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Apenas eran las seis pero la oscuridad se había adueñado de esa parte de la ciudad. Goterones de lluvia caían con lentos desmanes sobre los sucios cristales de la habitación de Sofía. Esta miró con melancolía al paisaje que se extendía fuera. La lluvia le recordó a él. Últimamente todo le recordaba a él. A su idolatrado Alberto. Su primer amor, su más incandescente amor, un amor que recordaría mucho tiempo incluso después de casarse. No sólo se había llevado su virginidad(otro día lluvioso bajo la tela azul de una tienda de campaña) sino tb. se había llevado su corazón, envuelto en lágrimas de nube.Mientras fuera seguía el sinuoso baile contra la ventana, ella se agachó y puso su cara sobre la almohada. La cara de Alberto apareció en su cabeza. Sus ojos grises risueños con una vida esperanzadora, sus labios turgentes y apetecibles como una pera en un día caluroso, sus orejas de soplillo que tanto la habían hecho reír aquél verano en Llanes, su pelo siempre dividido en dos, como un campo de trigo en la época de recolección.
Y con su cara, vino su cuerpo. Recordó entre lágrimas, las manos que tantos masajes y placer la habían dado, recordó su torso y la pequeña herida que tenía sobre el pecho(él decía en broma que era un recuerdo de Vietnam aunque ambos sabían que se lo había hecho jugando con un pequeño cuchillo). Una tarde ( lluviosa de nuevo) ella le había pintado el torso con fresa, nata, chocolate, turrón y vainilla para después desdibujarlo ( había sido un fallido payaso) pasándole la lengua y dándole besos y pequeños mordisquitos.Y recuerdo esa zona que tanto placer le había dado, esa barra de placer poderoso que la había llevado a mil y un paraísos, que la había mecido suavemente hasta caer agotada sobre él, jadeando sudorosa pero con una sonrisa en los labios y con la mirada perdida en un sueño.
Al recordar esto, un calor se extendió sobre ella, fue un hormigueo que se dirigió a sus piernas. Pensaba que nunca más iba a volver sentir calor por eso se sorprendió a sí misma con esa pequeña excitación. Juntó las piernas para ahogarla pero lo único que consiguió fue excitarse aun más. Como en un sueño (como cuando estaba con él) su mano se deslizó hacia abajo separando con fragilidad sus bragas de su piel incandescente mientras su mente abrazaba a Alberto, a su Alberto.
Uno de sus dedos tocó la pequeña trampa que era la capuchita que tenía en la parte de arriba de su (Alberto) pubis. Tras el primero llegó el segundo y ambos acariciaron lentamente esa zona. Suavemente, mojándose con los flujos que empapaban sus dedos con rapidez. El olor la excitó aun más. Hundió un tercer dedo dentro de sí y empezó a moverlo aumentando el ritmo a la par que aumentaba su ritmo cardíaco. Unos pequeños gemidos se escaparon de sus labios y estos se cerraron en un cálido
<<oh>>.
Sus tres dedos se movían por sí sólas, explorando el lugar que hacía tanto tiempo que no exploraba Alberto. Se movían acarciando, estirando y bañándose en los deliciosos líquidos que emanaba su vagina.
Y, por fin, un temblor la recorrió como una exhalación. Ahogó un grito contra la almohada y se desplomó sobre la cama. Un placer olvidado la volvió a hacer niña y la transformo en un angel en el cielo, un cielo de placer sin límite y deseos lujuriosos,
No abrió los ojos hasta pasado un rato. Y miró a la ventana, a esa tarde lluviosa como tantas otras había pasado con él. La lluvia había formado un rostro sobre la ventana. Ella lo vió y estalló en sollozos en el mismo lugar donde había experimentado tanto placer, incluso hace unos instante. Alberto. Alberto, el que le había robado el corazón en una tarde lluviosa.
por The Jack Frost
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