no se repitió, pero que jamás olvidaré.
 
 

 por Ben Reilly Parker
 
 

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